Vibradores, enemas y trasplantes de testículos de mono

¿Es posible alcanzar la inmortalidad con el trasplante a humanos de testículos de chimpancé? Es una de esas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez y que su mera formulación nos hace intuir que algo cierto debe haber. Solo falta un pionero que se atreva a demostrarlo. En realidad ya lo hubo, fue el insigne doctorVoronoff. Una de esas personalidades excéntricas relativamente frecuentes entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, visionarios que oscilaron entre la ciencia y la charlatanería —cuando no cierto grado de locura— y que lograron en su momento una considerable fama, injustificada según los estándares médicos actuales. Como el doctor Kellogg, con sus enemas multiusos y sus desayunos de cereales para prevenir la masturbación («¡El asesino silencioso de la noche!»), o el doctor Mortimer Granville y su artefacto de masajes de recolocación pélvica para inducir el paroxismo en pacientes afectadas de histeria. Actualmente llamado «vibrador».

Nacido en Rusia en 1866, Serge Voronoff emigró a Francia para estudiar medicina y posteriormente adquirir la ciudadanía para instalarse definitivamente en su patria de adopción. Allí se inició en las técnicas experimentales de trasplante bajo las enseñanzas del premio nobel Alexis Carrel, mientras poco a poco iba articulándose en su cabeza una pregunta a la que le obsesionaba dar respuesta, la pregunta a la que dedicaría su vida y que terminaría inspirando su gran aportación a la humanidad: ¿de qué manera influyen en nuestro organismo las secreciones internas generadas por las glándulas sexuales? Tras concluir sus estudios se desplazó a Egipto, donde se dedicó al estudio de los eunucos. Tal como explica en Life: a Study of the Means of Restoring Vital Energy and Prolonging Life la castración en animales podía aportar información valiosa, pero tendía a realizarse cuando el crecimiento del sujeto ya estaba casi completo. De acuerdo a la tradición que por entonces aún persistía en este país árabe, la castración de los eunucos tenía lugar en la infancia (entre los seis y siete años), de manera que podía conocerse de qué forma afectaba al crecimiento la ausencia de glándulas sexuales y, muy especialmente, al tratarse de humanos era posible saber también cómo influía en sus cualidades intelectuales y morales, lo que en un animal resultaba difícilmente observable.

La descripción que hace de los eunucos que se encontró no destila amabilidad precisamente. En lo que al físico se refiere eran gordos, sin musculatura desarrollada, de voz aflautada y envejecimiento prematuro, pero en sus tributos espirituales no salían mejor parados: eran cobardes, indolentes y carentes de energía e intelectualmente muy limitados. Para complementar su estudio de campo pone el ejemplo histórico deAbelardo, que según él no escribió una sola estrofa de talento una vez fue castrado (en realidad su producción intelectual más destacada fue después de que lo desgraciasen). Dado que ese ejemplo sí podemos contrastarlo cabe sospechar entonces que sus observaciones tal vez eran un tanto sesgadas y se fijaba solo en lo que quería ver. Así que una vez con estas conclusiones más o menos fundadas en mente, el siguiente paso en el razonamiento resultaba claro. Si una carencia de glándulas sexuales provoca todos esos defectos… ¿Una dosis extra de ellas no potenciaría nuestras cualidades convirtiéndose, en definitiva, en la fuente de la eterna juventud?

Las glándulas sexuales estimulan la actividad cerebral tanto como la energía muscular y la pasión amorosa (…) la idea de capturar esta maravillosa fuerza y ponerla a nuestro servicio cuando su fuente natural comienza a secarse a medida que nuestra edad avanza, ha atrapado mi mente durante muchos años, desde que mis estudios sobre los eunucos en Egipto me revelaron toda la importancia de las secreciones de estas glándulas.

En este punto le entra a nuestro protagonista un arrebato prometeico al estilo de Frankenstein que lo hace particularmente entrañable. Según explica, la religión hasta entonces solo había sido capaz de predicar resignación ante lo inevitable de la muerte y prometer la vida eterna. Ahora la ciencia podía ofrecer algo mejor. Empezó inyectándose bajo la piel extractos de testículos de perros y cobayas sin obtener, vaya por Dios, los resultados esperados. La influencia de su citado mentor Alexis Carrel se dejaría notar aquí cuando decidió que era un trasplante lo que lograría el efecto deseado. Tras unas pruebas iniciales injertando tejido testicular de cadáveres de presos a pacientes, el doce de junio de 1920 llegaría el momento histórico con un trasplante de un fragmento de gónada de chimpancé a un humano. ¿Y por qué no limitarse al trasplante entre humanos? Las de animales resultaban mucho más fáciles de obtener y, aseguraba, el parecido entre ambas especies es tan estrecho que el organismo receptor no notaría la diferencia. Estamos pues ante un pionero de los xenotrasplantes. El paciente no solo no se le murió, sino que al parecer experimentó una notable mejoría física.

Tras esta experiencia llegaron otras muchas, en las que Voronoff afirmaba que los pacientes siempre notaban un rejuvenecimiento y potenciación de sus cualidades. Incluso llegó a hacer esa clase de fotografías del antes y después hoy día tan comunes en la publicidad de todas clase de productos igualmente milagrosos. Solamente en Francia llegó a realizar más de quinientas operaciones, por lo general a pacientes ricos que le pagaban auténticas fortunas para que les implantase un poco de testículo de chimpancé en sus avejentados escrotos. Como un bótox de su tiempo, se convirtió en la terapia de moda entre la clase alta parisina, que terminó extendiéndose de mano de otros cirujanos al otro lado del Atlántico, donde la revista Time lo llamó «monkey-gland man». Si nos ponemos estrictos hoy en día los chimpancés no se clasifican como monos, pero es la etiqueta que la prensa y la cultura popular estableció, incluso se mencionaba en una canción de Los cuatro cocos de los hermanos Marx. Existía tal demanda que ante las dificultades planteadas por el gobierno francés para la caza de estos animales Voronoff organizó una granja para su cría.

Para las mujeres desaconsejaba la operación, pues si bien les daría vigor, por otra parte, advertía, podría hacerles crecer la barba y ponerle una voz grave. Lo apropiado en su caso era un trasplante de ovario de mona. Sin embargo, para cuando comenzó con esta clase de tratamientos, la fama que de manera tan fulgurante le había llegado comenzó a evaporarse con la misma rapidez. Incomprendido públicamente aunque dueño de una gran fortuna —que hace cualquier sinsabor bastante más llevadero— la muerte le llegaría en un sanatorio suizo en 1951 y su nombre años después fue vinculado al parecer con poco fundamento al primer contagio de sida a seres humanos y, también, se vería en parte restituido por la comunidad científica al reconocerle algunos avances en cirugía.

Voronoff fue, como suele decirse, un hijo de su tiempo. La ilustración y la revolución industrial habían traído la fe en el progreso, la creencia en que todo aspecto de la vida podía ser perfeccionado, sustituyendo la manera tradicional de hacer las cosas por una nueva racional y científica. Si el transporte, las comunicaciones o la fabricación de bienes habían dado un gran salto gracias a técnicas novedosas, a finales del siglo XIX y comienzos del XX lo que quedaba entonces por revolucionar era el cuidado de la salud. Los nuevos métodos podían parecer una majadería, pero oiga, eran nuevos y con eso bastaba. A ello se puso también John Harvey Kellogg. Nació en Michigan en 1852, se licenció en medicina y fue un devoto seguidor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de cuyo balneario pasó a ser director. Pero igual que ocurría con Voronoff, su visión de la ciencia como un saber que podía superar los dogmas religiosos tradicionales le llevó a distanciarse de su comunidad religiosa en un proceso que culminó con el incendio del sanatorio en 1902, cuando lo refundó contra los deseos de la ministra adventista Ellen White, bajo cuya supervisión había trabajado hasta entonces. Este centro de salud tuvo igualmente un gran predicamento entre la clase alta, con asistentes tan ilustres como George Bernard Shaw, Henry Ford y Thomas Edison, aunque contemplar los desconcertantes artefactos con los que contaba y sus particularísimas terapias lograría saciar el resentimiento de clase del mismísimo Lenin. Pobres ricos, que tenían que afrontar saludables baños de radio y frecuentes enemas de yogur que consideraba ideales para regenerar la flora intestinal y dejarte un colon bien limpio.

Kellogg también inventó la mantequilla de cacahuete y, cómo no, los cereales que llevan su nombre. Los desarrolló como parte de una dieta que debía reducir el apetito sexual y por consiguiente prevenir la masturbación, feo vicio que debilita la voluntad y destruye la salud al que consideraba más dañino que cualquier plaga e incluso peor que la guerra. En su hiperactividad parecía tener soluciones para todo —que fueran buenas o malas era lo de menos— pues también fue un entusiasta defensor de la segregación racial y de la eugenesia, para lo que organizó la Race Betterment Foundation. Fue, en definitiva, un hombre del Renacimiento con un embudo en la cabeza, con muchas ideas locas pero también aciertos, pues consideraba por ejemplo muy perjudicial para la salud el consumo de tabaco, frente a la opinión casi hegemónica en su contra.

Como también resultó ser el caso de nuestro último protagonista, el doctor Joseph Mortimer Granville. un médico inglés nacido en 1833 y fallecido con el cambio de siglo. De manera que vivió de lleno la era victoriana, ese fascinante periodo que tantas veces hemos visto retratado en el cine en el que imperaban unos valores difíciles de comprender con la mirada actual. Eran capaces de tomarse completamente en serio las cosas más disparatadas, aunque probablemente ellos dirían algo similar de nuestra época… En cualquier caso y centrándonos en el tema, la idea dominante por entonces es que el mal más frecuente que afectaba a la salud de una mujer era la histeria. Esta enfermedad-cajón de sastre era un diagnóstico omnipresente (una de cada cuatro mujeres lo padecían, se llegó a estimar) y el remedio más frecuente para curarla consistía en un masaje de la zona pélvica que culminase en un «paroxismo histérico», que es como la jerga médica llamaba al orgasmo. El tratamiento debía además hacerse con regularidad y suponemos que las pacientes, por el bien de su salud, no querrían saltarse ninguna sesión.

Mortimer fue uno de los terapeutas londinenses más activos y se tomaba con mucha profesionalidad su labor de provocar paroxismos en las señoras adineradas que acudían a él. En su libro Nerve-Vibration and Excitation as Agents in the Treatment of Functional Disorder and Organic Disease describe el efecto en los nervios de sus masajes y cómo, agotado por tanto trabajo manual en su consulta, ideó en el año 1880 un aparato mecánico que con sus vibraciones facilitaba la tarea. Analizó con rigor científico la respuesta de las pacientes ante su aplicación a cada zona del cuerpo y también en función de la cantidad de revoluciones por minuto que alcanzase. Unos resultados que coinciden con lo que podemos imaginar. Esta historia de su origen pueden verla narrada con algunas licencias de guión en la película Hysteria. El invento, que pasó a llamarse vibrador, tuvo un enorme éxito y conoció toda clase de versiones (algunas bastante aparatosas), que se vendían y anunciaban incluso muchos años después con la mayor inocencia y siempre con la salud y la ciencia médica por bandera, faltaría más.

En conclusión, todo un benefactor de la humanidad, aunque es inevitable preguntarse si en algún momento fue realmente consciente de lo que estaba haciendo. O tal vez eso no importe y a veces la cuestión sea acertar aún por motivos equivocados y Mortimer, Kellogg y Voronoff sean ejemplos de que Dios —cualquiera de ellos que sea el verdadero— escribe recto con renglones torcidos.

Por Javier Bilbao

Publicado originalmente en jotdown.es

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