Bob Dylan por Carolina Sanín

Hace nueve años se publicaba en la Revista Cambio de Colombia (Ya extinta) este artículo titulado llanamente Bob Dylan. “Mitad ficción, mitad autobiografía, mitad ensayo” de una asidua admiradora que se convertiría en referente actual de las letras colombianas.

 

Algunas cosas de Estados Unidos, por ejemplo la idea de la televisión a colores y la de Disney World, me daban miedo. Parecían venir de pesadillas. Otras me daban sólo una sensación de irrealidad. Yo tenía una vecina que tenía nombre en inglés. Jugábamos a los hijos. En el juego, sabíamos que estábamos embarazadas porque las dos teníamos pesadillas al mismo tiempo. Al rato, dábamos a luz a sendos osos de peluche. Estábamos casadas con pilotos. El de ella era gringo, el mío colombiano. A mí me habría dado angustia estar casada con un gringo y no entender lo que me dijera. A Jennie no le daba angustia. Jugábamos a que los pilotos nos traían de Miami cosas estadounidenses que no me eran ominosas: chocolatinas Milky Way y chicles Bubble Yum. Comprábamos esas cosas de contrabando en la tienda del barrio, pero yo sentía que también venían de un sueño; que al metérmelas a la boca, iba a despertarme.

Entre las cosas que venían de Estados Unidos había otras que me inquietaban por no entenderlas y tener la sospecha de que las entendería si las oía dormida. Eran las canciones de los discos que mi tío había dejado en la casa de mi abuela antes de irse a vivir a Estados Unidos. A veces me preocupaba pensando que las canciones de Van Morrison, de Joni Mitchell y de Bob Dylan decían cosas como la fecha en que iba a explotar la bomba atómica. Era el comienzo de los años 80, y estaba de moda entre los niños tener miedo de la bomba atómica.

Cuando me emociono oyendo las mejores canciones de Dylan, se me ocurre que quien compone y canta no es un individuo sino el espíritu o el demonio de una tierra y de su historia.

De todos los discos, los que más oía eran los de Dylan, por la armónica y porque la voz no parecía de una persona sino de un animal de fábula. Además ésos eran los discos que más me inquietaban, por las carátulas. Algo misterioso se escondía detrás de la capacidad del artista para transformarse sin cambiar de nombre. En una carátula, Bob Dylan se parecía a mi tía, la hermana menor del dueño de los discos. En otra salía borroso y de perfil, como un compositor clásico, pero con gafas oscuras. En otra era un vaquero. En otra no parecía una niña pero tenía los ojos pintados. Bob Dylan podía ser el demonio. Crecer podía ser cambiar como él. De una carátula recorté un ojo y parte de la nariz de Dylan. Hice laminar el recorte en Unicentro y lo cargué en el bolsillo del uniforme del colegio hasta que me fui de la ciudad y entré a un colegio en el que no había que usar uniforme.

Mi familia se mudó de Bogotá a Guarne, Antioquia, porque la hermana de mi papá había sido elegida reina de Guarne, era candidata a reina de Antioquia y quería que la parentela estuviera cerca apoyándola. Pero también nos mudamos porque en Guarne habían abierto un colegio experimental, feminista y barato. De despedida de Bogotá, mi abuela materna, la dueña de la casa en la que estaba la biblioteca en la que estaban los discos de Bob Dylan, me regaló doscientos pesos y una botella de perfume Cartier chiviado.

Yo me robé los discos de Dylan para que me acompañaran en la vida pueblerina. Guarne estaba llena o lleno de gente rara. La experimentalidad del Gimnasio de Alumnas Suizas Inés Garavito consistía en enseñar la historia de la humanidad a través de la biografía de un personaje llamado Inés Garavito. Inés contenía el mundo de lunes a viernes, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Los textos del colegio (fotocopias de hojas escritas a máquina, grapadas) decían que Inés había ganado la batalla de Ayacucho, había descubierto la quina y se había suicidado en el palacio de La Moneda el año en que nací. La teoría decía que la alumna recordaría mejor los hechos históricos si los relacionaba con la historia personal de una mujer como aquélla en la que ella —la alumna— debía aspirar a convertirse.

Como antídoto a esa educación extraña, yo convertía, de cuatro de la tarde en adelante, a Inés en Bob Dylan. Como todavía no podía entender las letras de las canciones de Dylan (el Gimnasio no enseñaba inglés sino supuestamente alemán y francés, porque era supuestamente una institución suiza), en ellas yo oía que el cantante era quien había pedido prestado el florero de Llorente, había abolido la esclavitud y había dirigido la revolución cubana.

      “Las canciones de Dylan no parecen hechas por él
sino por medio de él”.

En primero de bachillerato empezó la educación sexual. Inés se llamaba el maniquí que representaba al hombre, e igual el que representaba a la mujer. Inés se apareaba con Inés. En segundo de bachillerato tuve una amiga que guardaba el pelo y las uñas que se cortaba, para hacerse hechizos a sí misma. Un día le espié el cuaderno de apuntes por encima del hombro y leí: “Inés, ¿qué se siente estar tan vieja y sola y ya no poder hablar?”. Antes de tercero de bachillerato, mis papás decidieron que volvíamos a Bogotá.

Yo no había aprendido ni francés ni alemán ni nada. Después de graduarme de bachiller, le pregunté a mi mamá qué había sido del Gimnasio Inés Garavito. Ella me dijo que no era Garavito sino Piedrahita. A Bob Dylan también lo olvidé. Entré a la universidad, salí de la universidad y me fui a vivir a Estados Unidos, que daba tanto miedo y emoción como había creído de niña. Allá, un día sonó en la radio Blowin’ in the Wind. Yo ya sabía inglés, y supe que la canción no hablaba necesariamente de un Edwín.

Bob Dylan me empezó a gustar otra vez, ni más ni menos sino igual que cuando no entendía las letras de sus canciones ni sabía nada de su biografía. Traté de enamorarme de él, pero me enamoré de Marlon Brando en vez. Luego escribí una novela en la que había un extranjero que trataba de aprender español y se llamaba Bob.

Las razones por las que Bob me gusta ahora son las mismas por las que me gustaba cuando era niña: porque todo en él es de otro: la voz impostada, el acento falso, las salidas en falso, la americanidad radical y contradictoria, el ser un cowboy judío, los cambios de registro, de disfraz y de género musical. El trabajo de Dylan es hacer su papel y, entre tanto, extirparse a sí mismo del personaje. Y ése me parece un trabajo muy coherente para un artista público de este tiempo.

Cuando me emociono oyendo las mejores canciones de Dylan, se me ocurre que quien compone y canta no es un individuo sino el espíritu o el demonio de una tierra y de su historia. Las canciones de Dylan no parecen hechas por él sino por medio de él. Me dejan pensar que las hice yo, que las hicieron todos estos gringos y sus caballos, sus vacas y sus pavos, que las hizo Dios. Supongo que al pensar en eso estoy entendiendo qué significa una tradición oral, una tradición literaria.

También me gusta Dylan porque no tengo que justificar mi gusto por él; si alguien me dice que no le gusta Bob Dylan, le digo: es que usted y yo no estamos hablando del mismo personaje.

Nueva York, diciembre de 2007.

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