Deconstruyendo el Entierro de Luis Vidales

“Las noches eran claras como días de otro tiempo”.

Año de 1904. En Calarcá, zona cafetera colombiana, nace Luis Vidales. Pródigo poeta, el vanguardismo y el marxismo sedujeron su prosa, al punto de llegar a ser perseguido por el Estado colombiano. En 1922 publica Suenan timbres, texto que bien podría ser el único poemario vanguardista en la historia de Colombia. De esta singular obra, hemos rescatado el poema que hoy nos aboca, Entierro:

 

Lluvia

sobre los grandes cajones de las casas.

Lluvia. Lluvia.

Y a lo lejos

el conglomerado de paraguas

mancha en el aire

su pueblucho japonés.

A éste lo van a enterrar.

Las campanas se le querían caer encima

como sombreros ingleses.

Yo veo el dorso del acontecimiento.

 

Las levitas

cabeceantes

hacen unos pajarracos

que persiguen al muerto

 

Las coronas

-neumáticos de carnaval-

van colgadas del carro

como repuestos

por si se dañan las ruedas.

 

Pero cuando se vayan las flores

quedarán los aros de las coronas

y esta noche

el muerto se pondrá el aro de una corona

-salvavidas-

y se botará al charco que hay que pasar

para ir al cielo.

 

Ya no llueve.

 

Desapareció el que estaba estrenando cadáver.

 

Se fueron los de levita.

 

Nota.

No quedó ninguna mancha en el aire.

¿Quién observa la escena? Parece acaso que esta persona tiene una visión privilegiada del lugar donde se desarrolla el evento. ¿Por qué ve las cosas así y no de otro modo? ¿Está arriba? Sí, así lo parece, ya que alcanza a ver a lo lejos. Hay una proyección geométrica: “Los cajones de las casas”, el cajón, la casa, el cuadrado, el cubo. El cajón está cerrado y protege algo, lo protege de la lluvia y tal vez, de otras cosas. El cajón oculta su contenido, es un misterio, ya que no se puede ver. Sólo se “ve” de alguna forma, la lluvia que cae sobre el cajón, pero no su contenido.

También hay formas circulares; lo cóncavo, lo curvo se hace presente. Una referencia a la esfera: La campana, los paraguas, el sombrero inglés –el bombín–, lo redondo, lo esférico. Una aglomeración de redondeces se esparce por entre los cajones, es el círculo que es móvil, que rueda según la inclinación de su superficie, mientras que el cuadrado, los cajones, no se mueven. Tampoco se mueve lo que hay adentro, o a lo mejor se mueva, sólo que no lo vemos.

¿Qué es lo que se oculta bajo estás figuras? Bajo la mancha semiesférica de los paraguas hay algo, algo que no se ve bien. También hay algo dentro de los cajones que son las casas. Hay otra figura, sabemos que está allí aunque el poema no la menciona. También sabemos lo que lleva adentro. Debe ser una especie de cubo rectángulo, que contiene al protagonista del poema. Va escondido, protegido, por la mancha negra, arrastrado por “el conglomerado de paraguas”, a éstos también los golpea la lluvia.

El lado oculto es el lado de abajo. Estando los cajones, los cubos, sobre una superficie, la cara del cubo que se enfrenta a dicha superficie no se puede ver. Diferente sucede con las figuras esféricas, que parecen rodar pero no ruedan, avanzan, pero este lado tampoco se puede ver. Tampoco se puede observar la vanguardia, el frente por el que avanzan, sólo se ve “el dorso del acontecimiento”. Aunque quisiéramos observar todos los lados, no podríamos hacerlo. Por lo menos no a la misma vez. Ver un lado de una figura, implica no ver completamente los otros lados, tal vez se permita una visión parcial de alguno de los lados, pero esta visión está sesgada, está interrumpida por la propia perspectiva. De todo “acontecimiento” sólo se nos permite ver el dorso.

Hay algunos sonidos. La lluvia es la música de fondo, golpea los cajones –las casas– y los paraguas. El tañer de las campanas contrasta con el de la lluvia. El sonido de la lluvia, pertinaz y liviano, no se parece al rítmico, dulce y espaciado clamor de las campanas. Habrá sonido de pasos también, pero desde donde se observa la escena tal vez no se perciban. Inferimos que los hay, como inferimos que la turba lleva un cajón con un cuerpo adentro

El ave negra, un elemento inherente a la muerte. Este muerto lleva sus propios gallinazos, que cargan su cajón hasta la tumba. Las levitas semejan las alas apaciguadas por la lluvia. Pájaros negros que siempre rondan la muerte, aun cuando sea el más ínfimo de los mortales, en cuyo caso, tendrán la misma forma y le perseguirán del mismo modo y con el mismo fin, darle sepultura. ¿Qué tiene de especial este muerto para que los pájaros negros que lo rondan sean de tan noble estirpe? Han de serlo por la levita, por el paraguas, por el color negro de sus vestidos. No a todos nos perseguirá esta espléndida y a la vez tétrica bandada de camino al abismo, sólo a unos pocos, a los privilegiados. A los otros los perseguirán los de los graznidos, no los de las oraciones. “A éste lo van a enterrar”, eso significa que habrá algunos a los que no entierran. Por este también doblan las campanas. ¿Quiénes son esos que no merecen ser enterrados? ¿Quedan ellos a merced de los pajarracos negros, los de verdad?

Nuevamente el círculo se hace presente. Las coronas y las ruedas del carro. Incluso se plantea la posibilidad de que una reemplace a la otra. Al quitarle las flores a la corona, nos queda el aro, el círculo, el “salvavidas”, que tradicionalmente tiene esa forma. El salvavidas lo usará para atravesar un cuerpo de agua, para llegar al cielo. Resulta curioso que use un salvavidas estando ya muerto. ¿Por qué esta contradicción, si ya no hay una vida que salvar? O habrá otra vida luego de esta, a la que se llegará con los aros de las flores, con la ceremonia del funeral. Si no se tiene el salvavidas, imaginemos que el muerto, pese a que ya está muerto, se ahogará en las aguas antes de llegar al cielo. Se necesita un funeral con coronas para la otra vida. Se necesita tener un salvavidas a la mano. Tal vez comprarlo con antelación, antes de morir. Sería una buena idea.

Luego, la nada. No hay lluvia, no hay cadáver, no hay pajarracos de levita. Incluso la mancha del aire ha desaparecido. Se pasa del todo a la nada. A lo mejor vuelvan después, dentro de un tiempo, con otro cadáver. Un ir y volver al mismo punto, como un círculo, como la rueda de un carro o el aro de una corona. Todo es parte del mismo ciclo.

Las dualidades. El cuadrado y el círculo, la tierra y el cielo, el sepulto y el insepulto, el sonido y el silencio, el todo y la nada. Aunque la vida sea un ciclo –círculo–, se nos va en cajones –la cuna, la casa, el ataúd–; bien sería como una sucesión de cuadrados que se reprodujera infinitamente, de ser posible. Un apeirógono, como lo llamara Euclides. Un apeirógono, una secuencia de segmentos y ángulos que puede que no tenga fin por su número infinito de lados. Tal vez un fractal, una irregularidad geométrica que se repite en diferentes escalas, donde la totalidad de la forma se replica en sus expresiones mínimas –el ciclo de la vida, el aro de la corona–. El asunto es que debe existir una forma de conciliar estas dualidades.

Un elemento que, si bien no puede ofrecer una “conciliación”, tal vez nos brinde una amalgama, una unión entre estas formas, es de hecho lo amorfo. La mancha, lo líquido que se mueve entre los cuadrados. Esto no tiene forma definida, como no la tienen los que de ella hacen parte, es decir todos nosotros. La mancha, el líquido, se acopla al recipiente que le contenga, toma su forma, sea este esférico o cúbico. El líquido es también –en el poema– la transición entre la vida y la muerte. Es el lugar de paso hacia el cielo, “el charco”, pero también empapa a los vivos en forma de lluvia. Lubrica la misma existencia, nos dota de capacidad de modelarnos al recipiente que nos contiene, así como la mancha toma la forma del aire o de las calles por donde se mueve, prueba de una multitud líquida, amorfa, indecidible.

Está claro que no es únicamente el entierro lo que relata el poema. Habla de los privilegiados que son sepultados, y de aquellos condenados a ser devorados por aves de carroña. Habla de lo geométrico de la vida, y de lo amorfo del ser con respecto a esa vida. Habla del cielo como un lugar más allá de este plano, pero no un lugar para todos, puesto que hay que cumplir ciertos requisitos. Habla de sonidos graves y agudos, fuertes y leves, habla de tonos grises y negros oscuros, como las levitas y las plumas de los pájaros. Habla de ciudades cuadradas hechas con cuadrados, por las que se desplazan multitudes amorfas, y de la lluvia que a veces moja esas multitudes, las lubrica. Habla de la vida y la muerte, como todo.

Nacho Garnica (@_nachodeloyola)

Colombia

 

Fotografía por: Andy Grizzell

1 comentario en “Deconstruyendo el Entierro de Luis Vidales”

  1. María Concepción Pulido de Blanco

    Profunda y amplia Deconstrucción ..! muy acorde a ese poema que describe un acontecimiento muy cotidiano y tan humano, del que ninguno se podrá escapar.
    Excelente..!

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.