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Chocar contra la superficie

En algún lugar perdido y fronterizo de Villa Crespo, mítico barrio de Buenos Aires, se exponen las obras de Jessica Tortul. Aquí el texto curatorial que acompaña a la muestra (hasta el 28 de diciembre en Oceanario Club Cultural).

 

Por Soledad Sobrino

 

Me desperté a las tres de la madrugada sobresaltado, bañado en sangre, con un puñal clavado en el medio de mi pecho. “¡Menos mal!”, me dije, “es sólo una realidad”. Y seguí durmiendo…

Una realidad , microcuento de Fabián Vique

Y sin embargo ahí van, sin detener la marcha, en un paso constante y agolpado. Tal vez intentan escapar de ese magma flotante que los envuelve, de esa gran salpicadura de aire blanco que les ahoga los pasos. Tal vez se trate de un andar sin horizonte, de un paso guiado por la promesa de un aire limpio y de un piso firme. ¿No parece esa niebla de pinceladas tangibles esconder los cuerpos de animales sin rostro, que caminan una inercia ciega hacia una luz que no ven?

En las pinturas de Jessica Tortul el gesto de la materia sobre la tela es evidente pero el resultado no deja de ser liviano. Un vapor etéreo se desprende de sus lienzos, conformando ambientes aletargados que parecen juntar la melancolía del recuerdo y la turbadora pesadilla. Cada pieza conjuga un vórtice junto a una envoltura misteriosa, imanta la mirada a las horadaciones sostenidas por estructuras transparentes, a las cuencas de unos ojos sin pupilas. Aunque los elementos se alinean en composiciones armónicas, sólidas y equilibradas que nos tientan a aplicar el anacrónico concepto de belleza , las pinturas también dejan traslucir aquel siniestro que Hal Foster ve escondido detrás de lo maravilloso surrealista: es el soplo en la nuca de una realidad sólo aparente, que viene proyectada desde el inconsciente. La ruina de una arquitectura imposible que deja crecer la vegetación y encierra con sus raíces enigmas irresueltos. 

Como si todos los lienzos formaran parte de una atmósfera compartida, hay pequeños gestos que se replican: es azul el semblante del que emana el aliento, también el blando torbellino que rodea las ventanas, el mar que esconde las patas de los animales y el frío que baja por la espalda y se mete en el agua. La aparición de los pequeños fuegos, en vez de otorgar un cálido contraste, acentúa la tensión y provoca el choque eléctrico de un de un escalofrío. Los contornos geométricos señalan que las llamas carcomen los marcos en las ventanas de otra dimensión, indican el solapamiento con otro universo. 

Pasar de las pinturas a los dibujos de Jessica es como asomarse a la superficie después de estar mucho tiempo debajo del agua, dejando el aire blanco del papel entrar de lleno en los pulmones. Los trazos son los de una lapicera sutil que casi teme alterar la belleza etérea del papel. Las formas pierden el empaste de los colores, son contornos nítidos impresos casi como por casualidad, un suspiro que alguien dejó sobre la celulosa. De un formato bastante más pequeño que las pinturas, los dibujos insisten en los elementos vegetales. Pero al mirar de cerca, las flores que daban un aire romántico al conjunto se parecen más a una corona funeraria que a un arreglo primaveral. Enmarcan objetos de otro tiempo, cuyo dueño parece tan lejano que su rostro es esquivo y sus preguntas se escuchan difusas, como emitidas desde abajo del agua. Tal vez tienen que ver con un río y con unos pies mojados.

Benjamin decía que traer al presente objetos pasados de moda, como hacían los surrealistas, era un modo de despertar las energías revolucionarias atrapadas en ese otro tiempo. Los trazos de este conjunto de obras (matéricos unos, ligeros los otros) ejercen la seductora potencia de imaginar alternativas de ensueño para nuestra enajenada realidad. Parecen dispuestos como cantos de sirenas que lanzan anzuelos para agarrar al observador desprevenido: interrumpen su vigilia, lo obligan a romper la superficie y sumergirse.

 

 

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