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Carta a un soldado caído

Tenía nueve años, mi mente no creía en la muerte y menos en la muerte violenta, no veía noticias en la tele, jugaba a la guerra, jugaba a matar sin matar, jugaba a disparar sin atinar, jugaba a defender la justicia, una justicia suprema y sin dudas, sin perturbaciones o corrupciones, una mente limpia jugando limpiamente a la guerra, jugaba y disparaba balas de mentiras que en el calor del juego herían y no. Heridas siempre curables, heridas gloriosas y mil cicatrices de guerras imaginarias. Una cortada en la ceja producto de una bomba, una esquirla en el brazo de una granada que estalló en mi mano y mató a dos soldados de plástico, una guerra que no era la de mi país, no eran comunistas contra capitalistas, no eran fascistas contra demócratas, era la guerra de buenos contra malos, solamente.

Te vi caer entre metralla y metralletas, te vi caer en una playa que luego supe se llamaba Omaha, (¿o Juno?), una guerra vieja que todos recuerdan, donde murieron millones por cinco señores, poderosos que decían valer más que niños y mujeres. Te vi caer sin disparar una sola bala, te vi caer al tocar tierra, con tu equipo de campaña, con tu casco y tu cantimplora. Te vi caer, y sufrí por ti, eras el primer hombre que vería caer en una guerra real, una muerte real mediada en blanco y negro, te vi caer y morir en esa playa.

 Eran las 2 de la tarde, un canal rememoraba el evento, el día D le llamaron, el día del todo o nada, el día en que el mundo se detuvo para conocer su destino, un destino hoy incierto pero que continúa en manos de hombres y bestias.

 Mi amigo soldado, te vi caer y no supe tu nombre, aún hoy no lo sé, te he visto al menos unas veinte veces desde entonces, y quise escribirte, lo más probable es que jamás sepa de ti, que nunca conozca tus gustos, tus sueños, tus noches o tus amores, no sé nada sobre ti, solo te vi caer y te marcaste en mi como un símbolo, oh marine oh boy, supongo eras gringo, tal vez canadiense, o inglés por tu casco, no lo sé, solo sé que te vi morir y sufrí, me mostraste tu muerte como la muerte en batalla, fútil, tonta y fugaz, caíste en la arena y no fuiste más.

De tu cuerpo yaciendo entre el dolor y la marea aprendí que la guerra mata hombres de verdad por mentiras de otros hombres, que mata mujeres y niños por tierra y codicia, aprendí entonces que nunca caería en ninguna playa maldita en nombre de una patria, que no tendría patria, que mi tierra no es ya ninguna, que las abandonaría todas por ser lo que soy, un humano, no un número, no una placa, no un minuto de silencio.

Te vi caer y me diste la fuerza para levantarme en tu nombre, para no permitir a otros caer como tú, te vi caer y supe entonces de la bondad y la maldad, mi guerra infantil resultó más gloriosa que todas las guerras humanas, supe que lo bueno es la vida y lo malo no la muerte sino la toma indiscriminada de la vida de otros, nadie muere en la guerra, la muerte es un regalo, un premio para una larga vida, la guerra sólo arrebata sueños, ideas, besos, emociones, arrebata humanidad, arrebata el final.
Te doy gracias, caíste allí, y me has dado tu vida, amigo, prometo no defraudarte, no me conociste, y no sabrás nunca que te estoy eternamente agradecido. En la eternidad de tu silencio retumbara el sonido de nuestros ideales, en tu impotencia persistiré, de tus tripas haré mi corazón, amigo, hoy te saludo.

Tus huesos ya no son, tu mente ha desaparecido y tu vida, fugaz flama ya no es, tu nombre no existe, tu rostro, tus rasgos, tus ojos nunca vi, eres ahora el recuerdo de una lucha diferente, haré un réquiem de tu lánguida silueta, te vi caer soldado tonto, y me hiciste fuerte y digno, y mis lágrimas nunca tocaran tu tumba, y mi vida nunca será la misma pero te vi caer y hoy he de levantarme en tu nombre.

Por Andrés Aldana
Editor revistabonaria.com

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