Alejo Durán y la dignidad de la derrota

“La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”.

Jorge Luis Borges

Vista desde el aire, la Ciudad de los Santos Reyes resplandece sobre la tiniebla homogénea del valle como una perla en la profundidad abismal. Aglomerada la masa, bamboleante y compacta, ataviada de blanco, no despega ni por un segundo los ojos del escenario. El mismo escenario, la plaza Alfonso López, que veinte años atrás vio a Alejo Durán coronarse como el primer Rey Vallenato, en una controversial decisión. Se dice que Emiliano Zuleta, “el viejo Mile”, ya se sabía rey, que se entregó al festejo anticipado y no llegó a tiempo a la final, y por eso el Negro ganó. Tras estas dos décadas, hasta esta noche, Alejo ha demostrado contundentemente que ninguna corona que repose sobre su cabeza es menos que merecida.

Es una cálida noche de 1987. El Festival de la Leyenda Vallenata celebra una edición especial, inédita hasta el momento, en la que la competencia de rey profesional es sustituida por una justa no menos que épica, en la que los ganadores, reyes vallenatos de ediciones anteriores, se enfrentan por primera vez para definir, claro, al Rey de Reyes. No podría llamarse de otra manera.

Se destacan las figuras de los tetrarcas. Luis Enrique “El Pollo”, sobreviviente de las gestas de los juglares. El sombrero vaquero, inconfundible, de Colacho Mendoza, el consentido de Escalona. Será él a quien el azar hará un pequeño guiño esta noche. La mirada profunda y clara de Egidio Cuadrado, el hermano de Dina Luz, la musa. El acordeón de Calixto Ochoa, el eterno compositor. Todos han lucido ya sus virtudes en el escenario. La mesa del jurado tiene la vista más privilegiada y a la vez la tarea más difícil, escoger al ganador. No escatiman los asomos de reverencia ante el anuncio del presentador, quien rompe el murmullo de la plaza:

…Entrando en estos momentos, el primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, Alejo Durán Díaz…

Guarecido bajo su sombrero vueltiao —que se inmortalizará en canciones también—, el monarca original, el primero entre los primeros, aparece sobre el escenario. Los segundos se hacen lentos antes de que suene el primer acorde. Pastor abraza la caja, Juan sostiene la guacharaca, todo está en su sitio. Ambos expectantes a la señal del Rey, quien con un ademán pausado, obtura el fuelle de su leal compañero de piquerias, su Hohner vinotinto con visos dorados. Comienza la canción. Es una tonada inconfundible, tan diáfana, que se reproduce idéntica en el pensamiento de todos los espectadores: Pedazo de Acordeón. Si hubo alguna variación, acaso los contendientes la habrán notado. Es apenas lógico, sobre sus cabezas también pesa una corona.

Entonces ocurre lo impensable. Cuando se acercaba el clímax de la melodía, cuando en las gargantas extasiadas de los asistentes se aglomeraba borboteante, ansioso por escapar, el “este pedazo de acordeón es donde tengo el alma mía”, Alejo cambia el acorde y cierra la canción. Con su parsimonia característica levanta los brazos, y su voz de vaquero y juglar percute como un mazo sobre toda la plaza:

Pueblo, me he acabado de descalificar yo mismo…

La confusión se apodera del lugar. Sobre el rumor del público se alzan los lamentos. Miradas inverosímiles se cruzan. Alejo se acerca a la mesa del jurado, palabrea con Gustavo Gutiérrez, cuyo manoteo enérgico delata su insólita indisposición. En la cabecera de la mesa, refugiado bajo su sombrero de ala corta, está Lorenzo Morales. Con ademán conciliador, Moralito trata de persuadir al Negro de que reinicie la presentación. Pero la determinación inamovible puede leerse en el rostro de Alejo. Impasible, el Negro explica a la mesa que se equivocó ejecutando los bajos. En medio del caos, la voz del presentador trata inútilmente de llevar calma a los asistentes:

El jurado le mandó al señor Alejandro Durán aguardar momentáneamente hasta que se arregle un impase que había allí en el sonido…

Es tarde ya. Alejo desciende de la tarima Francisco El Hombre, llevándose consigo toda posibilidad de coronarse nuevamente. La multitud enloquece, reclama enajenada su derecho de escuchar al rey primigenio. Ante el disturbio que se avecina, Alejo se convence de que esta noche le debe algo más a su pueblo, vuelve a la tarima, e interpreta magistralmente su Pedazo de Acordeón. No obstante, como diría Hernan Urbina Joiro algunos años después, “ya la suerte está echada, es así”.

Contará la historia que el primer Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, fue el excelso acordeonero Nicolás “Colacho” Mendoza, coronado aquella misma noche. Contarán las voces que los gritos y los disparos que en la madrugada aquejaron los linderos de la plaza Alfonso López, no eran de júbilo precisamente. Algunos años después, en entrevista con Ernesto McCausland, Gustavo Gutiérrez lamentará un poco el rigor del jurado aquella noche. Pero Alejo sabía que, de no haber sido el jurado implacable, el sí lo habría sido, y de hecho lo fue. No se perdonó a sí mismo cometer un error tan infantil siendo quien era, y más grande que su talento fue su nobleza, su deseo de corresponder a su gente, y de ofrecer respeto a sus pares. Así fue siempre Alejo Durán.

Quedará inscrito en los libros como el primer Rey Vallenato y como uno de los juglares más grandes que han visto los vericuetos del litoral. Quedará en la memoria de aquellos que gozaron del sublime privilegio de presenciar aquella noche, la magna hidalguía de Alejo Durán al renunciar a una corona que a la práctica era suya desde antes de subir al escenario. Quedarán para todos nosotros sus indelebles tonadas, como quedaron en el aire las huellas de su canto cuando arreaba el ganado en las cercanías de El Paso. Y quedará para mí el pensamiento que me recorre desde que comencé a indagar para escribir este relato: A Alejo Durán, solo lo pudo vencer Alejo Durán.

 

Ignacio Garnica (@_nachodeloyola)

Colombia

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