El principito y la rosa

6 de abril de 1943, la segunda guerra mundial sigue su curso y  la editorial estadounidense Reynal & Hitchcock publica por primera vez ‘El principito’ del escritor y aviador francés  Antoine de Saint-Exupéry. Hoy y tras 73 años de aquel suceso hacemos un homenaje a la que es sin duda una de las obras más importantes de la literatura universal del siglo XX.

VII

El quinto día, siempre gracias al cordero, me fue revelado este secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente, sin preámbulo, como resultado de un problema meditado largo tiempo en silencio:

– Un cordero, si come arbustos, come también flores ?

– Un cordero come todo lo que encuentra.

– Hasta las flores que tienen espinas ?

– Sí. Hasta las flores que tienen espinas.

– Entonces las espinas, para qué sirven ?

Yo no lo sabía. Estaba ensimismado intentando desenroscar un bulón demasiado ajustado de mi motor. Estaba muy preocupado porque mi avería empezaba a parecerme muy grave, y el agua potable que se agotaba me hacía temer lo peor.

– Las espinas, para qué sirven ?

El principito no renunciaba nunca a una pregunta, una vez que la había formulado. Yo estaba irritado por mi bulón y respondí cualquier cosa:

– Las espinas no sirven para nada, es pura maldad de las flores !

– Oh!

Pero después de un silencio me largó, con un cierto rencor:

– No te creo ! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se previenen como pueden. Se creen terribles con sus espinas. ..

No respondí nada. En ese momento me decía: “Si este bulón sigue resistiendo, lo haré saltar de un martillazo.” El principito perturbó de nuevo mis reflexiones:

– Y tú crees que las flores…

– Pero no ! Pero no ! No creo nada ! Respondí cualquier cosa. Yo me ocupo de cosas serias !

Me miró estupefacto.

– De cosas serias !

Me veía, con el martillo en la mano y los dedos negros de grasa, inclinado sobre un objeto que le parecía muy feo.

– Hablas como los adultos !

Eso me dio un poco de vergüenza. Pero, implacable, agregó:

– Confundes todo… mezclas todo !

Estaba realmente muy irritado. Agitaba al viento la cabellera dorada:

– Conozco un planeta donde hay un Señor rubicundo. Nunca olió una flor. Nunca miró una estrella. Nunca amó a nadie. Nunca hizo nada más que cuentas. Y todo el día repite como tú: “Soy un hombre serio ! Soy un hombre serio !” y eso lo infla de orgullo. Pero no es un hombre, es un hongo !

– Un qué ?

– Un hongo !

El principito se había puesto todo pálido de rabia.

– Hace millones de años que las flores producen espinas. Hace millones de años que los corderos a pesar de todo se comen las flores. Y no es importante intentar entender por qué ellas se esfuerzan tanto en hacerse espinas que no sirven nunca para nada ? No es importante la guerra de los corderos y las flores ? No es más serio y más importante que las cuentas de un voluminoso Señor colorado ? Y si yo conozco una flor única en el mundo que no existe en ninguna parte salvo en mi planeta, a la que un corderito puede aniquilar de un golpe, así no más, una mañana, sin darse cuenta de lo que hace, eso no es importante !

Enrojeció, luego prosiguió:

Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar en los millones y millones de estrellas, eso basta para que se sienta feliz cuando las mira. Se dice: “Mi flor está allá en algún lado…” Pero si el cordero se come la flor, es para él como si, de golpe, todas las estrellas se apagaran ! Y eso no es importante !

No pudo decir nada más. Estalló bruscamente en sollozos. Había caído la noche. Yo había soltado mis herramientas. Bien me burlaba de mi martillo, de mi bulón, de la sed y de la muerte. Había en una estrella, un planeta, el mío, la Tierra, un principito para consolar ! Lo tomé entre mis brazos y lo mecí. Le decía: “La flor que amas no está en peligro… Dibujaré un bozal para tu cordero… Te dibujaré una coraza para tu flor… Te…” No sabía bien qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo alcanzarlo, dónde encontrarlo… Es tan misterioso el país de las lágrimas.

——–

VIII

Aprendí bien pronto a conocer mejor a esa flor. Siempre había habido en el planeta del principito flores muy simples, adornadas con una sola fila de pétalos, que ocupaban poco lugar y que no molestaban a nadie. Aparecían una mañana en el pasto, y luego se extinguían a la noche. Pero ésta había brotado un día de una semilla traída de no se sabe dónde, y el principito había vigilado muy de cerca esa ramita que no se parecía a las otras ramitas. Podría tratarse de un nuevo tipo de baobab. Pero el arbusto dejó pronto de crecer y comenzó a preparar una flor. El principito, que asistía a la instalación de un capullo enorme, sentía que de allí surgiría una aparición milagrosa, pero la flor no terminaba de prepararse para estar bella, al abrigo de su habitación verde. Elegía con cuidado sus colores. Se vestía lentamente, ajustaba sus pétalos uno por uno. No quería salir toda arrugada como las amapolas. No quería aparecer sino en pleno resplandor de su belleza. Y sí !. Era muy coqueta ! Su aseo misterioso había entonces durado días y días. Y he aquí que una mañana, justo a la hora de la salida del sol, se había mostrado.

Y ella, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

– Ah! acabo de despertarme… Le pido perdón… Estoy todavía toda despeinada…

El principito, entonces, no pudo contener su admiración:

– Qué bella es usted !

– Verdad que sí -respondió dulcemente la flor-. Y nací al mismo tiempo que el sol…

El principito comprendió que no era muy modesta, pero era tan conmovedora !

– Es la hora, creo, del desayuno -había agregado poco después-, tendría la bondad de pensar en mí…

Y el principito, todo turbado, buscando una regadera con agua fresca había atendido a la flor.

Así, ella lo había atormentado en seguida con su vanidad un poco tempestuosa. Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, le dijo al principito:

– Ya pueden venir, los tigres, con sus garras !

– No hay tigres en mi planeta -había objetado el principito-, y además los tigres no comen hierba.

– Yo no soy una hierba-, había respondido suavemente la flor.

– Discúlpeme…

– No temo en absoluto a los tigres, pero tengo horror a las corrientes de aire. No tendría usted una pantalla ?

“Horror a las corrientes de aire… no es muy afortunado, para una planta, había observado el principito. Esta flor es bien complicada…”

– A la noche me pondrá bajo un globo. Hace mucho frío en este lugar. Está mal acondicionado. Allá, de donde vengo…

Pero se interrumpió. Ella había venido en forma de semilla. No había podido conocer nada de otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender preparando una mentira tan ingenua, había tosido dos o tres veces para hacer sentir en falta al principito:

– Y esa pantalla ?…

– Iba a buscarla pero usted me hablaba !

Entonces ella había forzado su tos para infligirle de todos modos remordimientos.

Así el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia, y se volvió muy desdichado.

“Debería no haberla escuchado -me confió un día-, no hay que escuchar nunca a las flores. Hay que mirarlas y olerlas. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no sabía alegrarme con ella. Esa historia de garras, que me había irritado tanto, debería haberme enternecido…”

Me confió todavía:
“No supe entonces entender nada ! Debería haberla juzgado por los actos y no por las palabras. Me perfumaba y me iluminaba. Nunca debería haberme escapado ! Debería haber adivinado su ternura detrás de sus pobres artimañas. Las flores son tan contradictorias ! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.”

—-

IX


Creo que aprovechó, para su evasión, una migración de pájaros salvajes. La mañana de su partida ordenó bien su planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad. Tenía dos volcanes en actividad, lo cual era muy cómodo para calentar el desayuno a la mañana. Tenía también un volcán apagado. Pero, como él decía, “Nunca se sabe !”. Deshollinó entonces también el volcán apagado. Si están bien limpios, los volcanes arden suave y regularmente, sin erupciones. Las erupciones volcánicas son como fuegos de chimenea. Evidentemente en nuestra tierra somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes. Es por eso que nos causan cantidades de problemas.

El principito arrancó también, con un poco de melancolía, los últimos brotes de baobabs. Creía que nunca más iba a volver. Pero aquella mañana, todos esos trabajos familiares le parecieron extremadamente agradables. Y, cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo bajo su globo, descubrió que tenía ganas de llorar.

– Adiós- le dijo a la flor.

Pero ella no le respondió.

– Adiós- repitió.

La flor tosió. Pero no era a causa de su resfrío.

– He sido tonta- le dijo al fin. – Te pido perdón. Procura ser feliz.

Él se sorprendió por la ausencia de reproches. Se quedó ahí desconcertado, con el globo en el aire. No comprendía esa calma dulzura.

– Pero sí, te quiero- le dijo la flor. – No lo supiste, por mi culpa. Eso no tiene ninguna importancia. Pero tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Deja ese globo tranquilo. Ya no lo quiero.

– Pero el viento…

– No estoy tan resfriada…. El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

– Pero los bichos…

– Debo soportar dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. Parece que es hermoso. Si no, quién habrá de visitarme ? Tú estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no les temo. Tengo mis uñas.

Y mostraba cándidamente sus cuatro espinas. Luego agregó:

– No des más vueltas, es irritante. Has decidido partir. Vete.

Porque no quería que la viera llorar. Era una flor tan orgullosa…

—-
Imagen de portada sin fuente.

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s