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Arte, ya no te entiendo.

Cómo un mingitorio cambió nuestra forma de ver las obras de arte, para siempre.

 

Las Meninas de Velázquez, La creación de Miguel Ángel y El jardín de las delicias de El Bosco entre otros cuadros, son obras que seguramente conoces o habrás escuchado nombrar, donde podemos ver la perfección con la que se pintaba, cómo se usan las sombras, el color y la perspectiva para formar cuadros que nos llenan de asombro. Es esa imitación a la naturaleza que encontramos en estas obras históricas a lo que llamamos mímesis, es una copia de la realidad que después del renacimiento en el siglo XV se empezó a mostrar a través de los cuadros como si estos fueran una ventana, una invitación a mirar esos otros espacios que fueron pintados por la majestuosidad de los artistas.

Después están los cuadros impresionistas, La noche estrellada de van Gogh, Las señoritas de Avignon de Picasso, La persistencia de la memoria de Dalí (los famosos relojes derretidos) que pertenecen a las revolucionarias vanguardias de principios del siglo XX y que seguramente conocemos o tenemos conciencia de su existencia. Estos cuadros aún nos siguen mostrando al mundo como una ventana, pero alejados ya de la mímesis, de esa copia de la naturaleza, buscaron romper con toda idea academicista para explorar el arte hasta sus límites.

Ahora tratemos de ubicarnos en la Nueva York de 1917, específicamente en una muestra realizada por la Sociedad de Artistas Independientes en la cual un artista francés llamado Marcel Duchamp (quien también era jurado en la muestra) presentó como obra de arte un mingitorio, firmado como “R. Mutt”, pseudónimo que usaría en pocas ocasiones. La obra claramente rompía con los esquemas y todas las reglas artísticas de ese momento. El mingitorio entonces fue retirado rápidamente de la muestra y rechazado por sus contemporáneos, lo que Duchamp no sabía era que iniciaría todo un cambio en la forma en que nosotros podemos apreciar el arte, hasta llevarnos en algunas situaciones a despreciarlo.

Fue en ese preciso momento donde el artista cuestionó qué podía o no ser una obra de arte, quién podía o quién no ser un artista, ¿era necesario pintar grandes cuadros y esculpir hermosas esculturas? Si un artista ya consagrado toma un objeto, lo saca de su contexto para ubicarlo en otro y lo firma como su pieza propia ¿quién es capaz de decir que eso no es una obra de arte? Ahora lo fundamental, si la obra en sí no tiene ni una mínima necesidad de ser admirada, no requiere que se vea con ojos de impresión y mucho menos nos causa alguna sensación emocional como lo puede hacer un cuadro de Caravaggio o de Rubens, el mingitorio como obra artística nos invita a pensar el motivo por los cuales es presentada como tal, la obra en este caso no radica en el objeto, sino más bien en la idea (principio del arte conceptual que trataremos en otra oportunidad).

Podemos cuestionar múltiples factores, como la falta de talento, la charlatanería, el desinterés por crear algo majestuoso que sea parte de la historia y que deje una huella en el tiempo. Pero la realidad es que actualmente, el arte contemporáneo tiene como antecedente aquel suceso de 1917, donde el placer que puede proporcionar el arte fue desplazado por la necesidad del espectador de renovarse y más allá de sentir el trabajo artístico que nos pongan en frente, tendremos que pensarlo, analizarlo y cuestionarlo.

La pasividad de nuestra mirada cambió por completo para convertirnos en un agente activo dentro del desarrollo del arte. A pesar de que en la actualidad existan artistas que se encarguen de copiar la realidad y encarar la mímesis de formas muy particulares, muy lejos estamos de los grandes maestros que  con sus pinceladas realizaron obras que nos llenan de emoción. En las infinidades de veces que el arte mute y cambie, cambiará con él nuestra forma de verlo.

Por Anthony Márquez
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