Hans Bellmer: El Artista Pervertido

Si la obra fotográfica de Bellmer, en sí misma, puede ya considerarse de mal gusto, nefasta y radical, su dibujo entra completamente en lo grotesco, es una radicalización del sexo que la imagen fotográfica no le puede brindar pues es irreal, no es un sueño común, sino que es una pesadilla cruel donde, literalmente, los personajes se desgarran la piel mostrándonos sus entrañas mientras y son reducidos a simples objetos sexuales al ojo del voyeur.

Hans Bellmer nace en Katowice, Polonia, en el año de 1902 y muere 55 años después, ay en el año de 1957, en París, Francia. Bellmer trabajó en Polonia como publicista hasta la llegada del régimen Nazi, es ahí cuando el autor decide no ser de utilidad para el Estado durante la ocupación alemana liderada por el III Reich y se dedica de completamente a sus propias empresas artísticas.

Entre sus creaciones más importantes destaca la construcción de una muñeca que mide aproximadamente 1.40 m. Retomando su diseño del propuesto por Alberto Durero en una serie de muñecas construidas para familias acomodadas es que Bellmer logra facturar su pieza. El ensamble es muy similar al obtenido por Durero, pero el resultado es totalmente diferente. La muñeca cuenta con cuatro piernas y una multiplicidad de articulaciones que le permiten moverse de manera fluida, el torso, a pesar de ser una niña, es el de una mujer madura, cuenta con varios pares de pechos voluminosos, pero mantiene el rostro de una niña.

Se dice que el autor retrató a su sobrina de catorce años de edad en la muñeca, esto puede hablar de cierta fascinación pederasta hacia los niños y, específicamente, hacia la hija de su hermano, aunque podemos suponer que solamente la utilizó como una referencia para la elaboración de su pieza. Die Poupée, en español, la marioneta, fue vestida con dos pares de calcetas blancas y zapatos de charol negros, similar a la vestimenta que utilizaban las niñas en aquel momento y que todavía forma parte del uniforme escolar a nivel básico y medio.

La muñeca, al no contar con brazos, está totalmente incapacitada para poder actuar, únicamente puede moverse por voluntad del otro y donde el otro la disponga. La muñeca siempre está rota, dañada, sucia, pareciese ser que se le acaba de violentar y fue arrojada en el lugar más inhóspito, a veces, es un mero adorno, otras ocasiones parece estar atada, lacerada, mutilada y torturada, su expresión es inexistente, pero pareciera sufrir, estar muerta para nosotros, espectadores, se convierte en solamente un objeto sexualizado no de manera erótica, sino lascivamente.

Podemos decir, a partir de lo anterior, que Hans Bellmer ve a la mujer, en su contexto, como un mero objeto sexual, una decoración más en el entorno que no tiene voluntad para hacer, sino que sólo tiene piernas para moverse y darle al hombre su sexo. La mujer que idealiza Bellmer en esta pieza es una mujer de apariencia inocente que únicamente sirve para la sodomía. En algunos casos la pieza puede moverse, en otros no, la mujer, para Bellmer, no es nada diferente a una vagina plástica de las que se venden actualmente.

Si la obra fotográfica de Bellmer, en sí misma, puede ya considerarse de mal gusto, nefasta y radical, su dibujo entra completamente en lo grotesco, es una radicalización del sexo que la imagen fotográfica no le puede brindar pues es irreal, no es un sueño común, sino que es una pesadilla cruel donde, literalmente, los personajes se desgarran la piel mostrándonos sus entrañas mientras y son reducidos a simples objetos sexuales al ojo del voyeur. Los personajes no disfrutan del acto sexual, sino que, como en la muñeca, son objeto de la violencia sexual que ejerce el otro tan solo con la mirada, no es necesario que se concrete el acto en muchos casos, el espectador sexualiza al objeto y convierte cualquiera de sus partes en un genital, cada parte del cuerpo tiene la posibilidad de transformarse en un objeto de adoración sexual, en un fétiche.

La obra de Bellmer no es más que el reflejo de una sociedad purista que reprime de sobremanera la libido de los sujetos que viven dentro de ella. Los valores dominantes que dicta la iglesia reprimen la sexualidad y sesga todo intento de alcanzar el máximo estadio del placer carnal. La sociedad responde de la peor manera: el acoso, el morbo, el deseo de pervertir al otro para poder obtener placer de éste está exacerbado en la obra de Bellmer, es imposible domar a la fiera; el ello no puede ser reprimido por el superyó, el instinto siempre buscará la forma de satisfacer aunque sea de la más mínima forma el deseo sexual y sin importar que esto exija que se llegue a la violencia física. La restricción del instinto únicamente provoca violencia, violencia contra quienes tratan de amarrar a la bestia y violencia para poder satisfacer el deseo, el acoso es la más mínima, pero las barreras se corrompen y las fronteras se extralimitan, no es suficiente con el acoso, la violación es el siguiente nivel al que llega el individuo.

Cuando el sujeto viola al otro no busca sólo dañarlo a él, sino que también busca corromper la integridad de a aquellos quienes le han impuesto barreras para alcanzar su deseo, pues al corromper al otro escandaliza a la sociedad y genera miedo en el otro, es una suerte de amenaza en contra de quien lo reprime que daña a sus semejantes generando un circuito de violencia que fractura a las clases bajas, las más afectadas por la ideología dominante. Ya no es suficiente con violentar al otro con la mirada, el placer no es suficiente, debo actuar, debo tenerlo, debo corromperlo, pues al hacerlo corrompo todo el ideal que se me ha impuesto y sólo en  la violencia misma puede sentirme como un hombre libre, pues sólo así puedo desafiar a aquellos que se superponen sobre de mí haciéndose llamar superiores con sus discursos acerca de la moral y del bien hacer.

*La muñeca 1936, reconstruida en 1965

El sujeto puede contener su deseo y atarse a la moral, pero eso sólo acumula la cantidad de displacer y, con ello, la tensión del sujeto, entre más tensión acumule más energía en su interior contendrá y será mayor la necesidad de reprimir el deseo, el sujeto, inevitablemente morirá al carecer de energía suficiente para poder continuar. Los sustitutos del placer, en un momento, dejarán de ser suficientes para compensar las necesidades reales del sujeto y en un momento determinado el sujeto se convertirá en un psicótico. En todos lados la idea de la perversión lo acosará, todo el mundo se ha convertido en un completo perversor, la moral se ha caído completamente. Aquel que ve como perversor al otro no es, sino un pervertido, pues está proyectando sus deseos más perversos en el otro, ya no soy yo quien los tiene, sino quien viene al lado y, claro, tengo que temerle, pues temo de mis propios deseos sexuales.

Por Héctor Miguel Rojas Limón.

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