Perdiendo a Vivian Maier

La exposición The Street Photographer en la Fototeca Latinoamericana (FoLa), y la exacerbación de su figura en los discursos circundantes, invitan a repensar, a la luz de su obra, el fenómeno de esta “niñera” que recorrió con su cámara las calles de New York y Chicago entre los años 50 y la década de los 80.

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La historia es una amenaza constante para el arte. Polémica, la frase no intenta hacer apología de una vanguardia que le pediría a la obra, como André Breton, “temblar de reflejos del futuro” y la condenaría a permanecer fuera de los museos para conservar su frescura. Atiende, más bien, al extendido hábito cultural de producir anécdota para acompañar la producción artística, como si se desconfiara de la obra y de su capacidad para circular por sí sola. El pitch con que avanza la fotografía de Vivian Maier es el de la niñera aficionada que murió en la pobreza sin saber que dejaba una obra ingente e invaluable, y el cuestionamiento inevitable de por qué pasó su vida tras la cámara sin buscar el reconocimiento, lo que se dio en llamar “The Maier Mystery” (el nombre, también, de un documental anterior al tan difundido Finding Vivian Maier que se proyecta en el auditorio de FoLa).

Encontrar a Vivian Maier es una consigna que interesa menos al arte que a la publicidad. Pero en otro sentido, además, amenaza la historia a un archivo fotográfico gigantesco pero ya huérfano de madre: lo que en su momento podría haber sido el mérito, genuinamente artístico, de captar la efervescencia de una instancia crítica de la modernidad americana (el resabio de un tiempo que no terminaba de irse y la vibración de otro que no terminaba de llegar) medio siglo después tiene el mérito, genuinamente histórico, del testimonio. Que la cámara de Vivian Maier haga recorrer las calles de las urbes o las veredas de las periferias, los rostros y los cuerpos que las habitan, reviste el carácter de lo curioso, de lo testimonial sobre un mundo que la mayoría ignora o ya olvidó; y le compete a la historia hacer uso de ese valor (aunque, ciertamente, el encanto que despiertan las obras de Maier se recubre con el gusto tan actual por lo vintage).

De seguro no es el mundo que está delante de la cámara ni el personaje que está detrás (eso que la fórmula difusiva traduce como “niñera que retrató una época”) lo que moviliza la fascinación de sus consumidores. Le corresponde, en gran parte, a las cualidades que destaca Mary Ellen Mark: “Tenía muy buen ojo. Gran sentido del encuadre. Tenía sentido del humor, sentido de la tragedia. Hermoso sentido de la vida, del ambiente. Es decir, lo tenía todo”. El manejo exquisito del blanco y negro y la maestría de su mirada contradicen todo intento (incluso curatorial, en el caso de FoLa) de relacionar su producción con la afición o el amateurismo. No se trata de una “niñera que en su tiempo libre tomaba fotografías”, se trata más bien de una fotógrafa que en su tiempo libre oficiaba de niñera; por necesidad, comodidad o resignación, motivaciones que sólo el abordaje exhaustivo de su archivo podría dilucidar (y que importan más a la precisión biográfica que al consumo artístico).

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Como se dice frecuentemente, la flânerie, ese modo especial de vagabundeo tan del siglo XIX que pegó tan hondo en el género de la fotografía callejera, describe correctamente la actividad de Vivian Maier. La mitad de las pocas fotografías que se le conocen -las instantáneas callejeras, los paisajes, algunos retratos y los encuadres de conjunto- responden a la idea del personaje que “se regocija en su anonimato” para captar mezquinamente la “gracia intermitente” (escribió Charles Baudelaire buscando justificar sus paseos ociosos por una París laberíntica que ya dejaba de ser). El término, sin embargo, es todavía vago para describir la intensidad de su obra. Incluso en esas fotografías en que Vivian Maier parece ser la parte aparte de aquel mundo callejero, hay algo que falta. En el corazón de la urbe multitudinaria Maier es una flâneuse sin multitud. Se intuye siempre más allá, en el fuera de campo, o en las anchas avenidas y edificios colosales, como un fantasma que no se puede ver. Y a la vez, una parte importante de su producción –sobre todo los retratos- contradice su pretendido anonimato. Todo ese mundo perdido parece estar posando para ella, ciudad múltiple sin multitud, pletórica de seres individuales demasiado cercanos, demasiado íntimos con la cámara.     

Con esa cautivante contradicción se debería alejar toda especulación sobre la vida privada de Vivian Maier. Es el espectador quien está agazapado detrás de la Rolleiflex, el que circula por la ciudad y la periferia, el que se acerca a los seres y les roba los gestos de la vida. En muchas tomas se percibe la búsqueda anónima de la epifanía –una chispa, una sombra, un reflejo, una convivencia paradojal- pero en otras tantas “vibra el aura en la expresión fugaz de una cara humana. Y esto es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable” (escribía Walter Benjamin al tiempo que teorizaba sobre la desaparición inevitable del aura en la era de la reproducción técnica). Delante y detrás de la cámara hay un momento de dignidad que se le roba al detritus de la ciudad. La cercanía de todo eso, por más lejos que pueda estar en el espacio y en el tiempo, es un mérito que justifica por sí mismo la vida mediática de Vivian Maier.

Emmett Kelly as the clown figure "Weary Willie", Undated
Emmett Kelly como “Weary Willie”.

En contra de la gacetilla circulante, hay muy poco que justifique acercarse al acotado recorte que se exhibe en FoLa. Por algún equívoco motivo la curaduría recurrió a un ligero ordenamiento temático: los niños por un lado, los autorretratos por el otro y después la ciudad, como bloque central. Lamentablemente (si hay algo certero en todo lo dicho hasta aquí), ese ejercicio de separación, casi inofensivo, le niega al espectador la posibilidad del descubrimiento aleatorio, de caminar por las calles de la ciudad y captar en la vuelta de la esquina su rostro grandilocuente, el rostro del consumo y del abandono, de la riqueza y de la ternura, o en un destello, en una sombra, el rostro de Vivian Maier.

Descubrir es una cuestión de voluntad y una parte más rica, más amplia, más caótica, de su fotografía, espera a la vuelta de otra esquina.  

Por Ignacio Zenteno


Dónde: Fototeca Latinoamericana (FoLa), Godoy Cruz 2626 – Distrito Arcos.

Cuándo: Finaliza el 11 de junio.

Lunes a Domingos de 12 a 20 hs. (Miércoles cerrado)

Entrada general Martes, Jueves, Viernes, Sábado y Domingo: $80

Estudiantes, docentes con acreditación y Jubilados: 50% de descuento ($40)

Entrada General Lunes: $40. Estudiantes con acreditación (excluyente) sin cargo.

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