George Monbiot: Una respuesta al significado de la vida

El amor se deprecia rápidamente, han descubierto los economistas. Según las tendencias actuales, se espera una reducción del 1.78 £ la hora-pasión desde hoy hasta 2030. El coste de oportunidad de un beso desaparecido se ha reducido en 0.36 £ desde 1988. Para el año 2050, el valor presente neto de una noche bajo las estrellas podría ser de tan solo 56.13 £. Esta reducción en el valor auténtico del amor, advierten, puede causar daños económicos serios.

Nada de esto es cierto, pero no está lejos de serlo. El amor es una de las pocas bendiciones naturales que todavía han de ser plenamente costeadas. Probablemente estarán trabajando en ello ahora.

Con el último Gobierno (Reino Unido), el Departamento de Transportes anunció que tenía que descubrir “el valor real de tiempo”. Esta es la sentencia surrealista en la que se arrojó la bomba: “La estimación del crecimiento en el valor real de tiempo se muestra en la Tabla 3”(1). La semana pasada, el Departamento de Medio Ambiente anunció los resultados de su Valoración del ecosistema nacional, un enorme ejercicio que implicó a 500 expertos. La valoración, nos dice, establece “el valor verdadero de la naturaleza… por primera vez”(2). El que piense que el valor verdadero de la naturaleza provocaba maravilla y placer, se equivoca. Simplemente es una cifra que se acompaña del símbolo de una moneda. Solo falta que el Consejo de Ministros nos diga el valor auténtico del amor y el precio de la sociedad, y ya tendremos una cifra única sobre el significado de la vida.

El Gobierno todavía no ha producido una cifra que exprese “el verdadero valor de la naturaleza”, pero sus científicos han fijado el coste de algunos de los activos que un día también permitirán que se logre esa síntesis. Por ejemplo, la valoración ha producido cifras sobre el valor que tienen los espacios verdes para el bienestar humano. Si los cuidamos bien, nuestros parques y zonas verdes mejorarán nuestro bienestar en un valor de 290 £ por casa y año en 2060(3).

¿Cómo calculan estos valores? El informe nos dice que los “servicios del ecosistema” valorados incluyen “recreo, salud y solaz”, y en los espacios naturales “nuestra cultura encuentra sus raíces y sentido del lugar” (4). Esto debe tenerse en cuenta al fijar el coste del “valor social compartido”. El valor social compartido surge del desarrollo de un “sentido del propósito” y de la “capacidad de lograr objetivos personales importantes y participar en la sociedad”. Se mejora con las “relaciones personales de apoyo” y con unas “comunidades fuertes e influyentes”(5). Estos son algunos de los beneficios cuyo coste dicen los expertos que están fijando.

Este ejercicio es bienintencionado. El departamento mendioambiental señala, con razón, que las empresas y los políticos ignoran los daños con costes no fijados que pueden causar con sus decisiones al mundo natural y al bienestar humano. Hace frente a “este descuido mostrando que hay razones económicas para cuidar de la naturaleza”(6). Pero hay dos grandes problemas.

El primero es que esta valoración es totalmente absurda, pura jerigonza reduccionista revestida con el lenguaje de la objetividad y la razón, pero adscribiendo los precios a respuestas emocionales: precios que, a pesar de la pomposidad del lenguaje que se usa, solo puede ser arbitrario. Es algo que ha sido construido por personas que solo se sienten seguras con los números, que deben arrastrar la palabra entera a su zona de comodidad para sentir que lo tienen todo bajo control. Los gráficos usados por la valoración son indicativos: representan las conexiones entre las personas y la naturaleza como ruedas dentadas (7). Es una clara advertencia de que podríamos tomar esta valoración como un intento casi cómico de meter la naturaleza y la emoción humana en una visión lineal y mecanicista.

El segundo problema es que pone el mundo natural en las manos de quienes lo destruyen. Imaginemos, por ejemplo, una encuesta de planificación para una mina de carbón a cielo abierto. Los beneficios públicos procedentes de los bosques y prados se han fijado en un millón de libras al año. Los ingresos por abrir la mina serán de diez millones al año. Ya no es necesario argumentar. El abogado de la mina de carbón, presentando esas cifras ante la comisión de investigación, tiene ganado el caso: las objeciones públicas ya se hicieron cuando se fijaron los precios: no hay nada más que discutir. Cuando se introduce la naturaleza en un ejercicio contable, su destrucción quedará justificada en cuanto el caso empresarial tenga la razón. Y casi siempre tiene la razón.

El análisis de costes y beneficios se amaña sistemáticamente en favor de la empresa. Tomemos, por ejemplo, el proceso de toma de decisiones sobre la infraestructura de transportes. El Gobierno anterior desarrolló un método de valoración que casi siempre garantizaba que las carreteras, ferrocarriles y autopistas nuevas se construirían, a pesar del daño que pudieran causar o los míseros beneficios que puedan producir (8). El método fija el coste del tiempo de las personas de acuerdo con lo que ganarán, y usa ese coste, para crear un valor para el desarrollo. Así, por ejemplo, dice que el precio de mercado de una hora gastado en ir en un taxi es de 45 libras, pero el precio de una hora gastada por quien vaya en bicicleta es de 17 libras, porque los ciclistas suelen ser más pobres que los pasajeros de un taxi (9).

Estas suposiciones son absolutamente ilógicas. Por ejemplo, se considera que los que trabajan lejos de su domicilio usan el tiempo ahorrado con un nuevo tren de alta velocidad en llegar antes al trabajo, en lugar de irse a vivir más lejos. Se supone que los pasajeros ricos que van en esos trenes no hacen en ellos un trabajo útil, sino que dan vueltas a los pulgares y miran por la ventanilla todo el viaje. Este sistema de fijación de costes explica la razón de que sucesivos gobiernos quieran invertir en trenes de alta velocidad antes que en pistas para bicicletas, y que planes de carreteas de muchos miles de millones que reducen dos minutos el viaje se considere que ofrecen valor económico monetario (10). Nada de esto es accidental: los modelos de beneficio/coste que usan los gobiernos provocan un gran interés en los lobbies empresariales. Los funcionarios, pensando en puestos de dirección lucrativos para su jubilación, se aseguran de que el proceso de toma de decisiones favorezca el sobredesarrollo.

Esta es la máquina con las que la naturaleza debe ser alimentada ahora. La Valoración nacional del ecosistema entre la biosfera en bandeja de plata a la industria de la construcción.

Es el triunfo definitivo del neoliberalismo: la monetización y comercialización de la naturaleza, su reducción a un activo comerciable. Una vez rendidos al reino de la optimización de Pareto y a la compensación de Kaldor-Hicks, todo puede ser apropiable. Esos bobos bienintencionados, la fraternidad de Grand Academy of Lagado que produjo la valoración del Gobierno, han conseguido meter el mundo natural en una columna de cifras. Ahora ya se puede cambiar por dinero.

Artículo original y fuentes dando click  aquí.

Recomendamos su más reciente columna “There may be flowing water on Mars. But is there intelligent life on Earth?” para theguardian.com

 

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s