Ellos querían Servir

Por Nicolás C Plested

Antes de que la recamara fuera ocupada por la explosión y de que su ruido liberado reventara enconado sobre su cabeza, él se encontraba de rodillas. Sus ojos miraban hacia adelante, ya no buscaban nada, y si hubiésemos podido entrar en su mente en ese preciso instante habríamos descubierto una impresionante vaciedad. Hacia la nada cayó su cuerpo, su mente, su espíritu, despeñándose por entre afiladas piedras y matorrales de plantas espinosas que mordieron su rostro, su nombre, su memoria, hasta que cayó al fondo, a las aguas torrentosas y serpenteantes de las que nunca emergería.

Antes de que la bala saliera por la boquilla él estaba callado. Su silencio había sido constante. Antes de arrodillarse, al llegar al sitio, alzó una mano en señal de saludo a uno de los hombres que lo condujeron allí. Ese hombre estaba de pie, dando la espalda al vertiginoso abismo. Armado y en uniforme, no contestó el saludo. ¿Por qué lo saludo? Tal vez se trató de una última señal de humanidad; Un último insulto a esos hombres de armas, despojados según él de cualquier dignidad humana.

Estaban en una cima pelada, lamida por un viento infatigable. Alrededor se veían las copas de algunas palmas, ceibas y otros árboles, que murmuraban como espectadores anonadados; el suelo estaba cubierto por una hierba espesa de hojas gruesas.

El camino hasta allí fue duro. Serpentearon hacia la cima por la pendiente menos abrupta, pero lo cierto es que todas las caras de la colina se levantaban como queriendo estirarse por encima del aire, hacia lo alto. Como si la tierra hubiese intuido el destino que alguna vez tendría que sostener, y queriendo evitarlo se alzó tan alto como pudo. Pero esto no debe ser verdad porque su altura fue lo que los condujo hasta allí. Su altitud imponente, separada de todo, aislada en su elevación; una altura que precedía al vacío. Una nada capaz de tragarse a todas aquellas presencias.

Al iniciar el ascenso les dieron un sorbo de agua. ‘Nada más para que no se nos desmallen, ya vamos a llegar’. “¿Llegar a dónde?” se preguntó él sin que la pregunta le calara muy hondo. Total, él ya estaba casi del todo seguro de lo que iba a suceder. La mirada de aquellos tipos, unos ojos a los que parecían haberles sacado mucho filo, ojos mate, cortantes. Sólo podía verles sus ojillos rasgados y pequeños, punzantes, nada más.  Llevaban pasamontañas, máscaras, todos tenían la cara cubierta. ‘Ahí no más abuelo, siga subiendo’ dijo uno de los hombres de armas mientras ayudaba a un anciano, y de nuevo, no era amabilidad, sino una forma velada de ofender. Sus voces sonaban amistosas, se reían, parecían amables. Esa era su mayor afrenta y él lo sabía. Aquella amabilidad era la crueldad hecha burla. Era la patente del goce que les producía su suerte. Ellos eran hoy los ejecutores. “Pero mañana pueden cambiarse las tornas”.

Camino hacia ‘el peñón de las aguas’ cruzaron un puente. La abrupta colina se alza en medio de dos ríos que discurren sobre una planicie entre montañas, separados por el peñón. Al cruzar, los tablones de madera anudados con sogas no daban una impresión de poder sostener el peso de la larga hilera de verdugos y personas. Las tablas crujían; algunas estaban rotas. Él pensó que si no hubiese tenido las manos amarradas habría saltado. Pero con las manos atadas a la espalda no creyó que tuviera sentido. “Si no me ahogo me hunden a tiros. No puede ser que no haya forma. ¿Por dónde…?”.

Bajaron hacia el valle de los dos ríos desde la autopista ciento treintaicinco. Él ni siquiera se fijó en el número que estaba escrito sobre una señal oxidada, a un lado del camino, agujereada tres veces. Lo que sí reconoció fue el diámetro de los disparos sobre la lata. Dos de arma corta, uno de fusil. Se bajaron allí mismo, delante de la señal, desde el platón de una vieja camioneta norteamericana. Él todavía llevaba su sombrero y una chaqueta de cuero. En ese momento lo despojaron de ambas prendas. Ahí fue cuando intuyó el destino que le tocaba. ‘Tranquilo amigo, es para que no se acaloren porque la caminata que les toca es dura’. De todos ellos sólo pudo ver esa boca. Cuando le habló sobre la caminata estaba fumando y por eso tenía levantada la tela del pañolón que le cubría el resto del rostro. Una amalgama dorada destello desde los dientes hacia sus ojos. El brillo punzante en medio del humo del tabaco fue producido por el sol, que ya se caía más allá del serrado horizonte.

La camioneta anduvo trece horas para llegar allí. Los sacaron de un almacén desocupado al que habían llegado cuatro días antes con los ojos vendados. Él no estaba seguro pero debía de ser algún lugar en el suroeste. Quizás una capital de provincia. Sólo pudieron ver a través de los agujeros en medio de los enormes bloques de la pared que tenían a su lado, y que les sirvió de espaldar durante los varios días que habitaron el lugar. Desde el techo colgaban cuerdas metálicas que sostenían cobijas y sábanas que dividían el espacio. Podía ser hasta un hangar. Él pegaba su mejilla contra el suelo. En ciertas direcciones las telas no rozaban el suelo. Se podían ver a veces los pasos de alguien, yendo de algún lado a otro, en el inmenso espacio vacío segmentado por aquellos velos.  En ese momento él todavía albergaba la posibilidad de un giro inesperado. Una oportunidad.

Tuvieron los ojos cubiertos dos semanas. Cuando abrió los ojos dentro del hangar, liberado de las vendas, quedó cegado durante varias horas. Pudo quedar ciego por mucho tiempo, pensó él, si no hubiese abiertos los ojos bajo la sombría tutela del tejado maltrecho. Los ases de luz que se colaban desde las tejas rotas le estuvieron quemando la vista durante todos esos días. A donde mirara había escapes del dorado fulgor. Como polvo en llamas.

Las dos semanas de oscuridad sólo fueron interrumpidas por intentos fallidos de mirar dónde estaban. La primera vez recibió un cachazo. La segunda el sol le lanzó sus rayos directamente y lo dejó adolorido. La tercera vislumbró una calle, pero incluso el pavimento brillaba, y los vidrios, metales y demás materiales capaces de reflejar el amarillo resplandor herían con demasiada fuerza sus desacostumbrados ojos. No hubo un cuarto intento.

El primer sitio al que lo llevaron no pudo identificarlo. Pudo ser una casa, él sólo reconoció el olor a rancio del colchón al que lo tiraron durante seis días, que pudieron ser más, porque lo que sí notó es que en ese primer momento estuvo solo, y sin nadie para contar los días, ya que él no podía por estar vendado, no tenía forma de saber cuánto tiempo fue. Notó la presencia de otros cautivos sólo hasta que lo montaron en el camión. El mismo en el que estuvieron encerrados él y los otros las dos semanas de oscuridad.

Lo agarraron frente a una tienda. Él pudo verlos un segundo antes. Miraba a través un enorme vidrio; el mostrador de la tienda que resguardaba una infinidad de paquetes y botellas sobre unos estantes. Los vio sobre el cristal, aparecieron primero dos manchas, luego dos siluetas más, viniendo desde ambos lados con demasiada velocidad. Fue apenas un segundo. Alcanzó a tomarla, pero no alcanzó a sacarla. Primero un brazo que se anudó alrededor de su cuello. Otra mano le arrebató el revolver. Luego un montón de agarres, jalones, golpes. Antes de desplomarse los sostuvo un instante, y más allá del vidrió la vio mirándolo con los ojos bien abiertos, y esos ojos eran un grito sin voz, un ruego sin peso, una desolación infinita. Antes de desplomarse del todo la vio moverse. Tiró a uno de los empleados de la tienda para luego desaparecer por una puerta apenas visible entre dos estantes, al fondo de la tienda. Aunque se sabía perdido, esa última salvedad aminoró la desazón que lo invadió cuando sus dientes chocaron contra el concreto, fracturándose, y cuando sintió alrededor de sus muñecas el plástico delgado e inmisericorde con el que lo amarraron. No podía estar seguro de la suerte de ella pero prefirió creer que había sido mejor que la suya.

Una semana antes lo habían planeado. Necesitaban abastecerse, darían un golpe rápido en una tienda. No podían rendirse ni morirse de hambre, pero tampoco querían pedir ayuda al Comando Central; ellos querían servir. No pedir, servir. ‘No vamos a matar a nadie. Tú sabes que nosotros no somos así. Cogemos lo que podamos y nos vamos’. Ella no estaba tranquila con la idea, aquel cuartucho en el que se ocultaban fue el primer refugio seguro que lograron conseguir en muchos meses. ‘Si salimos pueden vernos. Tal vez estén cerca’. Él siempre se creyó protegido, tal vez por su impulsividad que él prefería llamar audacia. ‘Si vienen’ le dijo mirándola a los ojos, ‘a ti no te va a pasar nada…’.

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s