Crónica de un libro perdido

Pocas situaciones tan dramáticas como la de esperar en un hospital cuando un ser querido se encuentra grave. Yo tenía 5 años. Mi hermano Leonardo, de 8, había sufrido quemaduras de consideración. Recuerdo esa sala de hospital en una tarde negra y triste, la incertidumbre eterna, la angustia y el llanto de mi mamá y todas esas cosas que implican estos incidentes. Es uno de esos recuerdos amargos que lleva uno siempre consigo. Algunos días después y con mi hermano aún en el hospital, mi mamá le regaló a él un libro para que se distrajese durante su convalecencia. Como era de esperarse por esas cuestiones de justicia y equidad que las mamás manejan tan seriamente, me regaló uno a mí también. El libro de mi hermano se titulaba Fútbol en las nubes –nunca lo leí aunque no es difícil intuir de qué trataba– y el mío se llamaba Mariela de los Espejos y otros cuentos, ambos de la autoría de Jorge Holguín Uribe, escritor, cineasta, dramaturgo, y matemático colombiano.

Para esa edad todavía no leía bien, me divertía más mirando las ilustraciones de todo lo que encontraba, así que miré las imágenes del libro, que eran pocas: unas sombrillas en la portada, y unos zapatos que por sí mismos bajaban por una escalera en la contraportada. Lo dejé por ahí. El libro duró abandonado a su suerte algunos años. Una tarde buscaba no sé qué metido de cabeza entre un mueble grande que hacía las veces de biblioteca y que contenía libros, revistas, periódicos, facturas, cartas y quién sabe qué más, sin distinción o categorización alguna, y encontré el libro. Allí estaba intacto, como esperándome.

Anduve con ese libro pegado a mí mucho tiempo. Como lo menciona su título, era una selección de cuentos. Sé que no los leí todos, porque mi gusto lector a los 8 años no me empujaba a leer un cuento titulado, por ejemplo, “Caracolitis rampante”. Leí muchos, la mayoría tal vez, y aquellos que me gustaban los leía una y otra vez, una y otra vez, hasta el cansancio.

Recuerdo un cuento muy bonito llamado “El compañero peludo”. Hablaba sobre un gato muy particular, con aspiraciones teatrales, que le gustaba personificar gente famosa. Era un gato algo snob pero muy especial. Al escribir esto trato de no darme cabezazos contra el teclado porque el nombre del gato da vueltas en mi cabeza pero no logra salir. Al final el gato muere y le hacen una tumba bajo un árbol para que se cubra de hojas secas en otoño. Una narración muy hermosa.

Otro cuento que recuerdo se llamaba “Barrio chino”. Era la historia de amor de un hombre y una mujer que solo vestía overoles blancos. Van a un evento donde un chino pone 500 huevos en equilibrio, y el autor se cuida de enumerar todos los huevos, es decir, escribe los números del 1 al 500. Algo parecido a lo que hace Andrés Caicedo en Que viva la música, cuando transcribe la letra de la canción Lluvia con nieve. La narrativa de Holguín es urbana y cosmopolita: todos estos cuentos son ambientados en diferentes ciudades del mundo que el autor visitó.

“Explosión de mascotas” sucede en una ciudad que atraviesa una crisis increíble: las mascotas, de repente y sin previo aviso, empiezan a hincharse desmesuradamente y explotan. Primero son hechos aislados, pero luego se produce una catástrofe por una explosión en cadena en una exposición canina. Hay disturbios y escasez de alimentos, y el autor se limita a observar como toda la ciudad se deteriora poco a poco desde su ventana, en compañía de su pequeño canario. Ya se imaginarán como termina.

No pienso aburrirlos con una reseña coja de cada cuento que logre recordar. El asunto es que, así como llegó, así mismo el libro se fue. Primero lo olvidé, uno va creciendo y el gusto cambia, y entonces leía otras cosas. Veía al libro dando vueltas por la casa, como llamando mi atención, pero nada. Algún día, tal vez cansado de mi ingratitud y mi indiferencia, desapareció. Tal vez encontró un nuevo dueño menos ingrato, o se devolvió para la librería Colombia en la 18 con 7ª, desde donde vino cuando un viejito militante del partido comunista se lo vendió a una señora con cara de angustia. A lo mejor fue a dar a la basura en una de esas terribles jornadas de aseo general que mandan al olvido tantos y tantos recuerdos, y al final la casa queda limpia pero uno despide con tristeza esa bolsa negra llena de polvo y nostalgia. Ya adulto lo busqué por todas partes pero jamás lo volví a ver. Todos hemos tenido ese objeto que en nuestra niñez amamos infinitamente y que de un momento a otro desapareció, y por el que daríamos cualquier cosa por recuperar. Bueno, eso traté de hacer, pero el tiraje de los libros de Holguín fue realmente corto, así que encontrar ejemplares es una rareza. Recorrí pabellón tras pabellón de varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, pero el autor no aparece ni en el sistema de búsqueda. Por esos embates de la nostalgia de vez en cuando realizo la consulta en internet, pero siempre encuentro lo mismo: un par de entrevistas en video y una semblanza del autor. Así que una vez más me he rendido en la búsqueda y quiero decirte, donde quiera que estés libraco hermoso, que gracias por todo.

Para finalizar, el único cuento que logro recordar completo es uno muy corto llamado “Edipito”. Con excepción de tal vez alguna coma o conector, está exactamente como figuraba en el libro:

EDIPITO

A Edipito se le murió el papá. La mamá es muy linda y Edipito quiere casarse con ella.

Pero ella es una actriz muy famosa y muy ocupada y no tiene tiempo para el niño.

Un día Sófocles, el chofer de la casa, deja un destornillador por ahí tirado. Edipito decide sacarse los ojos a ver cómo es la cosa.

La mamá viene derecho del teatro, todavía vestida de Yocasta, se enreda en las escaleras y se ahorca en las cortinas.

Edipito la entierra, se ajuicia y compra un perro guía.

(Jorge Holguín Uribe, 1988)

Ignacio Garnica (@_nachodeloyola)

Colombia

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