Por qué el Jesús del arte nunca se pareció al de la Biblia

Incluso quienes somos ateos aceptamos que, durante siglos, el arte europeo giró en torno a la mitología cristiana. Al menos en su mayor parte. Esto, me permito añadir, nunca debería alejar del arte cristiano a quienes no se consideran religiosos. Al contrario. El arte fue muchas veces el equivalente de nuestras actuales televisiones, radios y periódicos. Imperios y religiones lo usaban para comunicarse con los humildes. Así, viendo cómo se representaban visualmente determinadas ideas, podemos entender mejor a aquellos pueblos donde la historiografía escrita era un lujo reservado para una minoría de individuos con formación, mientras los demás obtenían sus conocimientos de la tradición oral, pero también de las esculturas y pinturas que representaban conocimientos y creencias básicas.

Uno de los aspectos que me han llamado siempre la atención es la representación de la figura central de la religión que dominó Europa durante tanto tiempo, el cristianismo. Jesús de Nazaret es un misterio como figura histórica. La información que tenemos sobre él proviene sobre todo en los Evangelios, textos que para cualquier no creyente resultan imposibles de admitir como verosímiles en su totalidad, debido a la elevada carga de sucesos sobrenaturales. Incluso la parte biográfica más convencional puede estar sujeta, como poco, a la duda razonable. Algunos llegan más lejos y sospechan que no existió un Jesús, o no uno parecido al de los Evangelios. Pero el objeto de este artículo no es discutir estos asuntos. Al revés: pongámonos en la piel de los creyentes de otro tiempo y demos por buenos los textos evangélicos en su totalidad. Solamente así podremos entender la evolución del arte cristiano, porque estaba dirigido a ellos.

En la Biblia, salvo en la narración de algunas apariciones místicas donde es descrito con rasgos sobrenaturales, no se dice una sola palabra sobre el aspecto físico de Jesús de Nazaret, el hombre. Así pues, el ejercicio de ver cómo se pintaba a Jesús en cada época es como realizar un enorme experimento de proyección social, ya que sin una descripción de base, podemos detectar claramente los cambios en las vidas y circunstancias de los creyentes en un determinado periodo histórico, solamente con mirar retratos de Jesús característicos de ese tiempo. Seamos religiosos o no, el rostro de Jesús fue, a menudo, el resumen del estado de cosas en Europa.

"El Pez de la Vida", alegoría de Jesús de Nazaret en una lápida funeraria romana.

Por qué no había representaciones de Jesús en el cristianismo primitivo

El cristianismo de los siglos I y II no produjo representaciones gráficas de Jesús. La tradición eclesiástica solía achacar esto a la clandestinidad en que vivían los cristianos a causa de la persecución romana, pero esto no parece del todo exacto.

El cristianismo surgió en Judea, se expandió rápidamente por el Mediterráneo oriental y fue importado a la propia ciudad de Roma por pequeños grupos de creyentes. Roma, como la moderna Nueva York, recibía a gentes de todas partes, así que no es raro que el nuevo culto llegase a la ciudad muy pocos años después de la fecha tradicional de la muerte de Jesús.

La sociedad romana, en general, percibió a los primeros cristianos como gentes oscurantistas y sectarias. Generaban habladurías muy parecidas a las que en plena Edad Media la Europa cristiana terminaría vertiendo sobre los judíos; por ejemplo, que sus ritos secretos ocultaban prácticas sexuales inmorales o sacrificios sangrientos. Había romanos conservadores que se sentían disgustados por el desdén de los cristianos hacia la tradición pagana, la cual conllevaba respeto por ceremoniales públicos e instituciones civiles muy arraigadas en el Imperio. También es cierto que durante los dos primeros siglos de nuestra era, los cristianos fueron víctimas de ocasionales pogromos a nivel local, aunque rara vez estaban impulsados por autoridades imperiales de alto rango. Ni siquiera cuando en el año 64 Nerón culpó a los seguidores de Jesús del incendio de Roma, tal como narraba el historiador romano Tácito, se produjo una persecución generalizada en todo el Imperio, sino limitada a la propia ciudad. Los cristianos eran una cabeza de turco fácil, pero también eran pocos y casi siempre procedían de capas pobres de la sociedad. No era, ni mucho menos, la única religión exótica que había ganado seguidores. Por lo general, en los siglos I y II la existencia del cristianismo preocupó bien poco al sistema político romano.

Pez eucarístico, pintado en unas catacumbas romanas durante el siglo II (imagen: DP)

El que los cristianos primitivos no produjesen retratos de Jesús se debía más bien a los prejuicios que tenían contra la confección de imágenes religiosas, prejuicios que habían heredado del judaísmo. El cristianismo había nacido como una secta judía que se desviaba de la ortodoxia en lo tocante al Mesías, pero que había tomado casi todo su cuerpo moral del judaísmo y que de hecho terminaría incluyendo la Torá entre su propia colección de libros sagrados, la Biblia. La prohibición de imágenes era tan importante en la tradición judía que se contaba entre los diez mandamientos bíblicos. Así, la Biblia dicta que «no harás imagen de ti, ni de lo que está arriba en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas que hay debajo de la tierra» (libro del Éxodo). Los cristianos primitivos, pues, no pintaban a Jesús porque hacerlo era pecado. Dado que la palabra griega ΙΧΘΥΣ, «pez», podía ser usada como acrónimo de «Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador», les bastaba con representar a Jesús con un pez esquemático.

Una pintada en una escuela

Por lo anterior, no debería sorprender que la representación figurativa más antigua de Jesús que conocemos no fuese obra de sus seguidores, sino de sus detractores. El llamado «grafito de Alexámenos» fue grabado en el muro de una escuela romana antes del siglo III. Descubierto en 1857, causó considerable sorpresa, porque para cualquier observador cristiano era una imagen abiertamente blasfema. Aparecían dos figuras; una estaba de pie ante un crucificado que tenía cabeza de asno, mientras una frase en griego describía la escena: «Alexámenos adorando a su dios». Aunque no se menciona el nombre de Jesús, es evidente que se pretendía insultar a Alexámenos —tal vez un alumno de aquella escuela, tal vez un profesor— por sus creencias cristianas. El grafito está en Roma, pero recordemos que el griego era la lengua culta preferida para la educación.

Del grafito de Alexámenos se pueden deducir varias cosas. Una, que los cristianos de las dos primeras centurias eran objeto de burla pero, salvando los ocasionales pogromos, formaban parte de la sociedad romana de manera abierta, no clandestina. Una escuela no era un lugar al que acudiesen los hijos de los romanos más desfavorecidos.

También se puede deducir que la cruz pudo conllevar connotaciones insultantes cuando era mencionada por quienes se burlaban de los cristianos. La crucifixión era un castigo muy cruel y humillante que los romanos reservaban para los peores criminales, así como para los considerados enemigos del Imperio, los esclavos, los extranjeros, etc. El grafito de Alexámenos nos da a entender que representar a Jesús en la cruz era una forma de recalcar la naturaleza vergonzosa de su muerte. Es posible que durante los primeros siglos de cristianismo, la representación gráfica de Jesús en la cruz fuese considerada de mal gusto por muchos de sus seguidores, incluso sabiendo que era un episodio central en el relato evangélico.

Buen Pastor

Un Jesús con túnica romana

A partir del siglo III, el éxito del cristianismo entre los más humildes empezó a extenderse también a estratos más acomodados y fue esto lo que introdujo la figura de Jesús en el arte. El mandamiento bíblico que prohibía las imágenes era ignorado por nuevos cristianos, algunos de buena posición, que siguiendo las costumbres romanas deseaban tener imágenes religiosas en sus templos, en sus casas o en sus tumbas. De forma paralela, cuando el cristianismo empezó a extenderse a sectores ricos e influyentes fue cuando de verdad empezó a ser percibido como una amenaza para la estabilidad del Imperio. Algunos emperadores llegaron a promulgar persecuciones oficiales que incluyeron detenciones en masa, torturas y ejecuciones de cristianos.

Esto produjo la gran paradoja de que fue en una época de intensa persecución cuando aparecieron las imágenes religiosas de Jesús. La tradicional explicación de la ausencia de imágenes debida a la clandestinidad no encaja bien con los hechos. Es más, casi parece inevitable que conforme la nueva religión se extendía por el Imperio, fuese adaptándose a usos paganos como lo era confección de imaginería religiosa, prohibida en la Biblia. Distinta cuestión era la de cómo pintar a Jesús. Dado que ni los Evangelios ni la tradición oral describían sus rasgos físicos, cada creyente lo imaginaba de acuerdo a su propia idiosincrasia. Aun manteniendo la esencia judía en lo teológico y moral, el cristianismo adquirió en lo artístico formas muy romanizadas. De hecho, visualmente hablando, fue el Imperio romano el que le dio a Jesús muchos de los elementos de la imagen que hoy asociamos con su figura… aunque en las imágenes más antiguas pueda producir justo la impresión contraria.

Jesús curando a un paralítico. Siglo III. (Imagen: DP)

Durante el siglo III se lo representaba con la perfecta imagen de un ciudadano romano prototípico. Esto es, bien afeitado, con el cabello corto y vistiendo togas o túnicas o capas de corte claramente latino. Esto puede sorprendernos hoy, pero para aquellos cristianos tenía sentido. Jesús había nacido y crecido dentro del Imperio. Se sabía por los Evangelios que había sido un judío sin ciudadanía romana —de ahí la reticencia dePoncio Pilatos a juzgarlo bajo la ley imperial— pero esto no impedía que lo imaginaran con aquellos ropajes, algo que no era impensable entre los pueblos sometidos al Imperio, entre los que abundaban los individuos romanizados.

Predominaban en aquella época las escenas biográficas que lo mostraban como un maestro en su labor evangélica. Aparecía sobre todo en el papel del «buen pastor», acompañado de ovejas que representaban a los discípulos, del gallo que representaba a san Pedro, o portando un cordero en sus hombros. También aparecía realizando milagros y ,ocasionalmente, recibiendo el bautismo. Sus ropas, como decimos típicamente romanas, rara vez eran suntuosas. Su imagen humilde ofrecía consuelo a los atribulados cristianos de la época, pero además era fiel a los Evangelios, donde Jesús era descrito como un hombre con buena educación, que había estudiado en la sinagoga, pero también como un τέκτων, esto es, un artesano. Jesús había sido un carpintero que por decisión de Dios —o por ser él mismo de condición divina, que no todos los cristianos se ponían de acuerdo en esto— se había convertido en el ansiado Mesías, el rabí que finalmente guiaba a su rebaño hacia la salvación. Los cristianos primitivos veían en aquel benéfico maestro de sencilla vestimenta a alguien muy distinto del poder imperial al que encontraban opresivo y cruel. Cabe suponer que muchos romanos pobres se convirtieron al cristianismo porque Jesús era una figura cercana y bondadosa que no tenía relación alguna con las corruptas clases dirigentes del Imperio. Curiosamente, muchos judíos rechazaron el cristianismo por esa humildad de Jesús, ya que no podían concebir que el Mesías, en vez de ser un rey poderoso como habían anunciado las Escrituras, fuese un don nadie al que los romanos habían detenido y ejecutado como si tal cosa.

Domitila

El Cristo como emperador

Las persecuciones del siglo III no impidieron que el cristianismo continuase siendo cada vez más popular. Sus promesas de recompensas ultraterrenas tocaban la fibra de amplias capas de la población, muy necesitadas de sentido. Pese a todo el poder y grandeza del Imperio, la mayoría de los romanos nunca había dejado de ser pobres y cualquiera podía convertirse al cristianismo solo con desearlo (mientras que el judaísmo más ortodoxo, por ejemplo, planteaba requisitos como la circuncisión, que desde luego alejaban a muchos posibles conversos). En el ejército romano, que por entonces ponía y quitaba emperadores, había muchos extranjeros y soldados de origen humilde. El rápido avance del cristianismo en los campamentos militares iba a tener un papel decisivo, tanto o más que la conversión de parte de la aristocracia romana, a la hora de hacer que los emperadores dejasen de perseguir aquella fe.

En el año 313, el emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán para legalizar el cristianismo. Esto no hizo sino disparar todavía más su éxito. En el 380, el emperador Teodosio se hizo bautizar, atribulado como estaba por una grave enfermedad, y decidió que el cristianismo iba a ser la nueva religión de Estado. El Imperio romano abandonó la religión tradicional romana y el paganismo sería proscrito. Cuando en su testamento Teodosio repartió el Imperio entre sus dos hijos, todo él era oficialmente cristiano. El centro geográfico de la cristiandad, esto apenas sorprende, quedó fijado en Roma pese a que Jesús jamás había pisado aquella ciudad. Más importante, la Iglesia se jerarquizó imitando usos administrativos del Imperio y en lo alto de esa jerarquía, como simbólico emperador todopoderoso, iba a estar Cristo.

Traditio Legis: Jesús entregando la ley a sus discípulos. Sarcófago del siglo IV.

Aquel proceso de oficialización y equiparación con el poder imperial tuvo un efecto inmediato sobre la representación artística de Jesús. Hasta entonces había aparecido como un romano de aspecto común, enfatizando el origen proletario explicitado en los Evangelios y su cercanía a las clases desfavorecidas. A partir del siglo IV, sin embargo, empezó a aparecer como una figura mayestática. Se lo pintaba de pie sobre un pedestal, flanqueado por columnas, sentado en un trono, o rodeado por la mandorla, un marco oval con forma de almendra que recalcaba su majestad. En imágenes como las denominadas Traditio Legis aparecía como un monarca que entrega la ley divina a sus discípulos, pintados casi como súbditos. En estas Traditio Legis todavía era común ver a Jesús afeitado y con el cabello corto, pero ahora se parecía más a los césares. De hecho dejó de ser raro verlo representarlo con togas y capas propias de las clases dirigentes. En ocasiones, hasta con uniforme de general de las legiones. También se añadía un halo luminoso en torno a su cabeza para recalcar su naturaleza divina, ahora normativa (la Iglesia estaba en plena lucha contra el arrianismo, que afirmaba que Jesús era hijo de Dios pero no Dios mismo). En cualquier caso, Jesús ya no se limitaba a ser el pastor de las clases humildes. Ahora era el rey de reyes. Esto es, el verdadero emperador.

Las dos nuevas mitades del Imperio sufrirían destinos muy distintos. La parte occidental empezó a derrumbarse bajo el empuje de los bárbaros y también por efecto de su propia descomposición interna. La parte oriental, más helénica, perduró durante siglos como Imperio bizantino. Pero el cristianismo iba a ser la religión de Estado en ambas, aunque con características cada vez más distintivas entre ellas. En cualquier caso, por decisión de los romanos, Europa iba a ser cristiana. Y por ende lo sería gran parte del arte europeo.

Jesús con barba y cabello largo, en unas catacumbas. Siglos IV-V.

La barba y el cabello largo

El cristianismo original era una mera desviación de la tradición judía, pero al extenderse por Roma también asimiló mucho de la filosofía griega, convenientemente reinterpretada y validada por san Agustín, san Jerónimo y otros padres de la Iglesia, sobre todo durante los siglos IV y V. Así, ideas de diversos filósofos paganos que el Imperio romano había heredado fueron incorporadas en el cada vez más complejo y enrevesado cuerpo teológico del cristianismo oficial. Tuvo particular importancia el platonismo, que resultaba idóneo para justificar la división entre un mundo terrenal pecaminoso y un mundo celestial divino e inmaculado. Jesús, pues, se convirtió no solamente en emperador celeste sino también en centro de toda filosofía verdadera. Por ello, sobre todo en la mitad oriental del Imperio, empezó a aparecer con una imagen más helenizada, llevando barba al modo de los filósofos griegos, cuyas efigies habían sido tantas veces reproducidas en el Imperio y que los romanos tanto habían admirado.

También empezó a ser pintado con cabello largo, que al principio solía ser ondulado para imitar las imágenes de dioses paganos como Júpiter o Zeus. Esto debió de hacer más fácil la transición generalizada del paganismo al cristianismo, que requería que el pueblo llano asimilase a Jesús con el dios más poderoso. Así pues, de la mezcla entre filósofos y dioses paganos nació la imagen de Jesús como solemos concebirla hoy, con barba y cabello largo.

Esta nueva combinación de maestro filosófico, emperador y ser supremo celestial, hizo que se volviesen habituales escenas que acentuaban su divinidad, como las imágenes de la transfiguración, transformación del Jesús humano en ente divino ante algunos apóstoles. Pero alcanzó su máxima expresión en el Cristo Pantocrátor, una expresión que significa «el que gobierna sobre todas las cosas» o «el todopoderoso». Este modelo llegaría a convertirse en universal en el Imperio bizantino, aunque los primeros pantocrátores se perdieron por causa de la furiosa corriente iconoclasta de los siglos VIII y IX, cuando algunos emperadores bizantinos pretendieron revivir la prohibición bíblica de fabricar imágenes y ordenaron la destrucción de los iconos religiosos. Como consecuencia, la mayoría de los pantocrátores que conocemos son posteriores, aunque alguno de los antiguos sobrevivió.

El más antiguo conocido estaba en el monasterio del Sinaí (hoy llamado Santa Catalina) y se libró de la destrucción gracias a su remota ubicación desértica. Cumple todos los cánones de un pantocrátor ideal. Luce barba y el cabello largo; una de sus manos está en gesto de enseñanza al modo de los grandes filósofos, mientras la otra sostiene un ejemplar de la Biblia tan profusamente ornamentado como lo estaría la pieza de un tesoro imperial. Su cabeza aparece rodeada por un halo que denota su naturaleza divina. Pero sorprende por dos razones. Una, su cuidadísima elaboración, que por su naturalismo recuerda más a los cristos del Renacimiento que a muchos pantocrátores elaborados más tarde, durante el resto de la Edad Media. Y otra, porque su rostro está dividido en dos mitades, una con expresión dócil en representación del Jesús humano, el buen pastor, y otra con expresión más severa, la del Jesús divino que reina sobre todo lo conocido. Esta división del rostro en dos partes fue imitada en ocasiones, aunque no era por necesidad la norma.

El Pantocrátor fue una representación muy estable. Seis siglos separan estas imágenes: el Pantocrátor del Sinaí (siglo VI, izquierda) y un mosaico de Hagia Sofía (siglo XII, derecha).

Jesús, varón de raza blanca

La adopción del cristianismo por el Imperio romano también certificó la representación de Jesús como un varón blanco europeo. Ya hemos dicho que la tradición apostólica no decía absolutamente nada sobre sus rasgos físicos. Según los Evangelios, fue un judío de Galilea que no tenía característica distintiva que los narradores considerasen digna de hacer notar, y que además provenía de una larga estirpe judía, así que debió de ser un semita prototípico, con un aspecto bastante similar al de los actuales palestinos. Sin embargo, esta visión hubiese chocado con la mentalidad imperial romana. Los romanos, que habían gobernado Europa, Asia y África, se consideraban superiores a los demás pueblos en todo, con una sola excepción: los griegos, a quienes concedían la superioridad intelectual.

No resulta extraño que el nuevo Jesús pictórico, mezcla del poder romano y la sabiduría griega, pareciese haber nacido en el sur de Europa y no en Judea. Era blanco, de nariz recta o aguileña, el cabello lacio y castaño. No se lo pintaba con piel oscura, ni con nariz redondeada, ni con cabello negro o rizado. Tampoco rubio o pelirrojo, como algunos bárbaros europeos lo eran. De hecho, en las más antiguas representaciones romanas de Cristo rara vez se lo pintaba con ojos azules, verdes o grises (esto vendría más tarde) sino oscuros, como era común entre los romanos y los griegos. Así, decimos, resultaba más fácil de asimilar. Desde un punto de vista propagandístico, los romanos no le hubiesen encontrado sentido al retrato de un rey de reyes que perteneciese a un pueblo inferior, ya fuese un semita o un bárbaro del norte. Esto sucedía a despecho de que, según las propias Escrituras, Jesús había pertenecido a una raza extranjera sometida y, por lo tanto, inferior.

Desde aquella época, algunos cristianos han intentado desmentir el más que evidente origen pagano del cabello largo y la barba del Jesús pictórico. Porque usando la lógica y las Escrituras, se debía llegar a la conclusión de que Jesús había llevado el cabello corto, como era costumbre entre los judíos del siglo primero, considerándose indecoroso lo contrario (pudo, eso sí, llevar barba). Para explicar esta discrepancia, recordaban que ciertos judíos, los nazareos, tomaban votos temporales durante largos periodos de meditación, dejando de cortarse el cabello hasta que retornaban a la vida normal. Afirmaban que Jesús habría sido un nazareo durante su periodo de predicación evangélica, y que por tanto hubiese llevado el pelo largo. Sin embargo, esto chocaba con la idea de que Jesús era básicamente respetuoso con las leyes judías; un nazareo se abstendría de beber vino, cosa que Jesús sí hizo durante su prédica, como describen los propios Evangelios. Así, resulta improbable que Jesús hubiese llevado el cabello largo mientras compartía vino con sus discípulos. Cabe decir, sin embargo, que cualquier contradicción entre lo que se pudiese deducir de los Evangelios y el aspecto físico del Jesús pictórico importaba poco. De hecho, estas discrepancias no han sido una preocupación hasta tiempos muy recientes, en la que incluso observadores cristianos han hecho notar que Jesús no debió de tener un aspecto ario. Sin embargo, la imagen ya está tan asimilada culturalmente que quizá se necesiten siglos para revertirla. Incluso hoy, en cine o televisión cuesta encontrar una película que retrate a Jesús como un semita de piel oscura y con un corto e hirsuto cabello negro.

Primera representación narrativa conocida de la crucifixión, c. 430. (Imagen: British Museum)

Finalmente, Jesús en la cruz

A partir del siglo V se hicieron también comunes las representaciones de la crucifixión. Puede parecer que esto chocaba con la nueva idea de un Jesús imperial, poderoso e intocable, pero además de responder a necesidades teológicas, había buenos motivos para que a los cristianos la crucifixión ya no les resultase una visión tan desagradable. Para empezar, ese método de ejecución había sido abolido cien años antes por Constantino, quien además afirmó haber descubierto fragmentos de la cruz en la que Jesús había muerto, convirtiendo lo que había sido un horrible instrumento de tortura en una reliquia venerable. Después de Constantino, las connotaciones despectivas y vergonzantes que los cristianos más sensibles pudieran asociar a una pintura con la crucifixión, desaparecieron.

Además, la adopción de la crucifixión por el arte cristiano se hizo de manera gradual. Las primeras se parecían poco a las que podemos ver hoy en procesiones o en muchas parroquias católicas. A veces se veía a Jesús sosteniendo la cruz a modo de bastón o cetro, dado que era el emperador del mundo. Pero incluso cuando se lo pintaba crucificado mantenía una actitud mayestática, pese a la desesperación descrita en los Evangelios («Padre, ¿por qué me has abandonado?»), siendo la escena apenas sangrienta, si es que lo era en absoluto. Ocasionalmente se lo pintaba vistiendo túnicas propias de un rey, aunque no era lo más habitual, y debió de resultar poco verosímil incluso para los cristianos de aquella época, ya que no había pasado tanto tiempo como para que la sociedad romana olvidase que los crucificados siempre habían sido ejecutados en completa desnudez. Así pues, era habitual representar a un Jesús casi desnudo, aunque con un paño en la cintura por cuestiones de pudor (aunque en futuras pinturas medievales que describían su bautismo sí aparecería completamente desnudo).

En cualquier caso, y exceptuando los periodos iconoclastas, la imaginería religiosa de origen pagano se había establecido ya como un ingrediente fundamental del cristianismo, como tantas otras cosas que no procedían de las fuentes judías o evangélicas. Esto no resulta sorprendente; lo mismo había hecho la antigua religión romana durante siglos. El cristianismo, sin embargo, empezó a mostrar una mayor tendencia a absorber el contenido mientras proscribía los continentes. Un buen ejemplo lo constituyó la Academia de Atenas, una de las instituciones culturales más importantes de la antigüedad. Había sido inaugurada nada menos que porPlatón, uno de los filósofos que más influyeron en el cristianismo. Durante novecientos años había funcionado de manera ininterrumpida, con la aureola de magnificencia intelectual que podemos suponerle. Pero nada de eso impidió que fuese clausurada por el emperador bizantino Justiniano en el siglo VI. ¿El motivo? La Academia, aferrada a su propia tradición, continuaba siendo pagana.

Crucifixión en una iglesia de Georgia, siglo XII.

La representación del sufrimiento

Tras la caída del Imperio romano occidental, el cristianismo hubo de hacer frente a varios sucesos, unos más traumáticos que otros. Las invasiones germánicas cambiaron la faz política de Europa occidental, pero en lo religioso terminaron aumentando el poder eclesiástico, ya que los bárbaros eran fácilmente convertidos. No sucedía lo mismo con los árabes que invadieron España. Aunque su avance fue detenido en Francia, hicieron incursiones en regiones de Italia, colonizando también algunas de ellas. La Iglesia no podía dejar de considerar a estos nuevos invasores una terrible amenaza porque, al contrario que los bárbaros, no se dejaban convertir. Por otra parte, la Iglesia se dividió en el año 1054, cuando las tensiones entre jerarcas religiosos de occidente y oriente condujeron al primer gran cisma del cristianismo europeo.

Eran estos grandes acontecimientos sin duda, pero aun así, durante algunos siglos, el arte cristiano tuvo poco motivo para cambiar. Seguía reflejando a un Jesucristo como emperador de una Iglesia (o dos, tras el cisma) que aspiraba al poder mundano tanto como a la gestión de lo divino. El Jesús de la pintura se hizo cada vez más homogéneo: la barba y el cabello largo prevalecieron, decayendo la costumbre de representarlo como a un romano. La mayestática presencia de los pantocrátores seguía siendo la norma. Como toda novedad, sobre todo en occidente, empezaron a verse imágenes de un Cristo con ojos claros e incluso, a veces, el cabello rubio. Esto, claro está, respondía al nuevo predominio de los pueblos bárbaros del norte.

El cambio, no obstante, tenía que llegar, aunque fuese de forma gradual. Los europeos de la mitad occidental ya no recordaban lo que era ser ciudadanos de una superpotencia global que había tenido instituciones civiles tan sólidas e infraestructuras tan espectaculares como para unir bajo un solo gobierno a pueblos de tres continentes. El feudalismo, la atomización de la Europa occidental en señoríos dispersos, convirtió el Imperio romano en un vago recuerdo. Las antiguas vías romanas, aquella asombrosa red de comunicaciones que no tendría parangón durante muchos siglos, quedaron abandonadas y sin uso.

Crucifixión anónima del siglo XV. (IImagen: DP)

El mundo de los cristianos occidentales se hizo más pequeño. Ahora apenas veían más allá de la aldea o la comarca. Esto, por una parte, hizo que la Iglesia aspirase más que nunca a hacerse con el poder mundano, ya que los nuevos reinos o imperios rara vez tenían gran poder, y de tenerlo, rara vez duraban en el tiempo. Solamente la Iglesia permanecía. De forma paradójica, en las pequeñas comunidades feudales se hizo más cercana al pueblo, aunque no siempre para bien. A partir de los siglos XII y XIII, una parte de la Iglesia entendió que se necesitaba un cambio de mensaje, que se produjo sobre todo a través de la actitud de algunas órdenes monásticas, pero también, aunque de manera todavía tímida, en el arte. Algunos Cristos crucificados empezaron a mostrar signos de sufrimiento y eran pintados con la cabeza gacha, el cuerpo flácido, y una actitud que denotaba agotamiento, dolor o incluso la inconsciencia de la muerte física. La cruz dejó de parecer un icono suntuoso, volviendo a ser un simple madero, y los personajes que rodeaban a Jesús —su madre, María Magdalena, etc.— podían aparecer desconsolados. La influencia gótica, sobre todo, contrastaba con la ortodoxia bizantina. Pero esta humanización de Jesús aún no era completa y se iba a necesitar todo un siglo de tribulaciones para cambiar la dirección.

El siglo XIV sacudió Europa con calamidades terribles: hambrunas, guerras y la apocalíptica peste bubónica. La visión pictórica de Jesús terminaría reflejando estos sucesos. Empezaron a abundar imágenes como el Ecce Homo, el Jesús torturado y vilipendiado por los soldados romanos, o escenas de la Pasión cada vez más centradas en el sufrimiento de las últimas horas de su vida. En no pocas ocasiones las crucifixiones mostraban sangre y heridas de forma bastante explícita. Las autoridades católicas y ortodoxas conocían bien la importancia del arte como manera de comunicarse con una base social mayoritariamente analfabeta, y desconocedora del latín, lengua en la que todavía se oficiaban las ceremonias cristianas o se transcribían las Escrituras. Lo que se viese en las pinturas y esculturas era lo que los cristianos de a pie iban a entender sobre su religión.

En una Europa como la del siglo XIV, azotada por la más tenebrosa de las épocas que haya vivido el continente, había que mandar un claro mensaje de compasión. Jesús ya no podía ser solamente un emperador inaccesible, sino también el Dios encarnado que decidió sufrir en su propio cuerpo los padecimientos que ahora sufrían los cristianos. Había que darle protagonismo a la pasión y muerte de Jesucristo. Ahora se lo podía ver sangrando, vestido con maltrechos paños y llevando la corona de espinas que, como burla, le habían puesto los soldados romanos. Esto era fundamental para que los cristianos aceptasen y, si podían, entendiesen la terrorífica ola de calamidades que asolaba el continente, sin terminar cayendo en la apostasía. La Iglesia estaba diciendo: vosotros sufrís, pero Cristo sufrió y sufre con vosotros. El frío y distante Pantocrátor no podía servir ya en una Europa que había experimentado la peste negra.

A grandes rasgos, y con la evolución hacia el arte barroco, esto terminaba de perfilar la imagen artística de Jesús como la concebimos hoy. El resultado de todo este proceso histórico nos dejó un Jesús de raza blanca, piel clara, cabello largo castaño… nada que encaje con un judío del siglo I. A veces lo vemos vestido con harapos y clavado a una cruz con expresión de dolor y desesperación, cuando no muerto en brazos de su madre, como culminación de la tradición artística occidental. Y a veces, como herencia de la tradición bizantina, lo vemos espiritual, mirándonos con serenidad y haciendo un gesto de enseñanza o de bendición. Solamente en tiempos recientes, cuando vivimos en una sociedad más globalizada donde ha ganado cierto peso el concepto de globalidad cultural, nos hemos atrevido a representar (más como hipótesis que en el arte propiamente dicho) a un Jesús semita de piel oscura.

Por E. J Rodríguez

Publicado originalmente en jotdown.es

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