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¡Dijeron que había fiesta!

La fiesta silenciosa

 

 

¡Dijeron que había fiesta!

Por Ignacio Zenteno

 

 

La fiesta silenciosa puede verse como se lee un artículo de actualidad sobre otro caso de violación por parte de un machismo arraigado y radical que exige por la fuerza su “desahogo sexual”; es decir, puede verse como la transposición al cine de una escritura periodística bienpensante que hace brotar su juicio y su bronca ante los repetidos hechos de violencia hacia las mujeres (y la falta de una respuesta contundente por parte de la justicia). Esto explicaría por qué es difícil estar en desacuerdo con La fiesta silenciosa y, a la vez, por qué no despierta ningún interés, no genera ninguna reflexión desafiante ni construye ninguna imaginación novedosa.

La historia es simple, demasiado simple, y como el género lo indica –rape and revenge- funciona a dos tiempos: una violación seguida de una venganza. En las vísperas de su casamiento, Jazmín Stuart y Esteban Bigliardi viajan a la finca familiar para ultimar los detalles del evento; buscando despejarse de la presión paterna y la incomunicación conyugal, la mujer sale a caminar y termina en una silent fest donde los participantes se liberan de su entorno -se aíslan- bajo la presión de unos potentes auriculares. Completamente aflojada por la música y el alcohol, Stuart se engancha con un pibe de la fiesta y lo seduce hasta que “las cosas se les van de las manos”. No hay spoiler que valga. Así funciona el género; así se anticipa en el tráiler; así empieza la película, con la protagonista furiosa y encerrada tras una puerta: algo pasó y algo está pasando.

Esta duplicidad del género de violación y venganza suele hacerlo pivotear entre dos posiciones extremas y delicadas: al incluir una situación de abuso (que convoque la repugnancia del espectador y justifique el desenlace) corre el riesgo de caer en el exhibicionismo –para regodeo del morbo misógino y voyeurista– o de violentar al espectador –al obligarlo a mirar, hasta abyectar, la violación–; al incluir una situación de venganza (que convoque la bronca del espectador y su justificación) corre el mismo riesgo, aunque contrario, de caer en una violencia extrema y desproporcionada (pero ¿quién se animará a medir las proporciones?) donde las víctimas y sus empatizantes puedan extraer –por la fuerza– su cuota de “desahogo”.

Se trata de un género incómodo, impactante, de pura provocación, y constantemente actualizado por los debates sociales sobre la violencia machista y la justicia por mano propia. Pero ¿a quién provoca, La fiesta silenciosa? ¿A quién juzga La fiesta silenciosa? Se las arregla para poner una violación en el centro del relato pero minimiza y pospone –hasta casi neutralizar– su exhibición, porque es demasiado correcta como para hacer concesiones a la mirada machista. Organiza toda una tipología de actitudes masculinas violentas o desagradables que rodean a la única mujer del relato y la convierten en víctima. Planifica la escena de violación para adjudicar grados de culpabilidad a todos los implicados: el que viola, el que mira, el que calla, el que filma, el que comparte, el que festeja. Se concentra en generar el thriller de la venganza (después de hacer el thriller sobre ¿qué pasó realmente en esa fiesta?) porque, finalmente, quiere construir un castigo a la medida de cada participante del relato, no solo de los abusadores y sus cómplices. La película cree conocer bien las proporciones de la culpa.

Tan convencida está de su integridad moral que La fiesta silenciosa se anima a realizar una última y radical acusación: fusil en mano, la protagonista apunta a su victimario y (con una modificación alevosa y provocativa en el verosímil del plano) apunta también al espectador. En el camino olvida que todos sus ejes narrativos repiten lugares comunes, que todos sus personajes se vuelven estereotipos unidimensionales, que los hechos y las causas terminan cerca de lo inverosímil (se dirá: “¡es el género, estúpidos!”), pero sobre todo olvida que los ejes del debate que quisiera plantear y los juicios que quisiera alegar, son tan antiguos como las violaciones y las venganzas. Su actualidad es indiscutible, pero ¿quien “va al cine” para enterarse de la actualidad?

 

La crítica dijo:

“Un thriller con sexo, sangre y violencia, que no defrauda” (Jorge Bernárdez, Subjetiva).

“No aporta nada nuevo a un subgénero con tradición como el de violación y venganza” (Gabriel Piquet, Funcinema).

“La fiesta silenciosa maneja una moral dudosa” (Daniel Nuñez, A Sala Llena).

“Propuesta de género que invita a la reflexión y al debate sin dejar de entretener” (Rolando Gallego, Lúdico y memorioso)

 

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La fiesta silenciosa Año: 2019 Duración: 87 min. País: Argentina Dirección: Diego Fried Guion: Diego Fried, Nicolas Gueilburt, Luz Orlando Brennan Música: Pedro Onetto Fotografía: Manuel Rebella

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