Prince: alrededor del mundo en un día

“Queridos hermanos,  nos hemos reunido aquí hoy para pasar por esta cosa a la que llamamos “vida”. Palabra eléctrica, la vida. Significa por siempre y eso es sumamente mucho tiempo. Pero estoy aquí para decirles que hay algo más: El más allá. Un mundo de felicidad infinita donde siempre se puede ver el sol, día o noche”

—Prince Rogers Nelson, “Let’s Go Crazy”

Hablar de Prince siempre ha sido algo controversial. Su figura pública, invariablemente reservada pero a la vez extravagante, fue un tema sobre el cual los medios quisieron ahondar incansablemente, sin embargo, para fortuna de él mismo, era precisamente esa la armadura con la que, de la manera más astuta y sagaz,  se había decidido a enfrentar este mundo, de la misma forma en la que lo hacen los superhéroes.  A lo largo de los años y a través de su inmaculada y prístina carrera musical, Prince fue un paladín abanderado de la libertad de expresión, siendo esa la base sobre la que se erigirían sus creaciones artísticas, con las que logró influir categórica y seminalmente en la cultura popular del siglo XX. Se puede afirmar, y con vehemencia absoluta, que la creatividad de Prince era ilimitada. En esa medida es como su trabajo se veía nutrido de una gran cantidad de vertientes, colores y retazos que al final lograban conformar piezas únicas en su género. Prince fue un especialista en eso, en ser único e irrepetible. Él fue un género en, por y para sí mismo, lo cual fue un acertijo para todos nosotros. Es eso lo que en mi más grandes intereses está resaltar.

La autenticidad de un artista es lo que le vale su propio ideario. En ese sentido, la magnitud de su legado es directamente proporcional a la originalidad de sus producciones, que están intrínsecamente valoradas por su grado de innovación. En este caso, cada álbum es la síntesis de su evolución como músico y artista, y en ellos vemos reflejado como se reconstruía el concepto de lo que él representaba para el mundo y el arte. Lo que quiero decir con esto es que la huella que dejó en la historia, es una que difícilmente será ignorada, por la fineza de su corte y la corpulencia de su rastro.

Principalmente, deberíamos contrastar su genialidad con su imaginación. Esto es claramente una fórmula poderosa y un regalo contundente de la existencia, para quien sea que desee llamarse artista. No sólo un virtuoso de la música, era también un visionario, capaz de materializar la más irrealizable de sus utopías. Era a través del lenguaje musical que lograba solazarnos, muchas veces de manera casi inexplicable, con solos de guitarra tan absurdos y desconcertantes que nos hacían reevaluar los límites mismos de la exploración sonora. Sin duda, las notas que Prince lograba descubrir y comunicarnos a través de sus intoxicantes riffs y descomunales solos son un patrimonio de la humanidad y un pináculo de la interpretación musical.

No sólo en la guitarra era un absoluto maestro. Tenemos que recordar también que su talento como multi-instrumentista se puede escuchar impecablemente en varios de sus álbumes, que coincidencialmente sobresalen en la historia de la música como obras maestras, conformando el selecto grupo de los trabajos discográficos más influyentes y mejor realizados dentro del mundo de la música, y en los cuales él mismo se encargaba de la producción e interpretación de cada uno de los instrumentos, junto con la grabación de todas las voces. Son tan solo algunos ejemplos, clásicos como 1999, Purple Rain y Sing O’ The Times, tres placas fundamentales en la extensa discografía de este artista, con las que logró redefinir la música popular y darle un aire más fresco y rozagante a los tradicionales sonidos que lo influenciaron en su juventud, como lo fueron el soul, el funk, el rock n’ roll y el jazz.

En su particular estética, logramos encontrar una infinidad de tendencias que representaban lo mágico e inusual de su música. Prince, característico por su extravagancia y rareza, buscaba escenificar todo aquello que le representaba algo de valor artístico, haciendo uso de su misteriosa pero electrizante personalidad, factores que lo encaminaron a ser una estrella en todo el sentido de lo que la palabra significa.

Dentro de la industria, fue un interrogante que muchos de nosotros hubiésemos querido descifrar. Su apariencia y figura siempre fueron un espejismo andrógino, capaz de levantar cualquier cantidad de cuestionamientos, todos inverosímiles en calidad de lo mágico y resplandeciente de sus múltiples colores, inusuales formas y abundantes matices. De esta manera logró no solamente romper las barreras de lo artístico, si no también cambiar la forma en la que el mundo entero piensa sobre el género y el rol que este debería cumplir en un contexto político, cultural y social. Todo eso, exquisitamente ambientado con música capaz de despertar o desvanecer toda clase de prejuicios morales y éticos. Fue así como se convirtió en un símbolo de lo inesperado, de lo inexplicable, del amor. Un símbolo que él mismo creó para darse nombre y definirse en un mundo lleno de arbitrariedades y reglas que nos tienen sometidos, pero de las cuales él pudo emanciparse.

Como artista, Prince siempre fue la máxima expresión de la libertad y el regocijo. En cuanto algo le representara un límite u obstáculo, él se proponía a desafiarlo hasta hacer de ello algo propio y de lo cual tuviese el control absoluto. Actitud que le valió varios enemigos y sobresaltos, pero que también lo definió y lo ha posicionado como uno de los artistas más empoderados, convincentes y seguros del mercado musical.

No se pueden calcular las dimensiones de lo que un artista puede llegar a significar en la existencia de cualquier persona. En mi caso, es algo que raya en los límites de la obsesión. No tengo un número para la cantidad de horas que su música ha estado presente en momentos de mi vida, haciéndome sentir la más inmensa de las alegrías y los más extraños de los deseos. Su deslumbrante voz fue siempre el aullido que lograba despertar y calmar todas mis ansias a la vez. Así que, en palabras del mismo Prince: cada uno de nosotros tiene su propia experiencia. Por eso estamos aquí, para vivir esa experiencia, para aprender, para recorrer caminos y eventualmente, habremos ido por tantos caminos y aprendido tanto que ya no tendremos que volver.

Por: Alejandro González Castillo
(Colombia)

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