Pornucopia o de la ciencia del porno

No recuerdo qué edad tenía cuando me encontré por primera vez con la pornografía, pero debió ser alrededor de los diez años –en mi memoria, el episodio se confunde con el ruido que hacía la conexión telefónica de AOL–. Fue algo relativamente benigno –el primer plano de unos genitales– y no fue una gran conmoción. Crecí en una familia no muy dada a edulcorar las realidades de la condición humana, así que ya sabía qué esperar. Pero, ¿cómo habría sido si yo hubiera crecido una década más tarde, cuando el internet ya hubiera superado las salas de chat de la vieja guardia para convertirse en el ubicuo coloso que es hoy en día? Sin duda, mi recuerdo sería diferente.

“El consumo generalizado de porno en internet es uno de los experimentos globales de más rápida transformación que se hayan llevado a cabo de manera involuntaria”, expuso el estadounidense Gary Wilson, escritor de temas científicos, ante una audiencia de TEDX, en 2012. Por primera vez, explicó, podemos monitorear cómo la creciente exposición a la pornografía afecta nuestras prácticas sexuales, apetitos y tendencias. Wilson –que no es científico ni profesor– es el fundador de Your Brain On Porn, una página web que difunde investigación antipornografía. Durante su charla, reiteró la conclusión principal de su página: cuando disponemos de pornografía gratis a un clic de distancia, el circuito de recompensas de nuestro cerebro entra en un frenesí debido a lo que Wilson denomina “versiones extremas de eventos naturales”. Ahora tenemos, en lugar de una o dos posibles parejas sexuales, docenas, cientos, todas disponibles de inmediato. Como en cualquier adicción, continúa Wilson, el resultado es la insensibilización ante el placer, desde desinterés por las mujeres de carne y hueso hasta la disfunción eréctil. La omnipresente pornografía marchita la sexualidad natural.

La charla de Wilson ha tenido cerca de 4,6 millones de visitas y su popularidad vaticina un nuevo movimiento contra el consumo de pornografía: NoFap. (“Fap” viene del manga japonés, usado como “efecto de sonido” para el acto de masturbarse.) NoFap es un distanciamiento de la masturbación, y de la pornografía que con tanta frecuencia es su telón de fondo. Su fundamento es cercano a los argumentos de Wilson: el bombardeo constante con estímulos sexuales de alta intensidad socava tu virilidad; tu habilidad para entrar en contacto con seres sexuales reales colapsa, te aíslas –después de todo, ver porno es una ocupación solitaria– y tu bienestar emocional cae en picada. Abstente de esos estímulos, y de responder a ellos, y te verás rejuvenecido, en un nuevo despertar de tus poderes sexuales, con tu equilibrio emocional restablecido y tu felicidad en ascenso. Cuando se lanzó la charla de Wilson, los autodenominados “fapstronautas” eran unos 7.000 adeptos. Hoy, son más de 150.000.

Los argumentos de NoFap y Your Brain On Porn son la última versión de un crítico y popular refrán: la pornografía, por una razón u otra, te hace daño. La crítica más tradicional afirma que es inherente a la pornografía degradar a la mujer, o a quienquiera que sea el objeto de la actividad sexual; promueve expectativas poco realistas sobre el sexo; también disminuye la calidad de las relaciones reales y las imágenes de sí mismos de los involucrados, mientras que incrementa acciones e inclinaciones sexuales negativas. Quienes ven pornografía comparan a los humanos de verdad con las imágenes fantásticas y, una de dos, terminan decepcionados y reacios a tener sexo real o, peor aún, les exigen a sus parejas el tipo de comportamientos que ven en pantalla, sin importar la verdadera atracción que sientan por ellas. En 2007, una encuesta del Pew Research Center cuantificó esta percepción y encontró que el 70% de los estadounidenses opinan que la pornografía es nociva.

¿Tienen sustento estas críticas? Nos encantaría saberlo. Es bastante difícil obtener datos confiables sobre la pornografía: muchas personas disimulan sus propios hábitos y gran parte de las compañías productoras de porno se rehúsan a compartir sus estadísticas de audiencia. Pero de acuerdo a la investigación de Chyng Sun, profesora de estudios en medios de comunicación de la Universidad de Nueva York, las cifras son altas y van en aumento. Sun estima que la pornografía representa un 36% del contenido y una de cada cuatro búsquedas en internet; solo en Estados Unidos hay cerca de 40 millones de consumidores regulares, y el número aumenta; y alrededor del mundo, en cualquier momento, 1,7 millones de usuarios están viendo porno online. De los casi 500 hombres que Sun entrevistó solo el 1% no había visto pornografía, y la mitad había visto su primera película porno antes de cumplir los trece años. Cindy Gallop, fundadora del sitio web Make Love Not Porn, me dijo hace poco que en los últimos seis meses la edad promedio en la que los niños son expuestos a la pornografía disminuyó de los ocho a los seis años. No se trata de búsquedas deliberadas. La pornografía online está en todas partes y es más difícil que nunca no toparse con ella.

Los efectos reales de la pornografía sobre el comportamiento, la actitud, la vida y las relaciones afectivas son difíciles de estudiar, y por muchos años la mayor parte de la información estadística se ha limitado a ser correlacional y anecdótica. Pero desde el principio los indicios sugieren que quienes se oponen en voz alta a la difusión de pornografía se basan más en motivos sentimentales que en pruebas tangibles.

En 1969, Dinamarca se convirtió en el primer país en legalizar la pornografía. En los años siguientes, los observadores esperaron con interés e inquietud lo que le sucedería a la sociedad danesa. Y, como se sabe, no le pasó nada, o mejor, nada negativo. Berl Kutchinsky, criminólogo de la Universidad de Copenhague, dedicó su carrera a estudiar los efectos públicos de la pornografía. Analizó información estadística durante los veinte años que siguieron a la legislación mencionada, y en 1991 descubrió que las tasas de agresión sexual en realidad se habían reducido. El porno proliferaba pero el ambiente sexual parecía ir mejorando. Lo mismo ocurría en Suecia y Alemania Occidental, que imitaron la iniciativa danesa.

Kutchinsky concluyó que la información disponible a nivel nacional “parecería descartar, más allá de toda duda razonable, que la disponibilidad [de pornografía] haya tenido algún efecto negativo relacionado con un incremento de la violencia sexual… el hecho más notable es que esta ha disminuido”, una conclusión que desde entonces ha tenido eco en numerosos estudios basados en información nacional de Estados de América del Norte, Sudamérica, Asia y Europa. En todo caso, señala Kutchinsky, la pornografía era usada como se pretendía inicialmente: como la expresión de una cierta fantasía.

Cuando se trata del porno, ir más allá de la evidencia correlacional puede ser complicado. “A la ciencia le asustan de tal forma la pornografía y la sexualidad, y es tal su prejuicio en contra de ellas, que es mucho el trabajo que no se ha hecho”, me dijo recientemente Nicole Prause, cabeza del Laboratorio de Neurociencia Afectiva y Psicofisiología Sexual de la Universidad de California, en Los Ángeles. “La mayor parte de la información con que contamos no es experimental ni longitudinal. Está centrada en asociaciones y correlación entre variables, pero la bibliografía es particularmente deficiente porque nadie experimenta, nadie demuestra causa y efecto, y necesitamos que eso cambie”.

Prause cayó en el tema del sexo por accidente: se fue a Indiana junto a su pareja y de repente se encontró viviendo al lado del Instituto Kinsey, que casualmente tenía una plaza para un investigador. Al poco tiempo, estaba adentro. Prause se ha convertido en una de las pocas investigadoras en Estados Unidos que aborda la pornografía dentro de un laboratorio; como especialista en neurociencia, enfoca la mayor parte de sus esfuerzos en el cerebro. Usando imágenes por resonancia magnética, tomografías y electroencefalogramas, Prause evalúa cómo reaccionamos a la pornografía, y cómo esa respuesta se traduce en diferentes actitudes y comportamientos. Ha descubierto que, en muchos sentidos, el porno no es distinto a una película de miedo o a un salto en bungee; solo lo diferenciamos porque tiene que ver con sexo. “Existe la idea generalizada de que el porno causa algo especial o único en el cerebro. Pero, francamente, no parece muy diferente de otras recompensas”, dice. “Muchas otras cosas son iguales de fuertes. Por ejemplo, para alguien con un bajo impulso sexual mirar porno provoca una respuesta con la misma intensidad que comer chocolates, y en las mismas áreas del cerebro”.

Incluso, no parece cierto que las personas se vuelvan insensibles ante la pornografía, en el sentido de necesitar contenido más extremo a medida que ven más porno. Recientemente, cuando Prause y el psicólogo James Pfaus, de la Universidad Concordia en Quebec, midieron la excitación sexual en 280 hombres, encontraron que en realidad ver más pornografía incrementaba la excitación ante material menos explícito, al tiempo que elevaba el deseo de tener sexo con una pareja. En otras palabras, no los hacía menos sino más receptivos a señales “normales”, lo mismo que más, no menos, deseosos de sostener relaciones físicas reales. En una publicación de 2014, Prause asoció la adicción a la pornografía –la noción de que, como una droga, entre más ves, más y en mayores dosis vas a necesitarla– con “El traje nuevo del emperador”, aquel cuento popular de Andersen: todos dicen que existe, pero nadie tiene evidencia real para demostrarlo.

 

 

Prause también estudió más de cerca la cuestión de la satisfacción dentro de una relación. ¿Acaso mirar pornografía tiene algún impacto negativo en la calidad de la intimidad sexual? En 2003, en una investigación junto a Cameron Staley, psicóloga de la Universidad Estatal de Idaho, les pidieron a 44 parejas monógamas que miraran porno juntos e individualmente, para evaluar cómo eso afectaría su relación. Después de cada sesión los voluntarios informaban sobre su excitación, satisfacción sexual, percepción de sí mismos, y acerca del atractivo y conducta sexual de su pareja. Prause y Staley descubrieron que ver pornografía, ya fuera solo o acompañado, incrementaba el deseo de estar con la pareja. La pornografía también aumentaba la estimación del propio desempeño sexual.

Aproximaciones experimentales, como la de Prause, han comenzado a multiplicarse en la última década y sus conclusiones, en la mayoría de los casos, hacen dudar sobre el supuesto impacto perjudicial de la pornografía, que alega la sabiduría popular. En 2002, como parte de la encuesta conducida por la Unidad Multidisciplinaria para la Salud de los Adolescentes de Suiza [umsa, por sus siglas en francés], más de 7.500 jóvenes entre 16 y 20 años fueron interrogados sobre su exposición a la pornografía en internet (alrededor de tres cuartas partes de los varones y un 36% de las mujeres habían visto porno en el último mes), para luego evaluar una serie de comportamientos y actitudes. Los investigadores no encontraron ninguna relación causal entre ver contenido explícito y la aparición de conductas sexuales peligrosas. Así lo mostró en 2012 una compilación de estudios cuyos autores han venido observando desde 2005 los efectos del porno en las inclinaciones y el desarrollo social de los adolescentes. Los autores del Sexual Addiction and Compulsivity Journal concluyeron que la creencia popular según la cual la pornografía conduce a suposiciones poco realistas acerca del sexo, a comportamientos más laxos y a una mayor disposición a experimentar, no se ve replicada de forma empírica. Concluyeron también  que “la bibliografía agregada no alcanza a evidenciar resultados concluyentes”.

Lo mismo con respecto a conductas sexuales violentas o actitudes negativas en contra de las mujeres. En una serie de experimentos conducidos por el sexólogo Milton Diamond, de la Universidad de Hawái, se halló que mirar pornografía no hacía más violentos a los hombres o más propensos a desarrollar peores actitudes hacia las mujeres. En 2013, en un estudio realizado en Holanda con 4.500 jóvenes entre 15 y 25 años, el psicólogo Gert Martin Hald analizó si el uso de pornografía tenía algún efecto sobre una amplia variedad de comportamientos sexuales, como proclividad a aventuras sexuales (tríos, parejas del mismo género para heterosexuales declarados, sexo con alguien conocido en la red, etc.), prácticas de pareja (relaciones de una noche, edad de la primera experiencia, número de parejas, etc.) y sexo transaccional (dar o recibir dinero u otra cosa a cambio de sexo). Encontró que la frecuencia del consumo de pornografía sí tenía un impacto, pero una vez que se ejercía el control de otras variables, como los factores sociodemográficos, la búsqueda de riesgo, y los vínculos sociales, solo justificaba el fenómeno de un 0,3% a un 4%. No debemos desestimar su efecto, dice Hald, sino más bien apreciarlo en su contexto: es uno entre muchos factores, cada uno de los cuales contribuye al comportamiento, pero su influencia no es mayor (y usualmente es menor) que la de los otros elementos que lo predisponen.

En otro estudio a comienzos de 2015, Hald y el psicólogo Neil Malamuth de la ucla indagaron la relación entre actitudes negativas contra las mujeres y el consumo de pornografía. Hallaron que había, en efecto, una conexión, pero solo en aquellos individuos que ya sentían poca simpatía por las mujeres. Tales resultados no fueron una sorpresa: ya en 2012, junto con la psicóloga clínica Mary Kross de la Universidad de Arizona, habían encontrado que la única ocasión en que el uso de pornografía estaba asociado a actitudes que significaran cualquier forma de violencia contra la mujer era en hombres con un alto riesgo de cometer violencia sexual. Al sintetizar la información que precedió su trabajo, escribieron que los efectos negativos “son evidentes solo en un subgrupo de usuarios masculinos, concretamente aquellos ya predispuestos a la violencia sexual”. En otras palabras, las conductas negativas que atribuimos a la pornografía podrían haber surgido de cualquier forma; el porno es, tal vez, más un síntoma que una causa.

Este es un discurso que las nuevas investigaciones apoyan cada vez más. A comienzos de este año, un grupo de la Universidad Libre de Ámsterdam intentó desambiguar causa y efecto en torno a la insatisfacción en una relación: ¿acaso el consumo frecuente de pornografía hacía que las personas se distanciaran, o este era apenas el resultado de un distanciamiento previo? Durante tres años, la psicóloga Linda Musses y sus colegas siguieron de cerca a 200 parejas recién casadas, como parte de un estudio más amplio sobre matrimonio y bienestar. A intervalos regulares, ambos miembros de cada pareja eran cuestionados sobre el uso de “material explícito de internet”, así como sobre la felicidad con su relación y su satisfacción sexual. Descubrieron que entre más satisfechos estuvieran los hombres con su relación, menos pornografía miraban. A la inversa, un mayor consumo predecía menor satisfacción el próximo año. Un círculo vicioso: engánchate con una buena y, mientras estés satisfecho con tu relación, el porno no será problema. Pero pierde esa satisfacción, mira más y más porno, y date cuenta de cómo tu relación se cae a pedazos.

Musses y sus colegas también notaron que un alto nivel en el uso de pornografía al inicio de una relación no predecía una menor satisfacción sexual en el futuro, ni para hombres ni para mujeres: “Nuestros hallazgos sugieren que es improbable que el material sexual explícito de internet haga que los esposos contrasten su experiencia sexual y el atractivo de su pareja con sus experiencias con el mencionado material, con efectos a largo plazo”.

¿Entonces por qué persiste la escisión entre teoría, opinión y percepción social, de un lado, e investigación empírica, del otro? Parte del problema surge de la dificultad de decir con exactitud qué se entiende por pornografía. A medida que me interno con más profundidad en el mundo de la pornografía (online o no), hablando con productores, espectadores, distribuidores y protagonistas, me doy cuenta de lo desubicada que estaba la mismísima premisa de mi aproximación: no hay una “pornografía” monolítica, tal como no hay una “película de Hollywood” tallada en piedra. Cuando vamos al cine hay dramas, películas de horror, de risa, de ciencia ficción, thrillers y comedias románticas. Películas para cada estado de ánimo, cada gusto y cada ocasión. El estilo y efecto de cada una es diferente. No salimos de ver Selma con la misma impresión que produce verCuando Harry encontró a Sally. Pero, pese a que ello está implícito en nuestro entendimiento del cine, no vemos la pornografía con el mismo grado de matices. “Sesgadamente, elegimos los peores ejemplos, los más agresivos”, afirma la investigadora de medios Chyng Sun.

Una y otra vez escuché la misma sentencia por parte de cada investigador o miembro de la industria del porno con quienes hablé: la pornografía es al sexo lo que Hollywood es a la vida real. La pornografía es fantasía, pura y simple. Y justamente como la fantasía, puede ser canalizada en cualquier dirección. Existen fantasías malas –los “peores y más agresivos ejemplos” a los que Sun se refiere– así como las hay buenas, muestras de pornografía que serían aprobadas por cualquier cónclave feminista, tanto en términos de calidad como de estándares éticos en su producción. Como dice Coyote Amrich de Good Vibrations, una tienda minorista de San Francisco, y de las más antiguas del país: “Así como no todos en el mundo de las finanzas son Bernie Madoff, no todos los involucrados en el porno son personas terribles. Muchos son personas realmente grandiosas y han posibilitado contenidos increíbles, han sido un apoyo para actores y actrices, y le han ayudado a mucha gente a hacer excelentes carreras”.

Esta pequeña descripción constituye la esencia de lo que hace de la pornografía la clase de fantasía sobre la que podemos sentirnos bien, versus aquella que deberíamos atacar activamente. No es una cuestión de contenidos sino más bien un asunto ético en que el criterio principal debe ser el tratamiento que reciben los actores. “¿Lo están disfrutando estas mujeres, sienten un auténtico placer? ¿Las otras personas en escena no dicen cosas denigrantes (y si lo hacen está claro que es consentido, ‘sí, quiero que me llames puta, así que dime puta’)?”, explica Amrich. Poco importa qué actos están llevando a cabo, o cómo lo hacen; no deberíamos apresurarnos a rechazar algo solo porque nosotros, personalmente, consideremos que nadie podría disfrutarlo. Lo que importa es que las personas que realizan tales actos sí los disfruten. Como dice Jamie Martin, quien antes trabajó con Amrich en Good Vibrations: “Si no lastima a nadie, y alguien va tener un orgasmo con ello, ¿por qué no?”.

Amrich se niega a ofrecer películas donde no esté completamente claro si se da un tratamiento digno a los actores, una postura que presencié en muchos distribuidores, en minoristas y consumidores. Son cada vez más quienes insisten en que el producto que presentan en sus webs o que ofrecen a sus compradores viene de un lugar donde el consentimiento es explícito. No todo el porno se hace de la misma manera. “Tenemos que dejar atrás la noción de la actriz como una víctima. Es anticuada”, dice Amrich. “No reconoce el poder femenino, su placer, la mujer que toma el control de su sexualidad. Solo perpetúa la idea de que si una mujer es sexual es porque se están aprovechando de ella”. Jiz Lee, reconocido como uno de los más importantes artistas intergénero contemporáneos, ha estado en la industria por más de diez años, y manifiesta que la pornografía ética es una prioridad. El sello distintivo de esta clase de porno es que le cuesta algo al consumidor. “Cuando pagas por él, está garantizado”, me dijo Lee, tomándose un descanso de la escena que grababa con la directora Shine Louise Houston. “De otra forma es difícil decir si fue grabado éticamente. Pagar ayuda a asegurarlo, y ayuda a la compañía a cumplir con todos los requisitos”. Actualmente, internet no solo sirve como medio de distribución; es una forma de evaluar la calidad de los sitios web y de poner en la lista negra a aquellos que no cumplen con los estándares. “No trabajaría para una compañía explotadora o que tiene un historial dudoso”, dice Lee. “Y además correría la voz”.

La pornografía ética está pasando a ser algo cada vez menos excepcional. La industria pornográfica de hoy está a años luz de las productoras de entretenimiento para adultos del “Valle de San Pornardo” de los años noventa. Hay más mujeres a las riendas, normas robustecidas, y una mayor rendición de cuentas.

Pero sin importar lo que digan en el gremio de la pornografía, los consumidores, en especial los más jóvenes, que crecen con un internet omnipresente, tienen un punto de vista distinto. A diferencia de Hollywood, donde para todos es claro que asisten a una idealización de la realidad, en el caso de la pornografía a menudo se carece de tal discernimiento. Y esto por una simple razón: ya sea de niños, adolescentes o adultos, el placer sexual no es algo de lo que se hable. Es un tabú, un espacio rebosante de culpa. Ante la ausencia de otros puntos de vista, la pornografía se convierte en un método de facto para educarse a sí mismo sobre la sexualidad. Como lo expresó un adolescente durante un estudio sobre juventudes negras e hispánicas de bajos ingresos, conducido por Emily Rothman: “Sin el porno no sabría ni la mitad de cosas que sé ahora”.

Hace poco la sexóloga Alice Dreger, de la Universidad Northwestern de Chicago, tuiteaba desde una clase de educación sexual de bachillerato –la de su propio hijo–. Pronto quedó claro que la aproximación del profesor se basaba en una absoluta evasión de cualquier tema que no fuera la abstinencia; cualquier intento por ampliar la conversación se chocaba contra un muro. Y ahí yace el problema. Consideramos la pornografía como una fuerza perjudicial para la sociedad, pero no hay nada inherentemente destructivo en ella. Pasa a ser tal cuando se convierte en un manual de aprendizaje, lo único a lo que los adolescentes tienen acceso al descubrir el sexo. Esto no es en sí mismo un problema causado por la pornografía, sino por la ausencia de otro manual que contextualice el porno como algo fantástico, no como un modelo de la vida real.

La forma de cambiar lo anterior –y los efectos negativos generados por las interpretaciones erróneas– no es restringir o prohibir la pornografía, sino traer la discusión sobre el placer sexual al primer plano, especialmente en las aulas. “Tenemos que suplir la pornografía con otro tipo de educación sexual, para que así el porno se convierta en sexo de fantasía y no en un patrón con el que se mide la realidad”, me dijo Zhana Vrangalova, psicóloga especializada en sexualidad de la Universidad de Nueva York. “Debemos permitir que las personas disfruten del sexo. Hasta que no lo hagamos, recurrirán al porno. No puedes eliminar su curiosidad”.

Actualmente, hay movimientos que tratan de hacer justamente eso. Jessica Cooper colabora en la dirección de ScrewSmart, una organización cooperativa de Filadelfia enfocada en educación sexual, cuyo objetivo es abrir el diálogo sobre el placer sexual. El grupo se reúne con estudiantes, organiza talleres, discute sobre la pornografía y su rol de forma abierta y honesta. “En general, uno de los problemas más grandes de la sexualidad es la necesidad de autorización”, me dijo Cooper. “Las personas quieren que se les dé permiso para que les guste lo que les gusta, para que deseen lo que desean. Nosotros les permitimos responder afirmativamente. Tus deseos son válidos, la sexualidad es importante, lo que quieres hacer no está mal. El porno logra eso, especialmente en el caso de las mujeres, que necesitan decirse a sí mismas: ‘No soy una criatura enferma y malvada por disfrutar esto’ ”.

Otros proyectos se dirigen incluso a niños pequeños –un paso muy importante dada la exposición cada vez más temprana a la pornografía, que de otra forma sería absorbida sin explicación alguna–. Line Jansrud, presentadora de Newton, un show educacional de la televisión estatal noruega, se hace un chupón a sí misma con una aspiradora, besa un tomate y usa un dildo lubricado en una muñeca anatómicamente correcta. Jansrud quiere explicar cómo funciona el sexo real, para que niños y adolescentes puedan distinguir entre Hollywood y la vida real. La audiencia a la que se dirige: niños de tercero de primaria.

Los efectos de este cambio social van más allá de la educación sexual en sí misma. “Nos perdemos de los importantes efectos terapéuticos del arte erótico a causa de tabúes”, dice Prause. “Los estados de excitación y los orgasmos hacen cosas maravillosas por el cuerpo y el cerebro”. El arte erótico puede ser, para algunas mujeres, aquel mítico Viagra perdido hace tanto tiempo, una forma de empoderarse y “ajustar su cerebro a esa función, permitiéndole hacer lo que fue programado para hacer”. Ciertamente existe tal anhelo, pese a que poco se habla de ello en circunstancias normales: cuando el grupo de Prause publicó un anuncio buscando participantes para uno de sus estudios más recientes, la respuesta provocó el colapso de su línea telefónica, y tuvieron que hacerlo todo en persona. También existe evidencia de que los efectos del porno en la sociedad van más allá del individuo: la pornografía ha dado muestras de aumentar la aceptación de la homosexualidad, de los métodos anticonceptivos y las relaciones extramaritales.

Y el porno tiene el potencial para llegar aún más lejos. A Sun no le gusta la pornografía. Bueno, más bien lo que no le gusta son las normas y estándares sociales que llevaron, en un principio, a la creación de ciertos estereotipos. Tal cosa no es producto de la pornografía sino el reflejo de la dirección general que ha tomado la sociedad. “Vivimos en un patriarcado, donde las mujeres son cosificadas. No debería sorprendernos que en el porno pase lo mismo”.

No debería preocuparnos la cuestión de si la pornografía tiene consecuencias negativas para la sociedad. Lo que sí debería preocuparnos es el tipo de sociedad que conduce a la clase de pornografía que encontramos ofensiva y desagradable, y concentrarnos en trabajar para arreglar esa sociedad, en lugar de endilgarle la culpa a su inevitable resultado.

Por Maria Konnikova

Traducido por Karim Ganem Maloof para elmalpensante.com

Puede conocer algunas de las columnas de la autora en newyorker.com

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