El intruso. Otra mirada a El ciudadano ilustre.

“La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal (…) Lo haré con probidad,  pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor”
Jorge Luís Borges

El simpático ejercicio de medir la distancia que cabe entre la realidad y la ficción es convocado por el aparataje publicitario de El ciudadano ilustre: “Pueblo chico, infierno grande”; “la Argentina frente a un espejo”; “la realidad supera la ficción”. Esta es la primera parte de la película (la que gustó a todos, salvada incluso por sus mayores detractores), el literato que vuelve al pueblo y el contraste que se desata entre su torre de marfil barcelonesa y el pueblito polvoriento que lo recibe. Se está en el terreno de la comedia oscura, que se ríe de los otros movilizando lugares comunes que provocan la risa porque responden a los juicios o prejuicios que circulan socialmente sobre los pueblos de provincia. Pero no llega a ser un espejo porque no es el espectador el que se reflejaría en él, al mirar, ni tiene la complejidad de esos extraños artefactos que devuelven una mirada del conjunto, imposible de obtener por otros medios (¿cómo sa-berse sin el espejo?). Es la simple constatación cruda y risueña de la miseria ajena. No hay nada, todavía, que articule un relato (y justifique la novela).

Lo que hay, sí, es el aparataje novelesco (que divide al film en un prólogo, cinco capítulos y un epílogo), un gesto de extraña determinación en ese literato autoexiliado durante 40 años que ahora decide el regreso, y la inquietante sensación de que la literatura de Daniel Mantovani y la descripción desencantada de ese caserío tienen algo en común.

La segunda parte es la que empieza a incomodar, presuntamente por una alineación del film (dice la Crítica: ética, moral y, claro, ¡estética!) con la mirada del escritor. La ironía amable, dicen, se convierte en misantropía. Pero ambos enunciados resultan harto discutibles. La descripción inicial que, como su literatura, ya se rió de todos, avanza ahora vertiginosa y elíptica, con un timing que no funciona para la comedia. Todo el humor queda en la primera parte y lo que viene después es el quiebre del protagonista que ya no puede mantener el ejercicio de la tolerancia. La tensión construida por el film desborda en el cuarto capítulo, en el Volcán, y por primera vez se hace la noche en el pueblito de Salas. Lo que sigue es una escalada de violencia, preparada por las contestaciones crudas, el gesto catedrático (que, ya se sabe, tanto le gusta) y el insulto descarado que antes era esforzada cordialidad. Lo que se  percibe como un vuelco y un error es la evolución lenta pero predecible de la historia. Nunca cambió. Ni Mantovani ni Salas, en los últimos cuarenta años ni en los últimos cuatro días, ni el amor de la infancia ni la rivalidad del mejor amigo. Ese pueblo ya lo espantó una primera vez y nada hacía sospechar que fuera distinto en la segunda.

Mantovani vuelve a su pueblo por masoquismo. Y se va con otro producto de confort que se paga en premios nobel. Lo mismo podría decirse del film, que se paga en copas volpi. Es una historia chata y ágil (¿cuál?), que se ríe un poco de los desdichados y juguetea con algunas polaridades, del tipo: el comercio de una literatura acorde a los gustos de reyes e intelectuales, sobre un pueblo perdido cuyo referente no tiene ninguna importancia, no está muy lejos del comercio con paquetes turísticos de cacería salvaje que utiliza cerdos domésticos cuando faltan las presas; en ambos casos, el goce desestima la realidad y surge enteramente de la violencia. Mientras el film trata de articular estas ideas medianamente inteligentes, la cámara asiste como registro, como los ojos sin cuerpo de ese literato que quiere volver a su pueblo para corroborar lo que ya sabe de él (quizá también de él mismo), exagerar un tanto y, con algo de suerte, conseguir un poco de inspiración. En definitiva, El ciudadano ilustre no es más que una transposición correcta de una literatura mediocre, pero hecha film, curiosamente, antes de ser libro.

Y esto no es algo que surja de la escena final (del epílogo), que despertó tantos comentarios sobre su “cobardía”, “falsedad” y “engaño intelectual” al espectador. Los críticos intentan enojarse con ella porque hace creer, dicen, que es Mantovani, y no el film, el que merece su desprecio por tantas posiciones despreciables (casi quieren decir, con esa señora de Salas: “¿por qué no filman sobre cosas lindas?”; o, en la versión más sofisticada de Daney: ¿por qué no filman lo malo sin pensar mal?). Pero su incomodidad no termina con la sorna misantrópica del film, o con que éste intente derivarla en Mantovani. Denuncian también que, no conformes con eso, los directores le preparan al espectador el mismo lugar que tienen esos pobres e ignorantes pueblerinos, el de ser público y “objetivo” de la cátedra infumable del ciudadano ilustrado.

Y probablemente suceda todo lo contrario, porque El ciudadano ilustre siempre fue el film de Diego Mantovani. Los pueblerinos siempre fueron los otros. El espectador nunca es uno ni otros. Está siempre en el tercer lugar, entre él y ellos. Es el consumidor de sus libros, el intelectual, el lector medio, el cómodo rey. El lugar preparado para el espectador es el de ser el espectador de este film, que no es más, y esa es su pequeña gran inteligencia, que otro capítulo de su literatura.

Por Ignacio Zenteno
(Argentina)

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