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Una niña danza sobre mi pupila
y su sombra da descanso a mi ego.
Deberé ser enterrado bajo el seno de un mar
y desproteger mis huesos
frente al cariño de los peces y moluscos.
Frente a la muerte,
la niña danza en mi mirada.
Última palabra muda que le regalo a la muerte.
¿Qué es la muerte?
Me planteo
mientras veo un túnel blanco
y de mis dientes muertos
nace una ballena blanca.
Entonces descubro que soy un tipo de pez sin aletas,
uno que se transforma en mimo
y que arma su espectáculo en aquella avenida
con forma de pecera.
¿Quién soy para cuestionar al mundo?
¡Nadie! Nadie como el no-ser del ser
que concibió al mundo que arde.
¡Abuela! Por favor, recíbeme en aquel hospedaje
donde San Pedro se volvió dueño
porque tengo miedo de ser rechazado por Dios.
¿Acaso el cielo puede recibir a un joven poeta?
Tantas melancolías que se beben
y en solo diez minutos de caída
he comenzado a cuestionarme sobre la vida
y sobre el valor que tiene la muerte.
Hoy soy la flor que germinará en el fondo del mar
y cuando pasen los tiburones querrán oler esta flor
que tendrá un rojo sangre propicio
para mi sangre coagulada con nicotina de playa barranquina.
Dulce, dulce muerte que ocurre en pleno tiempo de primavera.
Hoy me percato que soy una quimera de quince voces,
de quince labios que besaron quince montes de Venus.
¡Qué orgullosa estaría la madre naturaleza!
Entendió el amor de una bella mujer.
Pero es el mar que me atrapa
y que me transforma en un pez sin aletas.
Soy padre de una ballena blanca que no sueña
y mis dientes se transforman en perlas engañosas
que serán comercializadas en la Parada o en El Hueco.
Hoy soy una especie nueva del mar,
una gaviota que se suicidó con shots de tequila
que bebió sin pedir limón y sal.
Soy un conjuro amargo de los fines de abril
donde ya no alcanza la pensión de mi padre.
¡Ay la niña, la niña, la niña de enero!
La que danzaba en mis pupilas de marfil
y que me daba la sombra que faltaba.
¿Dónde estará después de muerte?
Esa es la pregunta que me guardo a las tres de la madrugada
misma hora de la muerte de mis padres,
de mis abuelos, del perro que tenía por compañero.
Soy una especie de bitácora de viaje,
un orfanato donde lloran los abandonados.
¿Cuántas esperanzas han muerto en mí?
Tantas que ya perdí la cuenta
y la combi que está en la Perú con Dueñas
comienza una espera en vano:
no volveré a tomar la ruta del desencanto.
¿Dónde estará la niña que danzaba en mi mirada?
¿Morirá con mi muerte de mar
o reviviré en su pupila
tal cual ella revivió en la mía?
Supongo que esa duda se responderá
cuando Dios me otorgue las llaves del paraíso.
¡Abuela, abre la puerta! Ya estoy en camino.

 

Por Emilio Martin Paz Panana
*Convocatoria Permanente
Fotografía de Genessa Panainte

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