Ferias en furia

Los zapatos de charol rojos se veían a través de los vidrios sucios que daban al patio. Unas suelas desgastadas y unas raspaduras en sus puntas eran reveladas por la tenue y azulada luz de la noche. Testigos, eso eran los viejos zapatos, guerreros de vigilia y compañeros de senderos citadinos, unos cofres cargados de voces viajeras.

Esa noche, como muchas, reposaron a espera de nuevos pasos; llegó el amanecer y con él la danza de nubes para dar senda a unos cuantos rayos de sol; Cielo, como era costumbre, despertó a regañadientas por esa voz aguda que habitaba en su cabeza desde los 12 años y que sin descanso alguno preguntaba por el mundo, y con insistente resonancia le cuestionaba por qué aún respiramos.

Fue el turno de una vieja tina, que le dio paso a un vestidito azul de boleros, casi que podían escucharse las notas de una vieja canción al sacudirse en su cadera, para finalizar en los zapatos rojos de charol, habitados por caminos pegados en sus cintas y decenas de historias que ornamentaban ese sutil brillo de quien camina sola por la vida, soñando entre las líneas de un mapa, conquistando cada calle y cada árbol.

Una nueva bocanada de aire con fragancia a jazmín se filtró por sus dientes y se instaló en su garganta al salir de su casa, ese hermoso hábito del mundo de regalarnos un poquito de su alma. Cielo caminó por la ciudad, en mitad de cafés franceses, farmacias de antaño, charcuterías, tiendas naturistas y canastas de frutas que promocionaban los supermercados y la fusión de los pueblos latinoamericanos, que iban desde los zapallitos y pomelos, hasta los maracuyás y mangos.

Era una mañana tibia, en la que las jacarandas dejan su timidez y se despojan de sus ramas huecas para dar paso a su piel, que con el pasar de las brisas viste de alfombras violáceas las calles de Buenos Aires. Cielo, enviciada por tan mágico lienzo, solía levantar su mirada y permitir que las flores rozaran el paisaje de pecas que adornaban su cara, gracias a su manía de caminar alejada de las sombras.

Su andar la llevó a una plaza en Belgrano, repleta de telas de colores en forma de carpas, que resguardaban artefactos y utensilios con tantas historias como las antologías de las viejas librerías que acostumbraba a frecuentar. Allí, un hombre pintaba con unas acuarelas viejas en unos trozos de papel, siluetas de tango, casitas y un río color plata, que daban vida a aquella extensión de ojos y a la representación viva del don sagrado de recrear.

_¿Speak english?

_Soy latina. Respondió sonriendo.

_Lindos zapatos.

_Bellas pinturas.

_Toma mina, esta va con ellos.

Cielo siguió su camino por entre las carpas de tonos un tanto mareados por el sol y el tiempo, hasta que tropezó con unos duendes de tela y porcelana, que ocultaban el rostro de una mujer un tanto escabrosa, o al menos eso gritaba su seductor cabello gris, más enmarañado que las fibras de cama de gato. Un gesto casi amable la empujó a llevar a un pequeño barbado que sostenía un vasito para apoyar el incienso.

Al son de una chacarera, Cielo observaba cómo el sol hacía brillar unas figuras talladas en plata, cerca de unos recipientes de madera y totumo, acompañadas de sorbetes de metal. Marco, así le indicó que se llamaba, le explicó la función de esa tacita que despertó su curiosidad, le narró la importancia de la ‘yerba’ mate para su tierra, la historia del campo sureño y la calidez de su gente. Fue la primera vez que Cielo escuchó las palabras ‘curar’, ‘cebar’ y ‘no juagar’ en torno a una bebida, dulce al tocar la lengua, amarga al bajar por la garganta, como el inicio y el final de todos los placeres de existir.

Se sentó en un suelo color arcilla, comió unas fritas y siguió su paso. San Telmo, Recoleta, Chacarita y, finalmente, Belgrano, en cada calle empedrada, en cada parque o plaza… un trozo de Argentina.

El sol comenzó a ocultarse, y en el segundo y posición universal perfecta una luz rosa invadió la ciudad, reflejando su belleza en las fachadas de los edificios, los contornos de las estatuas que vivían en la plaza y las telas de la feria. Se quitó sus zapatos y los dejó bajo una carpa, era hora que alguien más viajara por el mundo de la ‘furia’, que ya ella respiró, y por el cual decidió esfumarse, para viajar por el azul de su nombre.

Por Lina Torres

Imagen por jenriks.de

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