La excusa del teatro

Descenso, de la Compañía Sudado. Dirigida por Jorge Eiro. Actúan Facundo Aquinos, Melisa Hermida, Cristian Jensen, Facundo Livio Mejías y Alberto Antonio Romero. 

Brazo atado, brazo atorado, brazo partido. Dinero atado, dinero juntado, dinero caído. Lo que se siente, lo que atrapa, es la textura de los cuerpos en el roce con las “cosas”. La segunda puesta de esta compañía bien podría llamarse como la primera: Sudado. Se asiste a la tensión generada entre cinco secuestradores improvisados en la noche de la entrega, cuando, habiendo obtenido el objeto de su deseo compartido deben deshacerse de la carga colectiva. Desde el principio las piezas están en posición, los billetes en la mesa y el secuestrado en las bambalinas (nunca se verá, porque su presencia buscará encarnarse en los cuerpos de la escena). Pero algo los hace sudar.

La obra se sostiene en el clima viciado de un oscuro aguantadero (catre, sillas, agua y restos de comida), donde los personajes se entreveran cargados con la angustia por lo hecho y la ambición por lo conseguido. Luego surgirá un tercer factor: el rencor por lo errado. Algo tenía que salir mal. El problema de Descenso es que confía demasiado en la actuación de los cuerpos y de las cosas y utiliza la situación para extraer de ella los gestos del drama. Una situación muy bien lograda, muy efectiva para el desempeño actoral, pero que lamentablemente deja poco margen para la sorpresa. “Uno de los descubrimientos más importantes fue que una trama policial tiene sus propias reglas, que de alguna forma tironea hacia su estructura”.

Hay gritos, golpes, ataduras y disparos, como era de esperar. Reproches, amenazas y negociaciones. Violencia que explota y se acumula. Una olla a presión donde se cuecen las vidas de los secuestrado(re)s. Por eso Sudado le habría quedado mejor que Descenso, porque no hay ritmo suficiente que marque una caída (se llega cuando casi todo está cocinado), más bien una obra empecinada en la monotonía de la histeria.

Sin embargo, lo que vibra en los cuerpos es lo suficientemente intenso como para saltar a la platea, que llega a sentir la suciedad y el sudor del matón abrochándose la camisa nueva; el olor del pollo rostizado y la grasa de los hombres que lo comen con la mano; la panza de la embarazada que se resiente por la tensión. Es el gran trabajo actoral y de puesta en escena lo que hace brotar esta sinestesia envidiable (por la algarabía de los estímulos) de situaciones completamente trilladas. “Las reglas [del género] fueron condicionantes de nuestro juego, lo que nos llevó a pensar mucho en cómo resignificarlas o reencauzarlas hasta nuestro territorio”.

Es cierto, también, que las claras separaciones de clase y los paradójicos desequilibrios de poder consiguen dotar de interés al avance de la trama. Los que quieren tener el control de la situación no manejan el ejercicio de la violencia y por eso la padecen. Los que tienen menos necesidad del dinero son los que más lo quieren (véase la fruición de ese hombre que levanta los billetes). Y si hay algún tipo de descenso en la obra, el suficiente para salvar su nombre, se da en los últimos minutos de ese 26 de junio de 2011 en que transcurre, el fatídico día que puso a medio país de rodillas. No basta con secuestrar y asesinar para tener una carga… Lo que pesa es el cadáver. Y qué mejor lugar para ocultarlo, en la Argentina que tanto sabe de eso, que el caos de una muchedumbre desbordada de cuerpos sangrantes por el descenso. Pero todo esto, nuevamente, es menos una ruptura que una continuidad.

Por Ignacio Zenteno


*En Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556, CABA. Viernes 21:00hs. Desde el 07 de abril (Re-programada en el 2017).

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