Primer Manifiesto al Armisticio

Se han silenciado los fusiles. Las bocas de las armas han dejado su discurso de fuego, ha cesado su hablar maldito.

Marchan cabizbajos los sobrevivientes hacia su casa, si es que queda alguna.

Ya no suena el estruendo de la guerra.

Tal vez sea la hora de reconstruirlo todo.

Que dé cada cual según su capacidad, que todos pongan un ladrillo, una piedra.

La guerra ha dejado una marca sobre todos nosotros, una marca que debemos conservar. Nuestro deber es velar porque la memoria de todos los que partieron no sea mancillada nuevamente.

Convocamos un nuevo movimiento. Todo aquél que haya sido tocado por esta guerra; todo aquél que se regocije en el armisticio, puede y debe unirse a nuestra causa.

El arte ha de tomar partido en este nuevo camino, lejos del fuego, del sinsentido de la muerte y de la muerte sin sentido.

No borraremos las huellas, no olvidaremos a los que derramaron su sangre en los campos de batalla. No iniciaremos una nueva guerra en virtud de nuestros muertos. Es hora de parar.

Han nacido los poetas del armisticio: los que escriben sobre la guerra para no olvidarla, los que escriben sobre la paz, para construirla, para buscarla sin cesar entre los intersticios de sus versos.

Todo aquel que haya sufrido con el absurdo derramamiento de sangre, es –en potencia–, un poeta del armisticio.

Todo aquel que desee silenciar los fusiles y acallar el llanto incesante de la guerra, es –en potencia–, un poeta del armisticio.

Todo aquel.

Si eres capaz de conmoverte por la muerte de otro que no conoces, si te duele una guerra que a lo mejor no te alcanzó eres, en potencia, un poeta del armisticio.

La poesía del armisticio tiene un fin: la memoria.

Es el poeta el guardián de esta memoria.

 
Ignacio Garnica (@_nachodeloyola)
Colombia

Fotografía por  Tamara Menzi

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