Cholombianos: Cumbia entre Los Ángeles y Colombia

En los alrededores de la “Embajada Colombiana” en Monterrey hay un pequeño burdel y puestos que venden camisas polo de fayuca, películas piratas y porno casero. La “Em­bajada” es un puesto semiformal en el que Mario Durán vende todo tipo de productos colombianos: playeras, calcomanías que dicen “Yo Amo Barranquilla”, banderas, llaveros, pinturas aerograbadas con paisajes tropicales, sombreros de paja, gua­characas. Sin embargo, más que todo, vende cumbia.

Desde los años 60, la gente de Monterrey, especialmente los habitantes de colonias populares como La independencia y La campana, cantan y bailan cumbias. Existen varias teorías de cómo esta ciudad, a miles de kilómetros de Valledupar, se con­virtió en un bastión de la cumbia colombiana. Toy Selectah, el famoso DJ y productor regio (Control Machete, Sonidero Na­cional), me contó una de las versiones más románticas: “dicen que, en tiempos de Navidad, estaba una racita de migrantes de Monterrey en San Antonio con unos colombianos que también jalaban por allá. Los mexicanos invitaron a sus amigos a pasar las fiestas en Monterrey, y estos pelados, que extrañaban su tierra, llegaron con unos discos de cumbia bajo el brazo. Dice la leyenda que esos discos nunca se fueron de aquí y desde en­tonces se empezaron a copiar en el barrio”. Otra versión, que la mayoría de la gente con la que hablé negó rotundamente, es que los discos viajaron de Colombia a México junto con la cocaína que se traficaba en esos tiempos. La historia más correcta—y menos romántica—es que los sonideros locales empezaron a traer discos colombianos del DF para ponerlos en las fiestas.

Gabriel Dueñas fue, sin duda, uno de los sonideros que definieron lo que más tarde se convertiría en la cumbia regia o el sonido Monterrey. Don Gabriel, con ya más de 60 años, tiene un puesto en el que vende playeras y CDs piratas, cada uno con la portada fotocopiada, y sus propios mixtapes. Según me contó, en los 60, en una fiesta, “se calentó el motor de la casetera y alguna pieza se derritió y empezó a tocar la música más lento”. Desde ese día, la gente buscaba a don Gabriel para que les hiciera versiones lentas de sus canciones favoritas, y así nació lo que hoy se conoce como cumbias rebajadas. Según Toy Selectah, en estas cumbiaspachecosas se basó DJ Screw para hacer sus versiones lentas de hip-hop en Houston en los años 90, lo cual tiene sentido si consideramos la gran cantidad de migrantes regios que había entonces en Texas.

Después de un par de décadas, la cumbia en Monterrey ha evolucionado y encontrado su propia identidad. Al mismo tiempo, los colombianos regios que escuchan esta música desarrollaron su propio estilo, su propia moda, una forma muy particular de vestirse y de peinarse, algo que no es ni colombiano ni norteño. Según Toy Selectah, “la moda de los cholom­bianos de aquí de Monterrey es particular, única, legítima y bastarda. Es muy punk y, al mismo tiempo, como tropical”.

Todos los domingos, después de un fin de semana de bailar en los clubes y antros de la ciudad, un grupo de colombianos se junta afuera de un 7-Eleven debajo de la Torre Latino en el Centro de Monterrey, a un lado de la Macroplaza. Su es­tilo, como el de muchos otros colombianos, es una mezcla de la moda de los cholos chicanos de Los Ángeles con una idea romántica y tropical de Colombia. Muchos de ellos usan playeras hawaianas o de cuadros enormes, shorts Dickies gigantes­cos y Converse. Frecuentemente, los tenis—o por lo menos las agujetas—combinan con los shorts o con la playera. Un cha­vo nos dijo que tenía cuatro pares de Converse y siete colores de agujetas. También usan gorras montadas sobre el copete, pero sin cubrir toda la cabeza para que se puedan ver el fleco, las patillas y la nuca rapada. Sobre las gorras aerografían o bordan su nombre, apodo, el nombre de su novia, su barrio, su banda o la estación de radio que escuchan. Buscando protec­ción, la mayoría de los colombianos se cuelgan escapularios con imágenes religiosas, como la de San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe, la Santa Muerte y hasta Pancho Villa. Estos es­capularios crecieron, convirtiéndose en versiones gigantes que muchos diseñan con los colores de la bandera colombiana y la misma información que ponen en las gorras. Los nombres de bandas como Los temelocos, La dinastía de los rapers, Foxmafia y Latinaz aparecen bordados en estos escapularios de 30 x 30 centímetros. Uno de los chavos que conocimos afuera de un antro llamado Lone Star tenía el número 10.90 en su escapulario. Cuando le pregunté si era la frecuencia de su es­taciaón de radio favorita, me contestó que no, que era la clave del tolveno, el inhalante que usaba para drogarse. Los escapu­larios son increíbles, pero el elemento más importante del look colombiano es su corte de pelo, que es una combinación entre el corte hip-hopero de EE.UU, el reguetonero puertorriqueño y el guerrero azteca. La parte de atrás va rapada, y dejan una colita a la altura de la nuca. La parte de arriba la dejan corta y picuda, y el fleco va recortado, perfectamente acicalado. El toque final y lo más importante son las patillas, que son larguísimas, y se las pegan a los lados de la cara prácticamente plastificadas con puños de gel. Este es el estilo de la Colombia regia.

La escena colombiana en Monterrey, a pesar de los dos o tres o cuatro batos que andan colgados de resistol en los bailes, parece ser bastante tranquila. Por ejemplo, los compas que se juntan afuera del 7-Eleven van ahí en parte porque su estación de radio favorita, la XEH 1420 AM, está en el piso 20 del edi­ficio que está sobre la tienda. Desde el teléfono público que está en la banqueta se van turnando para llamar a la estación para pedir canciones y leer las listas de saludos que todos cargan en la cartera y que normalmente incluyen más de 60 nombres de amigos, bandas, colonias y morritas que les gustan. Mientras otros géneros musicales norteños, como los narcocorridos, celebran a los narcos, las canciones que escuchan los colombia­nos son cursis: hablan de amor, paz y amistad.

Y, a pesar de la enorme violencia que impera actualmente en Monterrey y de que son discriminados, un buen grupo de co­lombianotes sigue untándose puños de gel en el pelo y cada fin de semana sale a bailar al ritmo de las cumbias rebajadas.

Por Bernardo Loyola

Publicado originalmente en  vice.com

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