Ziggy Stardust: Misión completa

Por: Alejandro González Castillo

Es probablemente mucho lo que se ha escrito, hablado y dicho sobre David Bowie, quien fácilmente puede ser (yo personalmente lo considero así) el artista en solo más importante e influyente del siglo XX. Seguramente nada de lo que usted pueda leer en este modesto artículo es algo que no haya escuchado o leído antes sobre el Duque Blanco, sin embargo, puede que se identifique gratamente, se sorprenda con gusto o se llene de asco con mi experiencia personal descubriendo a quien sigue siendo uno de los personajes más enigmáticos en el mundo del arte contemporáneo.

Nile Rodgers siempre se refirió a Bowie como “el Picasso de la música”, una afirmación con la que estoy completamente de acuerdo, no sólo porque sus creaciones estén llenas de creatividad y sofisticadas deformaciones sino porque revolucionaron la música como la conocemos logrando así crear un mundo de infinitas posibilidades que le abrieron el camino a innumerables artistas, dándoles licencia para hacer, literalmente, lo que les viniera en gana. (Este sería buen momento para que ambiente su lectura con el tema “Pablo Picasso” incluido en el álbum Reality del año 2003).

Recuerdo haber oído por primera vez sobre David Bowie en la secundaria, más o menos en sexto grado. Para esa época, en el año 2002, salió a la venta lo que se conoció popularmente entre los jóvenes como “el álbum negro” de Nirvana.

Aclamado por la gran mayoría de mis compañeros de curso y altamente comentado con nuestros profesores de inglés, el compilado de grandes éxitos de la popular banda de los 90 sirvió como puerta de entrada al maravilloso y mágico mundo de Bowie.

Durante una de las muchas sesiones grupales donde nos metíamos a un salón con una grabadora Philips a poner el disco en clase de inglés, uno de los participantes sugirió que saltáramos de una vez a “The Man Who Sold the World”, su tema favorito dentro del compilado. Nadie se opuso a la sugerencia y el tema sonó. Diana Mariño, la profe, al escuchar la canción nos aclaró con vehemencia que aunque la versión de Nirvana es sin duda muy buena, debíamos escuchar la versión original de David Bowie.

Hubo algunas caras de desconcierto al descubrir que la canción no era original de los grungeros, y así muchos quedamos con la curiosidad de saber quién era el tal David Bowie. Al día siguiente todos llegamos a hablar de la versión original de la canción que tanto nos gustaba del álbum negro, sin embargo, nuestra obsesión del momento con Nirvana no dio para indagar más sobre el gran artista británico, pero no puedo negar que la versión de Bowie me gustó, y mucho.

Durante muchos años Bowie para mí fue sólo eso, el tipo que escribió “The Man Who Sold the World”, hasta que por una de esas gratas casualidades de la vida, Vh1 (el que pudo ser en esa época el canal de televisión con la fijación más extraña en todo lo que tenía que ver con la década de los 80) presentó el vídeo clip del clásico tema ochentero “Let’s Dance”. Sobra decir que amé la canción y que fue ese el momento en el que quise saber en verdad quién carajos era ese señor, dueño de semejante track.

Palabras más, palabras menos, luego de escuchar todo el disco editado originalmente en 1983 ya me había enamorado perdidamente de Bowie. Y el resto es historia, como muchos de ustedes podrán imaginarse. Luego fue Ziggy Stardust, luego Hunky Dory, luego Aladdin Sane, y disco tras disco, canción tras canción: el enigma se volvía más y más grande.

Al día de hoy Bowie para mí sigue siendo eso, un enigma sin resolver. Un alienígena que vino a liberar el mundo a través de la música y que se encargó de dirigir nuestra mirada hacia el infinito. Ciertamente, su revolucionaria música, su camaleónica e inusual apariencia y su electrizante voz son una fuente de inspiración de la cual muchos de nosotros hemos bebido insaciablemente durante años y años.

Lo maravillosamente extraño de esto es que la fuente no parece agotarse jamás. Con David Bowie siempre hay algo más que detallar, siempre hay algo más para descubrir. Entrar al vasto mundo artístico diseñado por David Bowie es como centrar la mirada en un caleidoscopio de colores y formas infinitas que se expanden hasta llegar a los lugares más remotos e insospechados del universo. La misión está completa, pero el viaje continúa.

Imagen por  doll journal. 

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