Diatriba contra los hipsters o Cómo vivir sin ironía

por Christy Wampole*

 

Si la ironía es el ethos de nuestra era —y lo es— el hipster es nuestro arquetipo de vida irónica.

El hipster acecha en todas las calles y ciudades universitarias. Manifestando nostalgia por tiempos que nunca vivió en persona, este arlequín urbano contemporáneo se apropia de modas pasadas (el bigote, los shorts más pequeños), de mecanismos (bicicletas de piñón fijo, tocadiscos portátiles), y entretenimientos (destilar licores caseros, tocar el trombón). Cultiva la torpeza y la autoconciencia. Antes de tomar cualquier decisión pasa por varias fases de autoescrutinio. El hipster es un estudioso de las formas sociales, un estudiante de lo cool. Estudia de manera implacable, forrajeando aquello que aún no ha sido encontrado por las mayorías. Es una cita ambulante; sus ropas se refieren a algo más que sí mismas. Intenta negociar el viejo problema de la individualidad, no a través de conceptos sino de cosas materiales.

Es un blanco fácil para la burla. Sin embargo, reírse del hipster es sólo una forma diluida de su propia aflicción. Es meramente un síntoma y la manifestación más extrema de la vida irónica. Para muchos americanos nacidos en los ochentas y noventas —miembros de la Generación Y, o Milenarios— sobre todo caucásicos de clase media, la ironía es forma primaria con que enfrentarse a la vida cotidiana. Uno sólo necesita instalarse en un espacio público, virtual o concreto, para ver lo extendido que se ha vuelto este fenómeno. Publicidad, política, moda, televisión: casi cada categoría de la realidad contemporánea exhibe esta voluntad de ser irónico.

Tomemos, por ejemplo, un anuncio que se presenta sí mismo como un anuncio, se ríe de su propio formato e intenta conseguir que su audiencia básica se ría con él. Reconoce de forma preventiva su propio fracaso para llevar a cabo cualquier cosa significativa. No puede ser atacado, ya que se ha derrotado a sí mismo. La ironía es la mayor forma de autodefensa. Lo mismo pasa con la vida irónica. La ironía es la mayor forma de autodefensa, ya que permite eludir la responsabilidad por nuestras elecciones, estéticas o de cualquier otro tipo. Vivir irónicamente es esconderse en público. Es flagrantemente indirecto, una forma de subterfugio, que significa etimológicamente “huir en secreto” (subter+fuge). De alguna manera, ser directo se nos ha vuelto algo insoportable.

¿Cómo ha sucedido esto? Surge en parte de la creencia de que esta generación tiene poco que ofrecer en términos de cultura, que todo ya ha sido hecho, o que el compromiso serio hacia cualquier creencia será eventualmente asumido por la idea contraria, volviendo a la primera risible en el mejor de los caso o despreciable en el peor de los mismos. Esta forma de vivir a la defensiva funciona como una rendición preventiva y asume la forma de una reacción antes que una acción.

Sin duda, vivir en esta época del Internet ha ayudado a ofrecer cierta sensibilidad irónica. Un ethos que puede diseminarse raída y ampliamente a través de ese medio. Nuestra incapacidad para asumir las cosas más cercanas es evidente en nuestro uso, y creciente dependencia, de la tecnología digital. Priorizamos lo remoto sobre lo inmediato, lo virtual sobre lo real, somos absorbidos en las esferas pública y privada por pequeños mecanismos que nos llevan a cualquier otro lugar.

Aún más, los ciclos de la nostalgia se han hecho tan breves que intentamos incluso inyectar el momento presente con sentimentalidad, por ejemplo, empleando ciertos filtros digitales para “pre lavar” fotos con un aura de historicidad. La nostalgia necesita tiempo. Uno no puede apresurar el recuerdo significativo.

Mientras hemos avanzado en algunas habilidades (ser multitareas, el conocimiento tecnológico práctico), otras habilidades han sufrido: el arte de la conversación, el arte de mirar a la gente, el arte de ser visto, el arte de estar presente. Nuestra conducta ya no es gobernada por la sutileza, la fineza, la gracia y la atención, todas ellas cualidades estimadas en décadas anteriores. El egoísmo y el narcisismo mandan ahora.

Nací en 1977, en la cola de la Generación X, y crecí en los noventas, una década claramente emparedada entre dos derrumbes arquitectónicos —el muro de Berlín en 1989 y las Torres Gemelas el 2001— que ahora parece relativamente libre de ironía. El movimiento grunge era serio respecto a su estética y actitud, con una postura combativa frente a la autoridad, que el movimiento punk también había secundado. En mi recuerdo, tal vez demasiado nostálgico, el feminismo alcanzó un punto de altura sin precedentes, las preocupaciones sobre el medio ambiente ganaron atención mundial, las cuestiones raciales fueron planteadas más abiertamente; toda esa agitación contenía en sí la misma electricidad y energía que alcanza a las generaciones que son testigos de cambios centenarios o milenarios.

Pero llegó el 2000 y pasó sin desastre alguno. Durante los noventas tuvimos esperanzas, pero la esperanza es una emoción vulnerable; necesitábamos un mecanismo de autodefensa, ya que cada generación necesita de uno. Para la Generación X, eso fue la apatía diligente. No nos preocupamos de forma activa. Nuestro arquetipo fue el gandul que pasaba por la vida vestido de pijama, solo en su habitación, incomprendido. Y cuando nos aburríamos de no preocuparnos por nada, o nos sentíamos vagamente irritados y melancólicos, tomábamos antidepresivos como si fueran caramelos.

Desde esta situación de ventaja, la camarilla irónica aparece simplemente como demasiado cómoda, demasiado descerebradamente obsecuente. Vivir irónicamente es un problema del Primer Mundo. Para los relativamente bien educados y financieramente seguros, la ironía funciona como una especie de tarjeta de crédito que nunca debes pagar. En otras palabras, el hipster puede invertir frívolamente en un simulacro de capital social sin devolver ni diez centavos de sinceridad. No es propietario de nada de lo que posee.

Obviamente los hipsters (macho o hembra) me producen una clara irritación, que hasta hace poco no podía explicar. Me provocan, me he dado cuenta, por ser, a pesar de la distancia desde que los observo, una versión ampliada de mí misma.

Yo también exhibo tendencias irónicas. Por ejemplo, encuentro difícil dar regalos sinceros. En su lugar, a menudo doy lo que el pasado hubiera sido aceptado tan sólo como un intercambio de Elefantes Blancos: una cuadro kitsch de una tienda de segunda mano, un tazón de café con brillantes imágenes de “Texas, el estado de la estrella solitaria”, figuras de plástico de luchadores mexicanos. Buenas tan sólo para una risa instantánea, pero de poco valor a largo plazo. Algo acerca de la responsabilidad de escoger un regalo personal, lleno de contenido, para un amigo parece demasiado íntimo, demasiado señalado. De alguna manera no puedo soportar la idea de un amigo al que no le guste el regalo escogido con sinceridad. El simple hecho de reconocer mi conducta autodefensiva me hace pensar profundamente acerca de cuán potencialmente tóxica puede llegar a ser la pose irónica.

Ante todo, señala una profunda hostilidad al riesgo. Como una función del miedo y de la vergüenza preventiva, vivir irónicamente indica un atontamiento cultural, resignación y derrota. Si la vida se convertido tan sólo en un mero desorden de objetos kitsch, una inacabable serie de bromas sarcásticas y referencias pop, un concurso para ver quién se preocupa menos (o por lo menos, una interpretación de ese concurso), parece que hemos dado un mal paso colectivo. ¿Podría ser esta la causa de nuestro vacío y malestar existencial? ¿O un síntoma?

A lo largo de la historia, la ironía ha tenido funciones útiles, como facilitar un instrumento retórico a las tensiones sociales de las que no se hablaba. Pero nuestra forma de ironía contemporánea es, de alguna manera, más profunda; se ha filtrado desde el dominio de la retórica hacia la misma vida. El ethos irónico puede conducir a la vacuidad e insipidez de la psiquis individual y colectiva. Históricamente, los vacíos son eventualmente rellenado por algo —las más de las veces, por algo peligroso. Los fundamentalistas nunca son irónicos; los dictadores nunca son irónicos; la gente que manipula el paisaje político, sin que importe el bando que escoja, nunca son irónicos.

¿Donde encontrar otros ejemplos de vida sin ironía? ¿A qué se parece? Modelos de no irónicos son los niños pequeños, los ancianos, la gente muy religiosa, la gente con severos problemas físicos o mentales, la gente que ha sufrido y aquellos que viven lugares con problemas económicos o políticos, donde la seriedad es el estado que gobierna las mentalidades. Mi amigo Robert Pogue Harrison me lo planteaba así en una conversación reciente: “Allá donde lo real se impone, tiende a disipar las nieblas de la ironía”.

Observad una niña de cuatro años en su día a día. No encontraréis la más mínima ironía en su conducta. Por decirlos así, no ha tomado aún el velo de la ironía. Le gusta lo que le gusta y lo declara sin disimulos. No es particularmente consciente del escrutinio de los demás. No se esconde tras el lenguaje indirecto. Sin embargo, los más puros modelos no irónicos de la vida se encuentran en la naturaleza: animales y plantas carecen de ironía, que existe tan sólo allí donde el ser humano mora.

¿Qué puede hacerse para superar el lastre cultural de la ironía? Apartarse de lo irónico implica decir lo que quieres decir, lo que significa que consideras lo que dices y la seriedad y franqueza como posibilidades expresivas, a pesar de los riesgos inherentes. Significa cultivar la sinceridad, la humildad y la modestia, y sacar de de nuestra escala colectiva de valores lo frívolo y lo kitsch. Puede también consistir en realizar un autoinventario honrado.

Comencemos así: mira el sitio en que vives. ¿Te rodeas de cosas que te gustan de verdad o de cosas que te gustan porque son absurdas? Escúchate hablar. Pregúntate: ¿me comunico ante todo a través de bromas privadas y referencias de la cultura pop? ¿Qué porcentaje de mi discurso tiene sentido? ¿Cuánto lenguaje hiperbólico empleo? ¿Finjo indiferencia? Mira tu ropa. ¿Qué parte de tu vestuario puede ser descrito como una forma de disfraz, derivado o reminiscente de algún tipo arquetípico especifico (la secretaria, el vagabundo, la flapper, tú mismo como niño)? Dicho de otra forma, ¿tus ropas se refieren a algo distinto o sólo a sí mismas? ¿Intentas parecer intencionalmente friki, malo o feo? En otras palabras, ¿tu estilo es un anti estilo? La cuestión más importante: ¿cómo te sentirías cambiando silenciosamente, fuera de línea, sin exhibirte públicamente, desde dentro?

Intentos de prohibir la ironía han llegado y se ha ido en décadas pasadas. Los movimientos artísticos, vagamente definidos como Nueva Sinceridad (New Sincerity), que han brotado desde los ochenta adoptaron a su vez posiciones como respuestas frente al cinismo postmoderno, el desapego y la meta referencialidad. (La Nueva Sinceridad ha sido recientemente asociada con la escritura de David Foster Wallace, los filmes de Wes Anderson y la música de Cat Power). Pero esos intentos no han logrado pegar, como evidencia la Ironía Profunda de la nueva era.

¿Qué sacarán en claro las futuras generaciones de este sarcasmo rampante y este cultivo desinhibido de la tontería? ¿Nos conformaremos con dejar un archivo lleno de videoclips de gente que hace cosas estúpidas? ¿Un legado irónico llega a ser un legado?

La vida irónica es de seguro tan sólo una respuesta provisional a los problemas del exceso de comodidad, exceso de historia y del exceso de ofertas, pero es mi firme convicción que esta forma de vivir no es viable y esconde dentro de sí demasiados riesgos sociales y políticos. Para un amplio segmento de la población abandonar su voz cívica a través del modelo de negación que he descrito es absorber energía de las reservas culturales de la comunidad. La gente puede escoger seguir escondiéndose tras el manto de la ironía, pero esta elección equivale a rendirse a entidades comerciales y políticas que se sienten más que felices de actuar como padres de una ciudadanía voluntariamente infantil. Así que más que burlarse del hipster —un hobby, especialmente entre hipsters— determinen si las cenizas de la ironía se han asentado también encima de ustedes. No toma demasiado esfuerzo sacudirlas.

 

* Christy Wampole es profesora asistente de francés en la Universidad de Princeton. Su investigación se centra en la literatura y pensamiento francés e italiano del Siglo XXI. Este artículo apareció originalmente en el blog Opinionator de The New York Times. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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