Lisergia o de los ojos azules y verdes que eran diez y luego siete.

Y yo te pregunté cuántos ojos tenías y me has dicho que siete, yo no te creí, porque sabía que sólo tenías dos como los demás, que lo que veía era resultado del trip en mi cabeza, de que las paredes se derretían y la gente tenía ojos grandes como de caricatura. Ojos grandes y saltones, saltones literalmente, los veía saltar por toda la pista acompañados de cuerpos chiquititos y vasos largos que se estiraban y estiraban sin derramar una gota de su contenido.

Te vi y pensé, esto es amor, esa carita es de amor, yo siento amor por ella, un amor lisérgico y circular, un amor extasiado y fumado y bebido, embriagado. Yo sabía que era amor porque nadie podía sentir algo así sin pensarse perdido en el alma de alguien más, yo lo sabía, te amé desde ese instante, te amé. ¿Lo sabías? Te amé desde aquella noche de febrero en que las calles confabularon para encontrarnos, en una esquina al dos mil o al dos millones cuatrocientos. En una calle de esas que llevan el nombre de alguien que recorrió otras calles pero que se volvió importante. Una persona de esas que nunca conoció su propia calle, pero nosotros si conocimos esa calle y las demás, las caminamos una a otra, las cruzamos, las sentimos con las mejillas algunas veces cuando era tarde y los autos ya estaban amarrados a sus postes y sus dueños a sus camas y las camas a los cuartos que cuelgan de las casas. Las casas cuelgan del planeta como colgamos nosotros a ratos, pero solo por un rato, doce horas para ser exactos, porque luego el planeta da la vuelta y ya sólo caemos y caemos, por eso las fiestas, te expliqué algún día, solo se hacen de noche, las verdaderas fiestas, porque la noche cae pero no nos cae a nosotros encima, a nosotros nos cuelga y a los del otro lado les pesa, el día pesa porque la noche está encima, descargándose en ella cada minuto.

Recuerdo que esa tarde antes de conocerte sentía el estómago vacío y las ideas en mi cabeza habían dicho ¡adiós adiós! Me sentía frustrado ante la idea de no volver a escribir una línea nunca más, es complicado, porque sientes el corazón lleno de palabras, como si se juntasen unas y otras en la misma esquina de ti, apretando tu pecho, haciendo que la visión del mundo se haga borrosa y lúgubre, yo quería escribir, tenía las ganas, el ímpetu, el escritorio listo, una cerveza, un cuaderno en blanco, un lápiz con punta, una habitación iluminada, tenía un ventanal por el que entraba todo el ruido de la calle, que contrario a lo que muchos pensarían me ayudaba a concentrarme, tenía un pizarrón al lado y tiza para plasmar todas las ideas maravillosas que después de dos horas de martirio nunca quisieron llegar a este mundo.

Era una vil mierda, una mala mierda, que mierda de tarde pensé, no es tan fácil como parece, me decía, me compadecía claramente por no poder escribir, pero incluso en ese instante la gente que suele escribir tiene una forma de salir a flote, de no sentirse derrotada, de pensar que las cosas eventualmente mejorarán, se dicen, nos decimos, “esto hace parte del oficio”, ¿puedes imaginar eso? “Esto hace parte del oficio”. Hace parte del oficio no hacer nada que tenga que ver con el oficio, ¿el oficio no se arruina acaso si el oficio es no hacer el oficio que se pretende? El caso es que no escribir hace parte de escribir, y eso se había convertido en mi licencia, en mis vacaciones para pensar que tarde o temprano podría estornudar todas aquellas palabras que tenía en el pecho y vomitar las que tenía en el estómago y eyacular las que tenía en donde sea que se guarden el semen y las palabras.

Y salí de casa a eso de las cinco de la tarde, era verano y el sol parecía sol de mediodía, lo que me molestaba mucho, estaba irritable y aburrido, deseoso de vivir una vida que no era la mía, pero convencido también de que aquella vida que no era mía me resultaría aburrida al tiempo y querría simplemente dejar de vivir, ¡Que drama, dios que drama! Pensé, claro, por eso tal vez pienso quería dedicarme a la escritura, todo en cuanto pensaba se colmaba de un tono dramático que tal vez es bueno para los libros pero no para la vida, de eso estoy seguro.

Quería embriagarme, como siempre, tal vez esa era la otra condición que creía tenía para escribir, era un ebrio, y al ser escritor tendría la licencia para mi ebriedad, pero la escritura solo podría cubrir uno o dos de mis vicios, ¿pero lo demás? ¿Las pepas? ¿Los papeles? ¿El perico? ¿El md? Eso solo podría cubrirlo si me convertía en un escritor beat Nick o un DJ pero un escritor de cuentos chimbos, porque eran bien chimbos mis cuentos, no podía darse el lujo de tener tantos vicios sin producir algo que salvara medianamente su alma, ante la sociedad, ante dios todo poderoso, dios omnipotente, dios omnipresente, dios ambivalente, dios clarividente, dios adolescente, dios equivalente, dios transparente, dios demente. ¿Ante él quien habría de protegerme? Porque no hay a quien más tema que a dios en su infinita misericordia. ¿Me trataría acaso como un enfermito? ¿Cómo uno de esos chicos, pobrecitos, que cantan la cancioncita de la fundación la luz? ¡Qué crueldad burlarse de las adicciones de los demás! ¿Pero y acaso no tengo castigo suficiente con padecerlas? ¡Claro que no! Porque no es un castigo, es un goce, las drogas son un goce, son un locus amoenus, con un punto de no retorno entre la vida real y la vida real sin el filtro de lo real, las drogas son ese hilito delgadito en el que te subes con una vara larga de neón para hacer equilibrio. Intentas por todos los medios no caerte a un lado u  otro; en la vacuidad de la experiencia y el hedonismo y egoísmo que traen consigo o a la culpa, o mea culpa, por mi culpa mi gran culpa, de haber probado el goce de lo no terrenal y haber regresado para contarle a otros que allí eras feliz pero no lo mereces.

¿Recuerdas aquella noche en que nos conocimos? Yo te pregunté qué cuantos ojos tenías y has dicho que nueve y no era cierto, yo sabía que esas dos cositas que tenías encima de la nariz no eran ojos, eran dos vías lácteas, dos universos, dos canicas que contenían al universo y sus respuestas, eran todo menos ojos, porque los ojos sirven para ver, para recibir información, para asimilar la luz y las dos cositas que tenías aquel día solo servían para mostrar. ¿Qué mostraban? Te mostraban a ti desnuda, mostraban el mar, te mostraban nadando en el mar desnuda, te mostraban en el reflejo de la marea, mostraban una marea, una noche, una isla, una estrella. Y los veía desvanecerse como me desvanecía al mirar mis manos, y recuerdo haberte preguntado por tus ojos y haberte preguntado por mis manos, que si veías como me deshacían en un humo azul, que si veías como las paredes a nuestro alrededor se volvían ríos de neón y siluetas. Y recuerdo que te dije que estaba muy tripeado, que ese trip me había pegado como un batazo y tenía miedo de quedarme así, loquito, todo el tiempo, de que la tripera no bajara y tuvieras que lidiar conmigo el resto de la eternidad.

Y fue todo lo contrario a una eternidad aquella noche, fueron las doce y la una y las dos y las tres y yo no entendía en qué momento la noche se había acabado y la luz del sol se filtraba por las rendijas del viejo piso. Veía a todos botados en todas las direcciones y yo seguía sentado a tu lado sin saber siquiera quien eras. En algún momento de la noche llegué a preguntarme si eras real, si en realidad estabas a mi lado pues ya en ocasiones anteriores había visto personas que no existían en las triperas y en las fiestas, porque eso es otra cosa que sabes me molesta, no tolero a los entes, me gustan las personas y no los entes, estos chicos que viven para ser zombies, para pasar la noche sintiendo y sin mediar palabra alguna, bailan durante horas sin necesidad de una cerveza o un cigarrillo. Me molestan porque creo en algún momento quise seguirles el juego, jugar a ser un conductor eléctrico, una mera máquina de movimiento infinito pero no lo logré, es más complicado de lo que se piensa, llegar a aquel estado de inconciencia.

Y estabas allí en aquella fiesta, no recuerdo que hora era cuando te vi por primera vez, pero acababa de comerme el papel, era temprano y alguien andaba rotando una botella con md, yo sabía que la botellita aquella tenía algo pero igual no me negué y me tomé un trago largo, grave error, ¿verdad? Si tú lo sabes bien, el md me hace vomitar. Soy un idiota, no debí hacerlo, pero tal vez si no lo hubiese tomado no te hubiese conocido. Es lo más probable, yo entraba al baño como loco cada cinco minutos para llenar con agua mi vaso y así bajar el calor que me consumía, porque recuerdo que el maldito sitio no tenía aire acondicionado, ni siquiera un ventilador y el calor se concentraba en la pista y las paredes, a ratos llovía en la pista cuando las gotas de sudor de medio mundo se resumían en el techo y caían como rocío mañanero.

Fumaba como loco, bueno, es cierto, todo el tiempo fumo como loco pero tengo una excusa para ello, ya lo sabes, soy ansioso, an-si-o-so, muy muy, ¿te molestaba al principio recuerdas? Pero no es mi culpa, la gente no logra comprender que lo hago por necesidad y no por gusto, bueno no es cierto en verdad, es por gusto ¡y que gusto el que siento! ¡Es una total sensación de bienestar! Sentir el humo llenando tus pulmones, y el calor, y el bienestar, es puro bienestar.

El otro día me he preguntado por qué fumo y he llegado a la conclusión de que si, es por la ansiedad que siento, y me he preguntado luego el porqué de mi ansiedad y he buscado en mis recuerdos el evento más viejo por el cual haya sentido esa sensación y ¿puedes creerlo? Creo que lo he recordado, si, lo he recordado. Tenía tal vez cuatro años y recuerdo alistarme para ir al jardín de niños, ese día estaba emocionado porque íbamos a ir a un parque fuera de la ciudad y debíamos estar en un lugar específico para que la ruta nos recogiera. Mi madre y yo llegamos a aquel lugar y no había nadie. Todo el parador de bus estaba vacío. Y yo pensé en porqué me habían dejado allí. Recordé lo que había estado haciendo en mi casa una o dos horas antes. Recuerdo escuchar a mi madre molesta diciendo, “ha sido tu culpa, tardaste mucho tiempo en buscar tus zapatos”. Y yo me deshice en llanto al pensar en que no podría volver al jardín, en que no volvería a ponerme el delantal a cuadros para pintar o jugar con la tortuga ninja del salón de juegos. Creo que tal vez por eso nunca llego tarde a una cita, tal vez por ello siempre llego diez o veinte minutos antes, tengo aquel miedo tan dentro de mí, tengo miedo, siempre miedo de que me dejen. De que no pueda ir al parque. ¿Ha vuelto el drama verdad? Sabes que soy así. Pero no nos desviemos, trato de recordar la noche en que te conocí.

¿Tenías diez ojos, cinco eran azules y cinco eran verdes verdad?  He averiguado sobre ello, es una cuestión genética, se llama heterocromía iridis ¿lo sabías? ¿Es un lindo nombre verdad? Si, lo es, es como tú, podríamos ponerle así a nuestra hija, ¿No? Cierto no es un buen nombre para un niño, luego en el colegio le habrían de molestar todos los días y le pondrían apodos y lloraría y lloraría y ya luego se volvería un niño o una niña triste y no hay nada peor que ser un niño o una niña triste. Es lo peor que puede suceder, que el periodo feliz de tu vida sea triste triste, un niño triste sería la definición de trilce, ¿recuerdas lo trilce? ¿Lo que decía Vallejo? Algo triste y a la vez dulce; un niño huérfano. Eso es lo trilce, o un nocturno de Chopin, o el recuerdo de un amor perdido. Todo eso debe ser lo trilce, trilce, tu eres trilce a ratos, yo lo sé. A ratos te ves triste y no sé si es por mi culpa o simplemente quieres que tus ojos sean trilces trilces, quieres hacer de tu heterocromía iridis algo más sublime de lo normal.

Y esa noche en aquella fiesta estabas triste, se notaba a leguas, a pesar de que te veías radiante y bonita, muy bonita como sueles ser, con esas greñas rubias y tus ojitos en forma de gato, con ese pedazo de trapo en la cabeza y la falda y la actitud de niña mala, de niña fatal en fiesta fatal con gente fatal de noche fatal y con una fatal cara jovial como la que tienes ahora, yo te veía en mitad de la tripera como un ejército de niñas buenas, mamasitas todas y todas igual de locas bailando con el golpe del techno y con los colores que del techo les hacían juego y a mi izquierda un chico con un sombrero me sonreía segundos antes de desvanecerse, a mi derecha una pareja se besaba retorciéndose entre las luces, dando vueltas y vueltas enredándose en sí mismos y yo deseando tanto tanto llegar a eso contigo, amor contigo porque desde ese día sabía no te volvería a dejar ir, eras mía a partir de ese instante, eras mía de la forma más pueril y retrograda, eras propiedad privada desde ese momento así tu no pensaras así, ¿porque recuerdas qué tu primera impresión al verme fue de repulsión? Me odiaste y me odiaste mal, con ganas, con furia, eso fue lo que pensé. Te miré y en mi mente organicé mis ideas por un segundo, intente darle orden al mierdero que en mi cabeza se presentaba como realidad, como existencia, como lo que está ahí afuera y en donde debo navegar. Organicé mis ideas y pausé por un momento la realidad a mi alrededor, me paré frente a ti y te pedí fuego para encender mi cigarrillo, me miraste de arriba abajo y dijiste “No tengo, dile a los chicos que están en la esquina”, luego de esto miré en la dirección que me enseñaste y no vi a ningunos chicos, supuse que estarías también tripeada como yo o simplemente eras loquita, enfermita de la cabeza como la mayoría de los que terminan en aquellos lugares. Estabas loca y eras hermosa y tenías las greñas de un ángel y el par de tetas más hermoso que hubiese visto jamás. Decidí seguirte el juego y llegué a la esquina donde no había nadie, ni chicos, ni fuego, ni cigarrillos, me quedé allí por un rato, pensando en que debía verme como un tarado parado en la esquina de una fiesta sin nadie alrededor y mirando fijamente a una pared de colores encendidos.

Entonces di media vuelta y traté de buscarte en el lugar donde te había dejado minutos atrás, ya no estabas, miré a mi derecha y vi a un grupo de chicos en la esquina contigua que supuse eran los que me decías y concluí que simplemente había ido en el sentido equivocado. Luego miré hacia el frente y estabas allí y dijiste “¿Qué quieres?” Me sorprendí al escuchar eso pues suponía que ya lo sabías, que quería fuego para mi cigarrillo y hacer el amor contigo. Pero no, no lo sabías, porque no te había preguntado nada en realidad, ni siquiera había ido a la esquina, todo esto había ocurrido como un relámpago en mi cabeza, era el trip enloqueciéndome de nuevo y pensé en que estos trips en verdad estaban pesados pues la alucinada ya no era normal. Pensé en ello y en si tú eras real, “¿eres real?” fue eso lo que atiné a preguntar, “discúlpame pero la loquera en la que ando no me permite saber si tú y tus ojos son reales ¿Eres real?” y me has contestado sonriendo que sí, que lo eras.

“¿Cuántos ojos tienes?” Te pregunté entonces, y contestaste que tenías siete y yo no te creí, porque si eras real solo podías tener dos y no siete y me dijiste que eras real y tenías dos pero que en mi loquera eran siete y eso es lo que importaba en verdad, que el número de ojos no importaba cuando se ama de verdad y yo te creí por eso sigo aquí contigo, yo te creí y por eso te amo con tus siete ojos y tus quince patas, con tus greñas rubias y esas tetas tan guapas. Ojos azules y verdes que eran diez y luego siete.
Por Andrés Aldana.

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