GIRAR LOS CUERPOS

crítica de La favorita, del director griego Yorgos Lanthimos.

Por Ignacio Zenteno

 

Dicen que en “la saga de los reyes” de William Shakespeare la lucha por el poder funciona como una escalera (que el crítico Jan Kott llamó “la gran escalera de la historia”) donde cada escalón que conduce a la corona debe pagarse con una muerte. Al llegar a la cima la deuda del nuevo monarca es tan alta que éste cae por su propio peso, su cuerpo se abisma en la punta de esa escalera espiralada y sin salida. La favorita es parte de otra saga, una especie de spin-off de la teoría original, dedicada a los personajes secundarios que rodean la historia de las monarquías europeas. En esa modesta serie se cuenta la honorable vida de cuantos duques y duquesas, condes y condesas, mariscales, clérigos, válidos y favoritas se arrastraron a los pies del monarca para probar un poco de pastel.

 

La película de Yorgos Lanthimos demuestra que estos personajes están lanzados a una lucha que no se corresponde con la escalada del poder. Son cortesanos, y sus movimientos siguen la forma circular y el estricto juego del cortejo amoroso. Rondan el trono, como enamorados, soltando frases halagadoras, haciendo parecidos gestos de cariño y juramentos de fidelidad. Se arremolinan sobre el monarca y le “hacen la corte”, descendientes apócrifos de esos amantes medievales que extraían su placer en la distancia del objeto deseado. Su estirpe lleva tanto tiempo en el negocio que terminaron por aprender el funcionamiento trágico de la escalera, como si, además de participantes, fueran atentos consumidores de los dramas shakesperianos o anticipados lectores de la teoría literaria. No emprenden, entonces, una lucha encarnizada por el trono sino el juego desesperado de mantenerse a su alrededor. Se podría llamar “la pequeña calesita de la corte”.

 

Los participantes tienen que someterse al giro del mecanismo y agarrarse con fuerza, lubricando con sus manos sudorosas el vaivén de las monturas. Es un movimiento perverso, el de subir y bajar frotando un tubo central, conectado a una gran maquinaria que extrae todo el goce fálico y que además reclama un pago por cada vuelta. En las películas de Yorgos Lanthimos el poder es una entidad inamovible que exige un intercambio oneroso y humillante al que deben someterse los personajes para asegurar su supervivencia. La favorita podrá ser la historia de dos mujeres que cortejan a la reina Ana de Inglaterra, Escocia e Irlanda y se disputan “su favor”, pero sobre todo es la exposición del mecanismo circular que organiza ese reparto de costos y beneficios. Para seguir en el juego de la corte todos deben inclinar la cabeza, rindiendo honores a la figura real o frotando sus piernas. El primer mérito de la película es haber igualado, en este punto, el cortejo sexual y amoroso con el cortejo político y económico.

 

El segundo mérito es la inversión que provoca en la figuración masculina del poder. El personaje que lo detenta oficialmente, la reina Ana (Olivia Colman), es un mujer endeble, influenciable y caprichosa, incapaz de ejercer las funciones ejecutivas de su cargo o de separar sus vaivenes emocionales de las decisiones políticas. Perdió diecisiete hijos, tiene desarreglos alimenticios, sufre de gota, cojea, vomita, y su cuerpo y su autoestima se arrastran por el palacio en una silla de ruedas. El manejo efectivo del reino, entonces, queda en manos de su favorita, Sarah Churchill (Rachel Weisz), hasta que el triángulo político y afectivo se completa con la aparición de Abigail Masham (Emma Stone), una aristócrata caída en desgracia que está dispuesta a todo para obtener el favor real. Son los años de la Guerra de Sucesión Española, y el esposo de Sarah, John Churchill, duque de Marlborough, está peleando en el frente contra los franceses. La presencia de Abigail pone en riesgo el dominio que ejerce Lady Marlborough sobre la reina Ana, y comienza entre ellas un enfrentamiento, paralelo al debate que tiene lugar en la Cámara de los comunes, donde whigs y tories negocian el final o la continuidad de la guerra.

 

Estas dos mujeres antagonistas son las verdaderas figuras masculinas del relato. Son personajes violentos y calculadores, que juegan a “medirse” mutuamente y demostrar su potencia. Someten a los hombres, logran que se arrastren a sus pies y los obligan a pactar con ellas. Los golpean o los ridiculizan, y si es necesario para sus planes, si se ven obligadas por la ocasión, los frotan hasta extraerles el semen, para así devolverles su flacidez. Los hombres, por su parte, son criaturas femeninas, de rostros maquillados, largas pelucas y tacones imposibles, completamente atontados por los divertimentos del palacio. Su cobardía los tiene sometidos como animales domésticos a esa figura central, erecta y despótica que les asegura su continuidad.

 

El director griego Yorgos Lanthimos forma parte de lo que se conoce como la “Greek Weird Wave”, aunque ahora sus películas estén habladas en inglés, con repartos estelares y producción industrial. Los mundos que construye son versiones distorsionadas y sardónicas de las interacciones humanas, que podrían parecerse a “la normalidad” si no estuvieran regidas por un orden que impone su propia ley: una familia que tiene prisioneros a sus propios hijos y les reconstruye el mundo a su medida; una pequeña empresa que alquila reemplazos para los muertos hasta que el cliente logra superar su pérdida; un hotel donde hombres y mujeres deben encontrar pareja antes de que se les acabe el tiempo y sean convertidos en animales; una maldición que pesa sobre una familia y la obliga a sacrificar a uno de sus miembros. El cine de Lanthimos extrae su potencia de los momentos en que esa misantrópica y descabellada imaginación se aproxima peligrosamente a lo real. 

 

La favorita es la primera película que el director recibe por encargo y en la que debe atenerse a un relato histórico. Todos los personajes tuvieron una existencia real que se puede rastrear en las enciclopedias, e incluso es posible saber cómo siguió la historia. Doscientos años después la duquesa Sarah Jennings, esposa de John Churchill, duque de Marlborough, se convertirá en la tatarabuela de Winston Churchill, cuyas decisiones volverán a dirigir el destino de Europa. La película consigue, como tercer mérito, que ese orden dislocado y artificial de las películas anteriores coincida armoniosamente con el verosímil de la corte inglesa. Nada parece tan grotesco o exagerado como para deducir que la normalidad fue intervenida. Por más que Lanthimos recurra a planos contrapicados y a grandes angulares, para reforzar el peso del poder y la circularidad opresiva de los espacios, esa plasticidad de la imagen no logra romper la reconstrucción creíble de una época.

El último mérito de la película es que reparte un final tortuoso a la medida de cada protagonista. En distintos momentos del relato cada una de ellas cae: en el barro, en el bosque, en los pisos de la corte, y esto debería anticipar su funcionamiento perverso. Sin embargo, se puede caer mejor o peor parado. El destino de Abigail, que compitió para salvar su pellejo, no es comparable al destierro de Sarah, que luchó por un ideal político y afectivo. “Estamos jugando a juegos muy diferentes” le dice ella cuando está a punto de partir,  y por eso sus respectivos castigos serán muy diferentes. Se podría sospechar que este reparto de finales y castigos es administrado por la figura real, pero sucede todo lo contrario: cada vez con mayor intensidad la película evidencia que, por su grandeza, la reina Ana de Inglaterra, Escocia e Irlanda está prisionera del castigo mayor, que es la primera víctima del poder que detenta y es el mecanismo de La favorita el que la supera y la condena.

La gran escalera de la Historia, así como la pequeña calesita de la corte y la trayectoria particular del director enseñan que los participantes de estos mundos no pueden escapar indemnes. Hay un precio que el poder exige a quien pretenda burlar el orden artificialmente establecido. Ni los hijos prisioneros, ni los trabajadores mortuorios, ni los huéspedes del hotel, ni la familia maldita, ni tampoco las favoritas de la reina pueden obtener la libertad. Es una condición que escapa a la imaginación de Lanthimos (como a la de Kafka: “el problema no es el de la libertad sino el de una salida”), una circularidad opresiva que comparten la escalera y el carrusel. Lo único que estos personajes pueden conseguir es una momentánea escapatoria, una caricia, una “frotación”, trazar una línea de fuga que los aleje o los acerque al mecanismo central, para garantizar así la supervivencia. Pero esa pequeña victoria tiene un costo: un diente, un ojo, un hijo, una condena… Lanthimos es un constructor minucioso de máquinas que entregan a todos una porción de la culpa y los convierte en víctimas.

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